No importa mi nombre, puedo ser usted, ese o aquel que sufre de por vida un sueño recurrente. Tengo ochenta y cinco años, no soy escritor, y espero que disculpen mis errores o torpezas narrativas. Ojalá quienes sepan qué me pasa, vean en esto una señal para prestar auxilio a otros con sueños parecidos.

Pasan los años y no sé si mi padre llegó a mi edad…, porque era muy niño cuando se fue y no volvió. Desde entonces, al despertar de ese sueño, recuerdo:

Esperaba a mi padre con impaciencia. No entendía por qué no dormía en casa.

Cada que llamaban a la puerta saltaba de alegría, imaginaba que era él y corría escaleras abajo para abrirla. Me desilusionaba porque a veces aparecían el cartero, el cobrador o un visitante; personas que no me alzaban en brazos. De rostros extraños: barbados, lampiños; de ojos azules, verdes: no tenían los de mi padre: sonrientes, grandes y grises. Tampoco sus cejas, ni sus orejas grandes que tironeaba a mi gusto. Me gustaba saltar para que me levantara y llevara  hasta la sala, donde me ponía en el suelo o en brazos de mi abuela para que la besara. A mi madre apenas le ponía su mano en el hombro y le decía: Hola, ¿cómo estás, Clarisa? No la abrazaba y se iba a sentarse en el sofá morado de la sala. No me gustaba que fuera así.

Esperaba a que se acomodara para empezar nuestro juego: él abría los brazos, juntaba las rodillas, y yo saltaba a su pecho. No me dejaba caer. Me tomaba en el aire, abría mis piernas, lo atenazaba por la cintura, y me sujetaba a su cuello. Sus brazos eran fuertes. Sentía que los puntitos negros de su cara chuzaban la mía.

Desde que se marchó no tuve esperanzas de noticias suyas…y ahora, a mi edad, menos.

Alguna vez desde la cocina, escuché que mi padre hablaba fuerte a mi madre; me bajé de la banca que el abuelo hizo para que “mi nieto pueda mirar a la calle”, me asusté porque cuando papá y mamá se disgustaban, hablaban feo, y sus ojos echaban chispas. Mis abuelos se paraban entre los dos y todos terminaban gritando. Yo me metía bajo la cama a esperar. Sudaba y lloraba. Me tapaba los oídos, duro, muy duro, pero por entre el espacio de mis dedos entraban sus gritos. El piso se mojaba y el olor a polvo me ahogaba.

Eso pasó muchas veces, pero días después mi padre volvía con regalos y se portaba amable con mis abuelos y cariñoso con mi madre, hasta volvían a pelear.

La última vez se dijeron groserías; recuerdo que cuando mamá le gritó “váyase con la otra”, él levantó la mano contra ella. Mi abuelo lo encaró, y la abuela abrazó a mi madre para protegerla. Esa vez no corrí a esconderme. Me quedé como una estatua. No podía moverme pero sentí que me bajaba agua por los pantalones. Me oriné, sí. Mi padre cruzó por mi lado como un huracán. No me abrazó al despedirse. Bajó corriendo las escalas y sentí el golpe fuerte, muy fuerte, que dio a la puerta al cerrarla. Empecé a llorar y el abuelo me alzó para llevarme a la ventana y lo viera irse. Escuché a mamá llorando, y las palabras de consuelo de la abuela sonaban lejanas en la cocina. Y otra vez, desde ese día no volví a ver a mi padre por muchos días.

Pero otra, antes de medianoche, mis párpados pesaban y me acosté. No recuerdo a qué hora unos pasos me despertaron. Me quedé quieto con los ojos entrecerrados: en la oscuridad del cuarto vi entrar a mi madre, y descorrer la cortina. Se inclinó, ocultó un paquete bajo mi almohada, salió en puntillas, y me dormí.

Rato después, mi prima, que estaba de vacaciones en casa y dormía en la cama vecina a la mía, me despertó a estrujones. Jugaba con una muñeca que no le vi antes, de ojos azules, cabeza, brazos y piernas móviles; vestido verde con bordados y sombrerito de paja. Me dijo que buscara mi regalo. Sin entender busqué y al no encontrar nada, me ayudó. Ella destrozó la caja y me entregó el carrito rojo, un carro de bomberos con llantas que no giraban. Ella misma, con dificultad descubrió que su mecanismo era de cuerda. Me enseñó cómo hacerlo funcionar. Lo empujé hacia atrás, lo solté, y al arrancar el estruendo de la sirena anunció la llegada de mi primer y único niño dios que recuerdo. Mi prima se aburrió de jugar con la muñeca, y volvió a su cama a dormir.

