Cuando el hombre de las cavernas, le quitó la piel a uno de los animales cazados y la  puso sobre su cuerpo para cubrir su desnudez o atenuar las inclemencias del ambiente, estaba dando lugar al vestido. No sabemos que tanto presumiría de su abrigo aquel primate erguido,  pero estaban sentadas las bases de lo que sería en el futuro  el vestido para los seres humanos.

Desde ese remoto momento, aquel bosquejo de vestimenta, se vino saltando en el tiempo hasta llegar a los atuendos que hoy nos acompañan, y que además de cubrirnos se usan, por muchas personas, como una de las formas más refinadas para  presumir y también para marcar diferencia con los demás congéneres que cruzan por nuestro lado.

Muy hacia acá, parece ser que en es hacia el Siglo XV que aparece la sastrería, es decir, el arte de cortar, coser, ajustar, fabricar y terminar prendas. Señala la historia que la palabra sastre viene del latín “sartor”que significa remendón, costurero. Y «sartor» viene del verbo “sarcire” que significa coser o zurcir. Precisamente de ahí, deriva  sartorial, que es todo lo relacionado con el oficio de la costura.

Dicen también que para ser un buen sastre se requiere,  excelente  pulso, ser detallista, conocer de tejidos y de telas, saber o tener conocimiento en el corte de patrones, buena vista y mucha concentración.

No sé si esas cualidades las tenga mi invitado, pero si Sevilla se ufana de su barbero; Caicedonia presume de su sastre de quien vamos a hablar hoy.

Tejiendo historias

Nació en el Centinela del Valle, en una familia compuesta por papá, mamá y 10 hermanos. Se llama Luis Fernando Salazar Jaramillo y le acompaña, además de su talento un alias heredado de su padre con el cual todos lo nombramos con afecto: “piojo”.

Fernando Salazar Jaramillo

 Como no era nada fácil criar tal familión, Fernando, a los 8 años de edad ya trabajaba en la Samaritana, una popular fuente de soda,  junto a su hermano Alberto, de  quien recuerda, “me enseñó a lavar bien la loza”.

Luego de 5 años de estar al servicio del Cura Evelio, en donde ascendió hasta mesero,  cuadra y media más arriba encontró  un nuevo quehacer en un granero,  “El Universal” donde estuvo otros 5 años trabajando.

Mientras trabajaba los fines de semana,  cumplía además  con sus estudios primarios y secundarios, jugaba al futbol, actividad que ha sido otras de sus pasiones, y vivía la cotidianidad de pueblo,  tan grata cuando la vida aun no nos exige responsabilidades que cumplir. 

Hacia la capital

Terminó sus estudios secundarios y buscó en Bogotá la oportunidad a su sueño de hacerse futbolista profesional, pero “No fue fácil ingresar a una escuela de futbol”, aunque le decían que era bueno en ese deporte.

Ante la imposibilidad de entrar la escuela para hacerse futbolista profesional, y con la obligatoriedad de sobrevivir en la gran ciudad, encontró trabajo en “Camisas Z” una empresa de confecciones de otro paisano, Óscar Ramírez, quien hacia comercio de camisas en la Capital. Ese fue su primer encuentro con el mundo de las telas, los botones, los metros, los patrones, que más adelante serían su oficio para ganarse la vida.

Pero como principio tienen las cosas y hay que pagar el derecho al piso, se inició como mensajero, además era aún menor de edad para trabajar en la planta de producción. Conoció las calles de la ciudad y el frio que hace recogerse sobre uno mismo.

“Los Ramírez me ayudaron mucho, me dieron trabajo, me enseñaron parte de lo que hoy sé. El primer saco que tuve en la vida me lo regalo Óscar. ¿Qué saco iba tener un montañero llegado de Caicedonia? Me fue bien allí con ellos.  Luego fui auxiliar de ventas y muy pronto me dieron uno de los almacenes para administrarlo” recuerda.  No pasó mucho tiempo y Fernando decidió independizarse.

¿Y porque lo de la confección? “Después de uno trabajar en una Fuente de Soda, donde no se aprende mayor cosa; en un Granero, donde tampoco, cuando estuve con los Ramírez, me pareció que la confección era un bonito trabajo y además rentable y pensé para mí: esta va a ser mi profesión, esto es lo que voy a aprender, de esto voy a vivir y así ha sido”, cuenta Fernando rememorando aquellas épocas.

