Edición 110

HUIR DE ORIENTE

By 8 de junio de 2026No Comments

Arrierías 110

Lilia Margarita Osorio

Se despertó con sobresalto, tenía miedo. Sabía que el camino era frecuentado por delincuentes asaltantes de vehículos particulares y también de los buses de línea. Pero no tenía opción, debía ir a trabajar en los pueblos de oriente de Cundinamarca. Atendería unas cuantas pacientes y obtendría una buena remuneración; en momentos como ese no podía negarse. Acababa de divorciarse después de doce largos y difíciles años de matrimonio.

      Al llegar a Choachí, se encontró con la contrariedad de las agendas trocadas. Las pacientes que debía atender ese día en la mañana habían sido citadas para el siguiente. Entonces, tomó el volante y partió para el otro pueblo: Ubaque. Al entrar al puesto de salud, se conmovió con el silencio y el ambiente reinante. Las paredes de azulejos verde agua daban la sensación de asepsia, el consultorio estaba en perfecto orden y olía a limpio, pero allí también habían trocado las citas, de tal manera que solo atendió a seis pacientes sin cita previa.

     Desalentada por la pérdida de tiempo, tomó sus implementos médicos, los depositó en el baúl del vehículo y partió camino a Fómeque. Eran las once de la mañana y al entrar al pueblo, encontró revuelo: «Claro, es día de mercado». Atravesó el casco urbano, ascendió la colina donde se levanta imponente el hospital San Vicente de Paul, fundado en 1.905, una construcción de dos pisos, desde donde se divisa la mayor parte del poblado. Al llegar, la enfermera la recibió con un afectuoso saludo: “Doctora, la estábamos esperando”. Subieron al consultorio que servía como sala de partos; el olor a sangre y loquios le indicó que hacía poco, acababa de venir al mundo un diminuto ser. La cesta atestada de compresas utilizadas para atenuar el sangrado de la madre en el momento del parto lo confirmaron. El aire estaba enrarecido y el bullicio en el pasillo la inquietaba, pero le gustaba su trabajo. Para ella era una gratificación inmensa brindarles ayuda a mujeres campesinas, que viven en situaciones socioeconómicas difíciles, con precaria salubridad, falta de educación sexual y numerosos partos, factores de riesgo para desarrollar cáncer de cuello uterino.

 Acudieron a su consultorio muchas pacientes, tantas, que a las cuatro de la tarde ya había perdido la cuenta. Casi terminaba su trabajo, cuando se oyó una algarabía en el corredor y su auxiliar entró a toda prisa con un mensaje: “Que el Dr. Ruiz le manda decir, que deben salir del pueblo ¡ya! Que Romaña está aquí”. Liz se sintió morir. Sabía que, si su colega le enviaba esa razón, era perentorio abandonar el pueblo. Recogió sus cosas y le dijo a la auxiliar: “Omaira, gracias por todo, pero no vuelvo. No me cites más pacientes”. La enfermera, con la cara contraída, le respondió: “Doctora, no puede hacer eso, aquí la necesitan”. Liz tuvo sentimientos encontrados: por un lado, era gratificante la afirmación de Omaira: “La necesitan”.  ¡Qué lindo era sentir el aprecio y reconocimiento de la enfermera! pero por otro, sintió un gran pesar al saber que no volvería a atender aquellas mujeres que, de verdad, requerían su ayuda. Sin embargo, no era oportuno exponerse de esa forma.

    Cuando iba a los pueblos del oriente, la atormentaban los mismos temores. No sabía si viajar sola o con su hijo; era un gran riesgo para ella y para él apenas con diez años de edad. También dudaba en ir en su vehículo, un Mitsubishi último modelo, rojo Ferrari por el peligro que implicaba su apariencia, o, someterse a las incomodidades de viajar en un bus de línea.

     Transcurrían mediados de los años noventa, cuando ciudadanos con algún tipo de posición social y/o económica o, muchas veces sin ella, eran perseguidos por la guerrilla y la delincuencia común para extorsionarlos y “vacunarlos” ó, en el peor de los casos secuestrarlos y pedir a cambio sumas millonarias para su liberación. El Dr. Ruiz era un destacado ginecobstetra en Bogotá y había nacido en el oriente; sus padres aún vivían allí, y él prestaba sus servicios profesionales los fines de semana a las mujeres del pueblo y sus alrededores.

       Con el paso de los años y su desempeño profesional, adquirió un terreno en las afueras del municipio, además de un buen capital, por tal razón, era hostigado y amenazado.

      Con el abrazo aún en el aire, Liz se despidió de la enfermera. Bajó la escalera casi corriendo y se dirigió al parqueadero. Apresurada, subió a su automóvil y sin esperar más, abandonó el pueblo y su gente. A gran velocidad tomó la carretera sin pavimentar, dejando una nube amarillenta tras de sí, teniendo en mente sólo la imagen de su pequeño hijo. Avanzaba sin tener el más mínimo cuidado para no maltratar su carro último modelo; iba angustiada y eso no importaba, lo fundamental era salir cuanto antes de allí para no correr riesgos.

     Al llegar a un sitio alejado de Fómeque, donde ya no había peligro, se encontró con la camioneta conducida por el chofer del Dr. Ruiz, y este último sorprendido le preguntó: “¿Monita, por donde te viniste? ¿cómo hiciste para llegar primero? Ella no supo qué contestar. Había tomado la carretera central y ellos un atajo. Por eso la inquietud y la pregunta.

     Una vez en las goteras de Bogotá, donde a lo lejos se divisaban los altos edificios con los últimos rayos de sol, sintió alivio y respiró profundo. Volvería a estrechar a su pequeño hijo.

Huir de oriente y no volver, la marcó para siempre.

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