Apreciada Claudia, si estás leyendo este texto significa que triunfamos. Significa que te encuentras fuera de peligro, con nuestros amigos. También he enviado sendos documentos a Angélica y a Alvaro. Deseo hacerte llegar con los leales al régimen este texto. Sé que lo apreciarás, ha sido el disparador del proyecto. El documento tiene tal fuerza onírica que puede inspirar utopías. Como el concierto para celebrar al escritor que soñaba trasatlánticos. Sé que tú, Angélica y Alvaro volverán a él reiteradamente.Volverán cuando estén descorazonados o alguna puerta se les cierre. Pues él lleva en sí el poder de los trasatlánticos. La magia de quienes tienen la capacidad para verlos aparecer. La voluntad de persistir ante los ojos de los incrédulos. La fuerza resilente para resistir negativas, burlas rechiflas y zambapalos. Volverán a él, con frecuencia, no lo dudo, para nutrirse. Porque han elegido una tarea de dimensiones colosales como trasatlánticos. Sé que lo lograrán y lo encallarán en nuestra pobre realidad.Y espero ser otro en el Paseo de las Tullerías para celebrar con ustedes y con quienes aceptamos el desafío. Como ustedes, yo también quiero prolongar la presencia de Gabo. Y recodarlo con todos los timbales que su obra amerita.

Desde la isla de nuestra utopía, Miguel Díaz Canel,

Presidente.

¡

Poema sinfónico para celebrar al exilado que soñaba trasatlánticos.

Como en un déjà vu o en un juego de planos de realidad en donde hoy es el mañana que regresa de forma recurrente, estoy viviendo ahora los sucesos del 17 de abril del 2024; ese día los habitantes del planeta escuchamos en diferentes latitudes (Moscú, Bogotá, Caracas, México, París, Aracataca, Urrao, Calarcá) el poema sinfónico que celebra la imaginación portentosa de uno de los trece hijos del telegrafista de Aracataca.

Con un sonido sostenido que recuerda un buque alejándose de puerto, la tuba de la Orquesta Filarmónica de Colombia da paso a un diálogo entre los vientos y los metales de la orquesta, mientras los címbalos con baquetas de lágrima inician y sostienen una nueva frase que suscita en la memoria del espectador el sonido de las olas estrellándose contra las rocas.

El poema sinfónico, es necesario recordarlo, constituye una pieza orquestal de música programática en un solo movimiento, estructura musical creada por el músico húngaro Franz Liszt. El programa en el que se basa la música del poema sinfónico puede ser narrativo (por ejemplo, una leyenda o un episodio histórico, una historia, un drama) o un poema que haya inspirado la imaginación del compositor. En consecuencia, el poema sinfónico que escuchamos este fáustico 17 de abril de 2024 está basado en “El último viaje del buque fantasma”, cuento que escribiera y publicara el soñador de trasatlánticos en el libro La increíble y triste historia de la Cándida Eréndira y de su abuela desalmada.

Venezuela fue uno de los países en donde el escritor vivió uno de sus múltiples exilios. Y Caracas, su capital, una ciudad que dejó huellas profundas en su espíritu de narrador y le brindó maravillosas oportunidades a su oficio de periodista.

«Venezuela fue por poco tiempo, pero de un modo inolvidable en mi vida, el país más libre del mundo. Y yo fui un hombre feliz, tal vez porque nunca más desde entonces me volvieron a ocurrir tantas cosas definitivas por primera vez en un solo año: me casé para siempre, viví una revolución de carne y hueso, tuve una dirección fija, me quedé tres horas encerrado en un ascensor con una mujer bella, escribí mi mejor cuento para un concurso que no gané, definí para siempre mi concepción de la literatura y sus relaciones secretas con el periodismo, manejé el primer automóvil y sufrí un accidente dos minutos después, y adquirí una claridad política que habría de llevarme doce años más tarde a ingresar en un partido de Venezuela.»