Me pareció que la confección era un bonito trabajo

Había mencionado de la pasión de Fernando por el futbol y le pido evocar los equipos por los que ha pasado: “En Caicedonia jugué con Sporting Club, que era uno de los mejores equipos del pueblo”. Se entusiasma cuando señala: “Recuerdo a Galindo, A Arlex Tellez; el negro Quevedo. Jugué en  la Selección Caicedonia; al lado de Parlante, Bianchi; El Unico. En Bogotá jugué en un equipo de unos belgas que se llamaba Chantrainer, a ese equipo me llevó “Angelillo” Cortez con quienes nos ganamos el torneo de Inravisión. Jugué en la selección del Barrio La Victoria, reforcé el equipo de Telecom. En Cali mi equipo de siempre ha sido el de la Asociaca ya que desde que llegué a Cali, gracias a Rodrigo Gómez, me vinculé a la Colonia en la cual he sido parte del equipo, Presidente durante dos años. La Colonia  -dice Fernando- ha sido un aglutinante de la paisanada aquí en Cali. Yo quiero mucho la Colonia, la siento como una familia, además los Gómez, que son el alma de esa agrupación, conmigo han sido muy especiales en la amistad”.  

Mas quebrado que bulto de canela…

Pero nada en la vida es fácil y así lo corrobora nuestro invitado: “Luego de mi retiro de Camisas Z, yo coloqué un pequeño almacén con, Jaime Monard y con Miguel Escobar, dos paisanos quienes nos asociamos en aquel momento y entonces nació la “Sastrería El Clan” en la que la línea de producción eran camisas y trajes. Horacio Moreno también fue un gran apoyo para nuestro trabajo”.

Me asocie con un bogotano, pero tampoco resultó.

No fue fácil desenvolverse en el comercio capitalino, tan competido, tan lleno de vericuetos. “Tuvimos un percance, desbaratamos la sociedad y volví a pedir trabajo en Camisas Z, donde me volvieron a recibir” cuenta Fernando.

Luego de otra  temporada de trabajo con los Ramírez, pero con la inquietud de ser independiente, intenta por segunda vez la emancipación  laboral.  “Me asocie con un bogotano, pero tampoco resultó el proyecto y nos abrimos. Busque un nuevo socio y resultó que aquella persona tenía deudas con la justicia y en esa ocasión perdí la empresa totalmente”.

“Hablando con Óscar Ramírez, me preguntó  ¿qué iba a  hacer?; yo le comenté que me iba a volver para el Valle, que me radicaría en Cali. Me comentó entonces que iban a abrir unos almacenes en Cali y que si quería trabajar con ellos. Yo le dije que si me daba trabajo de nuevo, listo,  y así fue que vine a parar en Cali. Los Ramírez siempre me tendieron la mano y por ello guardo muy gratos recuerdos de esa época y de ellos en particular. Óscar para mí fue como un papá”.

En la Capital de la Salsa.

Luego de otra temporada de trabajo para Confecciones Z,  intentó, por tercera  ocasión, la independencia. Esta vez en Cali y entonces nació “Para hombres”. “Arranqué de ceros, pero siempre me ha acompañado la suerte y esta vez llegó gracias a Gustavo Parra, quien trabajaba en un Banco. El me decía a mi “Santa Fe”, por mi pasión por aquel equipo. Me ofreció su ayuda y empecé de nuevo la lucha por cimentar mi propia empresa, cosa que logré”.

Hoy su empresa, la cuarta,  tiene la razón social de “Ferdinand Sartorial” en la que confecciona, ya no como antaño solamente camisas, sino vestidos para dama, trajes, guayaberas, etc.

La calidad en su trabajo le ha dado la posibilidad de vestir algunas personas importantes como sacerdotes, concejales, diputados, alcaldes, músicos etc. Ha realizado trajes para el Grupo Niche; Los del Caney; La Gran Banda Caleña; entre otros.

Como de todo hay que hablar le pregunto por esos clientes insoportables. “Si, dice, hay clientes que son los “milimétricos”, aquellos que apenas entran me dicen “Fernando, permítame el metro. Le dije que el cuello tenía que medir 6.5 y tiene 6.7” y me hacen cambiar el cuello. Menos mal que son muy pocos, pero los hay.

Me emociona cuando un cliente elogia mi trabajo.

Algo de bueno tendrá su oficio al que le ha insistido tanto, por el que le ha tocado luchar tan duro para llegar a lo que hoy tiene. “Yo le tengo mucho amor a la confección –dice Fernando- me gustan las texturas de las telas, la sutileza de los hilos, el sonido de las máquinas. Me emociona cuando un cliente elogia mi trabajo o me manifiesta su agradecimiento por el producto que recibe. O como ha sucedido, que me dicen “siento un  gran satisfacción colocarme un traje confeccionado por usted”. Eso es lo que me hace continuar”.

