“Entrando a ella, le dijo: Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo. Ella se turbó al oír estas palabras y discurría qué podría significar aquella salutación. El ángel le dijo: No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios”.

Yo no respondo por estas palabras. Hablen con Lucas. Pregúntenle a Lucas. Descifren a Lucas. Doy fe del nuevo evangelio que se escribe en las cuevas de Peñas Blancas, departamento del Quindío. Territorio de Calarcá. Este sí tiene que ver algo conmigo, aunque no soy profeta de ningún redentor. No soy apóstol de nadie. No soy evangelista de ninguna doctrina, de ningún hijo de Dios ni del Hombre. Soy vocero silencioso de las montañas quindianas. Soy el espejo de los verdes en el Quindío. Creo en mí porque todavía estoy vivo, pero en cuanto muera deberé cambiar de fe. Indispensable, para leer el comienzo de este nuevo evangelio de las renunciaciones, tener como fondo la canción Marian, interpretada por The Sisters of Mercy. Entonces la luz negra descenderá sobre ti y comprenderás. Si no comprendes, tampoco importa. Solo lee y escucha. En esta ocasión anunciaron a María que iba a parir muchas noches de tempestad. Muchas noches de tempestad. Si deseas, María, exígele al Emperador paraguas negros para los desventurados hijos de quienes no soportan los golpes de hielo sobre la espalda. O entre el alma. Exígele al Emperador.  María no dijo nada, pero esperó paciente que en ella se cumpliera la Profecía de los Uricantes. No temía parir aguaceros porque de sus muslos brotaba sangre con frecuencia. Sangre con frecuencia. Cada uno de los apóstoles, y dejo constancia de historiador que ninguno de ellos era vampiro, aunque Jesús los convidase a beber su sangre, venía a beber la cantidad que ella les permitía. María, si deseas, puedes negarte y convocaremos entonces a la Mujer de las Primaveras. La hija de Lázaro el Resucitado. De Lázaro el Resucitado. En su familia todos esperan la llamada, dijeron a María las voces del muro, repitiéndole, no somos ángeles, María, no lo hemos sido nunca, María, no queremos ser ángeles, María, mientras el Mesías siga anunciándose en vano. Por eso eres necesaria. Con las hojas de los guaduales del Quindío haremos la cuna para tus tempestades. Vas a parir un diluvio.  María, vas a parir un diluvio. Vas a permitir que tu bebé ahogue a gran parte del Pueblo Elegido. Todos los pueblos son Elegidos a la hora de morir o de perseguirlos en aras de cualquier idea. Alabadas sean las ideas y las filosofías porque todas ellas permiten que se pueda perseguir y asesinar a los hombres, con buenas razones de por medio. Amén. Con buenas razones de por medio. Y María recibió entonces la daga y el espejo.

Y María recibió entonces la daga y el espejo. Símbolos de pureza y virginidad entre los Uricantes. Recibió también la corona de yerbabuena fresca con crulongos azules alrededor, para evitar ser reconocida por los Luminosos. Repite, María, no deseo ser reconocida todavía como la santa madre de los diluvios.  Y ella lo repitió, no deseo ser reconocida todavía como la santa madre de las tempestades, no, María, de los diluvios, sí, de los diluvios. Hasta cuando una de las voces le confirmó, estás inseminada, María, dentro de siete meses vas a parir al Navegador.

Ella se turbó al oír estas palabras. Y discurría qué podría significar aquella salutación.
Toda la habitación olía a yerbabuena cortada recientemente. Olía a yerbabuena. María, no temas. Has hallado gracia delante de Dios. Vendrán los androides y tres cyborgs a rendirle pleitesía a las primeras gotas de agua de la tempestad.  Anunciarán al mundo el regreso de la era de los hielos y del frío eterno.   Y María recibió entonces la daga y el espejo. Y María recibió entonces la daga y el espejo. Símbolos de pureza y virginidad entre los Uricantes. Recibió también la corona de yerbabuena fresca con crulongos azules alrededor, para evitar ser reconocida por los Luminosos. Repite, María, no deseo ser reconocida todavía como la santa madre de los diluvios. Y ella lo repitió, no deseo ser reconocida todavía. Horbiger es el profeta. Déjate llover, María, no le temas a los primeros trozos de hielo que expulse tu matriz. Déjate llover, María. Serán como sonrisas. Déjalos que se derritan. Que se transformen en corrientes de agua. Turbulentas corrientes.  Déjalas inundar el pueblo. Cada hombre será anegado hasta el fin de los tiempos. Te enviaremos el Dragón. Móntalo con tu hijo y vete a la montaña mientras es tiempo de hacerlo. Y María dijo: Que se haga tu voluntad.

Y se hizo su voluntad.

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