De las cosas que más extrañaba, con la llegada de la pandemia…………

Saque la ollaaaaa……que llego la mazamorra, gritaba el vendedor esta mañana, como anunciando el retorno de la vida, era el regreso, de los vendedores callejeros, que ahora llaman ambulantes y que fueron silenciados por el covid 19 y que comenzaron a volver a las calles, para traernos, no solo los productos tradicionales, como ellos, sino , a la memoria, el recuerdo de un pasado hermoso, donde las frías mañanas del pueblo, se alegraban con el voceo, a capela, de los vendedores, de leche, queso y mantequilla, traída de barragán, pandeono y buñuelos, suuuubidos, tal cual, lo grita el hombre, moras, lulo fresco, los polares y las cremas, las empanadas de cambray, las quesadillas, los tiples, las arepas el pan caliente, anunciado con el vozarrón de un hombre, que forjo un estilo único, con el que logra, ser escuchado, dos cuadras a la redonda. A propósito de estilos, para el anuncio de sus productos, un día cualquiera, llego al pueblo un vendedor de cigarrillos americanos, que se paseaba por el centro, anunciando: cigarrillos Marlboro, wins/toncamel/cool, (Winston, Camel, Kool), simpático, porque, se le entendía, como: “Winston tocame el cool”. Y como, aun eran los tiempos del tabaco, el pielroja, o rompepecho, en la jerga del colegio, en fin, llamaba mucho la atención, por la forma en que los anunciaba, y la clientela, le aumento rápidamente, porque fumarse, un cigarrillo americano, daba cache, y provocaba la envidia de los amigos, que se arrimaban a pedirle, una pipiaita (fumadita), atraídos por el rico olor que producían, la mayoría de los cigarrillos americanos. El mango biche, con sal, el chontaduro, de Genoveva y Vicente, en la Real, la Oblea, con arequipe, las solteritas, y todo el mecato, que vendían, y venden, a la salida de los colegios y las escuelas. Que vuelvan los vendedores ambulantes, para que sigan haciendo parte importante de ese cuadro pintoresco, que hace más afectiva, la vida del pueblo y que no pueden faltar, en el cotidiano vivir.

Arepas de chócolo, aguacate maduro, envueltos, paquete de tomate a mil, cuando todavía era barato, porque hoy los mil de tomate, valen tres mil, cebolla cabezona y cebolla larga, eran, los anuncios más esperados, sobre todo, en las mañanas. De entre todos, los vendedores de leche, ocupaban los lugares de privilegio, don Benjamín, Ramón leche, Zarasty, Pacho Benítez, con quienes, se hacía una contrata, de una o dos puchas, que median con una vasija metálica, hecha con la medida y que se pagaba todos los sábados. Recuerdo, que las mamas, dejaban la caneca, o la olla, lista, para recibir la leche, por la mañana, y alertaban a cualquiera de los muchachos, para que estuviera pendiente y salieran a recibirla, cuando, el lechero, anunciaba: la lecheee. El premio, para el que lavara la olla, era la pega, la nata, que quedaba en el fondo, después de hervirla. Esa pega, sola, con arepita o un pedazo de maduro asado, era y será por siempre un encanto. La pega del arroz, era también una motivación excelente, para lavar la olla, que en ese entonces, no eran ollas arroceras eléctricas, sino, ollas de aluminio común y corriente, a las que había que voliarles, esponja de alambre, a la lata, después de haber podido degustar la pega.

Rogar, porque la vida hermosa del pueblo, se conserve, y no siga siendo arrollada, por los virus y la falsa modernidad, eso sí, Bienvenido el progreso.

Sevilla, como te quiero…

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