Amaneció. Mi abuela y madre rieron cuando mostramos nuestros regalos. No paré de jugar. Con mi radio patrulla recorrí toda la casa. Descalzo subí a la mansarda con mi carrito y escuché abajo  la voz de mi padre que acaba de llegar. Al fin regresaba.

Desde arriba sentí risas y voces de mi abuela y de mi madre en la cocina. Escondí mi juguete en el pupitre verde; me asomé al borde de la baranda y vi a mi padre dirigirse a la cocina. No esperé que me llamaran. Me puse los zapatos y haciendo alboroto me deslice hacia abajo por el pasamano de la escalera.

Un día de estos, te vas a caer, dijo mi madre desde la puerta de cocina. Tomaba café con mi padre; ya no reían, se miraban feo, de reojo. Déjalo jugar, mujer, no lo molestes cuando yo esté aquí, dijo él.

Mi padre se asomó a verme bajar por la escalera, sonrió, me aplaudió la maroma, y vi en su diente la incrustación de oro que brillaba. Corrí hacia él y no me levantó. Apenas tocó mis cabellos, siguió conversando y fui al sofá a sentarme, a esperar mi rato con él. No me habló. Después de muchos años entendí que hacía mi aprendizaje para observar, oír y callar.

Aún alegaban en la cocina, y no sabía qué hacer, o sí: balancear mis piernas o hacer figuras chinescas con los dedos. Me cansé de verlos bravos otra vez. No sabía si volver a la mansarda con mi carrito, quedarme a jugar con los pliegues del sofá morado de la sala, o con mis dedos.

La bombilla de la cocina se encendió, porque la luz que entraba por el ventanal no era suficiente contra la oscuridad; pero remarcaba las arrugas y daba tonalidades de claroscuro  a sus caras que empezaba a gesticular como viejos. Me cansé de mirarlos y pensar; subí a la mansarda con mi juguete, y allí me quedé. No encontraba  motivos para bajar. Estaba tan entretenido que no sentí  los pasos de mi padre que subió con agilidad, y bajó conmigo en brazos. Me alegré mucho, pero al rato se despidió. Se fue, y me pregunté una vez más: ¿Hasta cuándo?, y empecé a llorar…

Esa noche mi madre me amenazó con un castigo si no dejaba de llorar. Ya no me importaba. Escapé a la mansarda y salí al entablado que había sobre las tejas de la casa, a mirar sobre los techos de las casas vecinas iluminadas por las luces de la calle, en dirección a la casa donde imaginaba, según decían los abuelos y mi madre, que vivía mi padre “con la otra”.

Por entre mis lágrimas, como entre una llovizna, vi todo oscuro: tejados grises, anaranjados y negros; el musgo de los techos, también los árboles verdes de día; los bosques azules a lo lejos; y de tanto llorar, manchas grises a medida que la ciudad se diluía y oscurecía ante mis ojos, porque así era la perspectiva de una soledad que nadie sospechaba yo aprendía cada día.

Otra noche, y a medida que las luces  de la calle empezaban a encenderse, los techos, los árboles, y los bosques desaparecían en la oscuridad. Hacía frío, y entendí que era la hora de abandonar mi mundo (la mansarda). Abandoné el entablado a buscar abrigo entre mis cobijas y la oscuridad del cuarto.

Madrugué porque imaginaba que mi padre vendría ese día. Terminé el día asomado a la ventana, esperando… No vino. Pero quería compartir el regalo con mi padre; que jugáramos a que lo invitaba a dar un paseo en mi carro de bomberos. Pensé escapar para buscarlo, pero él tenía tantos amigos y a dónde ir, que no sabía sí al arriesgarme a salir, pudiera encontrarlo; además, ¿dónde buscarlo?

Hasta que llegó la  noche en que empezó ese sueño que me persigue. Antes de dormirme, y por única vez, comprendí que debía correr el riesgo de elegir un camino al azar, y en caso de fallar, regresar a casa para escoger entre mis recuerdos un nuevo camino para olvidarlo, pero me dormí y…

…por primera vez soñé que bajé a escondidas  las escalas que llevaban a la puerta; abrí y salí a la calle donde había mucha gente de cara borrosa como la de todos los sueños; voces, gritos, carros grandes, música alegre y luces de navidad… Y aquí lo peor de mi sueño, mis dudas si lo escribí bien, y mi pregunta ¿por qué me pasa esto?: que no importando si me perdía, monté en mi carro de bomberos, puse a sonar la sirena, y aceleré en busca de mi padre.

Armenia, abril 14 de 1969

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