«Tal vez por eso, una de las hermosas frustraciones de mi vida es no haberme quedado a vivir para siempre en esa ciudad infernal. Me gusta su gente a la cual me siento muy parecido, me gustan sus mujeres tiernas y bravas, y me gusta su locura sin límites y su sentido experimental de la vida. Pocas cosas me gustan tanto en este mundo como el color del Ávila al atardecer. Pero el prodigio mayor de Caracas es que en medio del hierro y el asfalto y los embotellamientos de tránsito que siguen siendo uno solo y siempre el mismo desde hace veinte años, la ciudad conserva todavía en su corazón la nostalgia del campo. Hay tardes de sol primaveral en que se oyen más las chicharras que los carros, y uno duerme en el piso número quince de un rascacielos de vidrio soñando con el canto de las ranas y el pistón de los grillos, y se despierta en unas albas atronadoras, pero todavía purificadas por los cobres de un gallo. Es el revés de los cuentos de hadas: la feliz Caracas».

Los violines dan paso a un progresivo y nostálgico diálogo con el arpa para recrear las sensaciones de libertad extrema del protagonista cuando su madre lo dejaba escuchar hasta muy tarde en la noche las arpas nocturnas del viento.

El diálogo de los vientos y los metales se convierte en un leitmotiv progresivo con transformación temática a medida que avanza, la estructura espiral del poema sinfónico refleja la forma particular del cuento, varía la expresión del protagonista: “Ahora van a saber quién soy yo”, mientras la música desarrolla las diversas situaciones de su crescendo narrativo.

Ahora van a ver quién soy yo, se dijo, con su nuevo vozarrón de hombre, muchos años después de que viera por primera vez el trasatlántico inmenso, sin luces y sin ruidos, que una noche pasó frente al pueblo como un gran palacio deshabitado, más largo que todo el pueblo y mucho más alto que la torre de su iglesia, y siguió navegando en tinieblas hacia la ciudad colonial fortificada contra los bucaneros al otro lado de la bahía, con su antiguo puerto negrero y el faro giratorio cuyas lúgubres aspas de luz, cada quince segundos, transfiguraban el pueblo en un campamento lunar de casas fosforescentes y calles de desiertos volcánicos, y aunque él era entonces un niño sin vozarrón de hombre pero con permiso de su madre para escuchar hasta muy tarde en la playa las arpas nocturnas del viento, aún podía recordar como si lo estuviera viendo que el transatlántico desaparecía cuando la luz del faro le daba en el flanco y volvía a aparecer cuando la luz acababa de pasar, de modo que era un buque intermitente que iba apareciendo y desapareciendo hacia la entrada de la bahía, buscando con tanteos de sonámbulo las boyas que señalaban el canal del puerto (…).

Invitado por su solidario amigo Plinio Apuleyo Mendoza, Gabriel García Márquez llegó a Venezuela desde Francia y entre 1957 y 1959 vivió intermitentemente en la ciudad de Caracas. En París, había sido corresponsal del diario El Espectador, de Colombia, periódico que debió cerrar por motivos políticos, después de que ascendiera al poder, por medio de un golpe de Estado, el general Gustavo Rojas Pinilla.

En 1958 Gabo fue testigo de la caída del dictador Pérez Jiménez. El día 23 de enero, desde el balcón en la casa de su amigo Plinio Apuleyovieron partir el avión llamado la Vaca Sagrada que llevaba al dictador a su exilio de Santo Domingo.

Es bien sabido que en la Ciudad Luz, su primer gran exilio, sin dinero y sin trabajo, García Márquez tuvo que oficiar de cantante en un bar para poder pagar el hotelucho donde vivía y para mal comer.

Es entonces cuando su entrañable amigo Plinio Apuleyo Mendoza, enterado de sus dificultades. le propone viajar a Caracas, para trabajar en la revista Venezuela Gráfica. En Caracas Plinio era el director de la revista Momento. Venezuela era próspera y recibía un gran flujo de emigrantes europeos y latinoamericanos en busca de todo tipo de trabajo. García Márquez se hospeda en 1957 en una pensión de San Bernardino y, como lo recordará en «Cuando era feliz e indocumentado», aunque echa de menos a Mercedes, su eterna novia colombiana, sale, pasea y se divierte.

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