“Esta semana, por ejemplo, un cliente australiano me mando a hacer dos trajes. Al momento de entregárselos, me dijo: le voy a dar X  suma de más porque quede muy contento con el trabajo. Hay también un cliente italiano que siempre me deja más dinero del acordado “para que reparta con el personal” me dice. También el éxito, se debe  a la atención que yo ofrezco a mis clientes”.

Me intriga que en su  taller, Fernando,  es uno más de los trabajadores: traza, cose, delinea, mide, prueba. “Desde que empecé siempre he tratado de estar ahí. En Bogotá por ejemplo, yo no era cortador, y trabajaba en ventas; mi horario de trabajo comenzaba a las 9 de la mañana, pero yo llegaba antes y les pedía que me pusieran a hacer algo mientras entraba a laborar. Me enseñaron a trazar a cortar, a asistir a clases con ellos y desde allí sabía que mi actividad no era solamente vender, sino que sentía que tenía que aprender a cortar, a coser, porque es lo que a mí me gusta. Aún en esta época de pandemia no he dejado de venir a trabajar”.

Siento que debo preguntar por sus nostalgias y por eso sale a flote el tema de Caicedonia. “Extraño a Caicedonia. Para mí es un lugar muy especial. Cuando dejo de ir me hace mucha falta. De hecho ya hace tiempo que no voy debido a esto del Covid 19, no he podido viajar, pero Caicedonia me fascina. Tengo gratos recuerdos de Bonanza, El Nevado, a propósito no conozco la nueva Samaritana, pero tengo muchas ganas de ir. Alguien alguna vez me dijo: “ustedes los de Caicedonia porque quieren tanto ese pueblo?” Yo le respondí es que tiene que ir para que se dé cuenta como es el pueblo, la gente, los paisajes, El Recreo, El Águila Roja, en fin su ambiente”.

Se contagió de la Salsa de Cali, le pregunto. Le gusta la ciudad?. Le gusta bailar? “Claro que me gusta bailar aunque no lo hago muy bien, pero en los bailes que organiza la Colonia, exhibo mis dotes de bailarín. Cali es una ciudad muy bonita, la Salsa, la gente. Es una ciudad acogedora”.

Es casi que obligado saber cómo ha sorteado esto de la pandemia. “Cuando esto empezó, pensé: bueno en ocho días no pasa nada, pero cuando alargaron el confinamiento me conseguí un permiso para mí y tres personas más y empecé a hacer tapabocas desechables. A los 4 días me di cuenta de que esto no era rentable, y me cambie a los tapabocas lavables, con anti fluidos y adornados. Los hice bordados muy bonitos. De pronto me llamaron a hacer ropa quirúrgica como dos meses, y luego los clientes empezaron a regresar y la verdad no he tenido problemas”.

De ese ayer en la fría Bogotá como mensajero a hoy, un empresario que sigue trabajando con tenacidad, ha pasado varios años. Eso no ha sido inconveniente para haber empezado su cuarta empresa hace 5 años que hoy bajo el nombre de “Ferdinad Sartorial” tiene gran reconocimiento en la Capital del Valle.

“Estoy muy agradecido con la vida y con Dios, comenta Fernando, he hecho en cinco años lo que no hice en 30. También muy agradecido con la gente que reconoce mi trabajo ya que a pesar de llegar a una empresa nueva,  por la razón social, saben que es Fernando Salazar el confeccionista, que es Fernando Salazar el que les está vistiendo con la misma calidad de siempre, eso me llena de mucha satisfacción porque la gente sabe que en mi tienen al profesional en el que siempre han confiado”.

“Estoy muy agradecido porque sé que muchas empresas han  tenido que cerrar por esto de la pandemia, yo en cambio, amplié mi propuesta, con una línea de ropa femenina en alta costura y quiero seguir hacia adelante”.

¿Qué lo pone triste?

“Mi hijo. Porque debido a la separación que tuve no quedo ninguna relación con él. Y de verdad eso me da tristeza”.

¿Qué le pone alegre?

“Los clientes, mi negocio, el futbol, aunque ya no lo puedo jugar y me tocó cambiarme al tenis que me gusta bastante.

¿Qué canción le hace pedir “caneco”?

“Egoísmo”, me decían que era el himno de la Colonia cuando estuve ahí. La canción dice:

En silencio he sufrido tantas penas
Por ser mi alma tan buena y no poderla controlar
Que pesar
Si nunca he dado motivos
No conozco el egoísmo
Y a nadie le hago mal”.

¿Que desea agregar a esta charla?

No, Manuel Tiberio. Agradecer a todos los paisanos, pues siempre tienen para mí un saludo amable. Agradecer a mi familia, a todos mis hermanos que cuando los he necesitado siempre han estado ahí y agradecerle a usted por haberme tenido en cuenta para esta charla. ”

Con sus amigos de la Colonia de Caicedonitas en Cali.-
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