Ivan Andrés Delgado

Crónica

Estudiante de octavo semestre en el programa de Licenciatura en Literatura

Universidad del Valle, sede Palmira.

Hace exactamente 33 años, en 1989 en el municipio de Belén Nariño un lugar tranquilo, que utilizaba mecanismos de defensa solo para combatir el frío, donde el único ruido que se lograba escuchar era el de la señora de las arepas, que con potente voz anunciaba que ya estaban listas, el cantar de los pájaros que con entusiasmo daban la bienvenida al amanecer, el viento que era muy frecuente en todo el día,  y la gente feliz gozando de los bellos paisajes del atardecer y de su creativo trabajo que es la marroquinería, en medio de lo que fue un día normal para toda la población, y llegando la noche cuando ya todos dormían, sucedió algo que iba a cambiar su historia pasible, en recuerdos nostálgicos en la memoria de su población.

Ahí estaba doña Rosa, que hoy a sus 70 años de edad recuerda patente los momentos más aterradores de ese suceso. A la 1 de la madrugada empecé a escuchar balas, disparos por todas partes, como en ese pueblito nunca se había escuchado eso, nosotros estábamos muy asustados. Ella dormía junto con su esposo y sus 4 hijos en una covacha, un lugar subterráneo ubicado en la sala de una casa, era oscuro, pequeño, tenía una cocina de barro y dos habitaciones, en una dormía con su esposo y en la otras su hijos dos mujeres y dos hombres, sin embargo, vivían felices a pesar de las dificultades económicas, ella consideraba su casa como su lugar acogedor. Humberto esposo de doña Rosa salió a la calle a visualizar lo que sucedía y de vuelta decía:

  • Todo el mundo está encerrándose y cerrando las puertas porque llegó la guerrilla y está sacando a la gente de las casas para llevárselas y ponerlas de escudo.

En ese momento, Humberto se dirigió a sus hijos que ya estaban dormidos, trato de hablarles de la forma más calmada posible, pero en su voz se notaba que estaba desesperado, les dijo que pase lo que pase no salieran, ni tampoco hicieran ruidos que se quedaran tranquilos en el cuarto, que él los cuidaría. Alguien llamó, decía doña Rosa, porque se empezaron a escuchar helicópteros y por eso la guerrilla estaba sacando a la gente, para que no les hicieran nada, porque en Belén era muy difícil esconderse. 

  • Nosotros teníamos un portón que daba a la calle y no era seguro, era una tranquita no más y era un portón como viejo.

Don Saulo, uno de los vecinos que se asomaba desde la terraza de su casa vio a unas personas que desde abajo le gritaban gran hijueputa qué haces allá, baja de allá, lo obligaron a irse con ellos a la plaza del municipio donde los estaban alojando y también los golpeaban con una cacha. En ese momento empezaron a golpear el portón viejo de la humilde casa de doña Rosa, mientras decían palabras ofensivas y groseras. Don Humberto preocupado le decía a su esposa que tal vez era mejor tirarse para el solar o para algún lugar, Pero ella en medio de su angustia sólo imaginaba cosas negativas.

  • En ese momento uno piensa que se va a morir, que le van hacer algo.

Los hijos de doña Rosa eran jóvenes, tenía miedo de que entraran y se llevaran a sus hijos varones, que son a quienes comúnmente secuestran para hacerlos parte de su grupo fugitivo, les enseñan a disparar y los amenazan con asesinar a sus familias si intentan escapar. Sin embargo, gracias a don Saulo que justo antes de ser utilizado como rehén, desde su balcón les gritaba que no fueran a tumbar el portón, porque ahí vivían dos abuelitos que no se podían valer por sí mismos, ahí no vive gente joven para que la saquen, decía. Doña Rosa con agradecimiento en su rostro mencionaba que fue muy guapo al enfrentarse a ellos.

Pero no importó lo que el buen señor les dijo, ellos seguían insistiendo en tumbar el portón, hasta que finalmente al no escuchar ruidos del interior de la casa, ni recibir respuesta de nadie, dejaron de hacerlo y continuaron su camino, de alguna forma don Saulo logró librar a la familia de doña Rosa de algo que pudo ser peor.

Ya en la plaza del pueblito, aquel sitio donde realizan todos los eventos culturales y entre ellos uno de los más importantes, el carnaval de negros y blancos que comienza del dos de Enero hasta el seis del mismo mes. En el transcurso de los días de esta fiesta, sale a relucir la gran imaginación e innovación de sus ciudadanos, se presentan carrozas con diferentes figuras o esculturas, haciendo representación de la naturaleza, la fauna, la flora y algún personaje mitológico. Además se hace la exposición de todo el trabajo que llevan a cabo con el cuero, fabrican sin fin de artículos como bolsos, billeteras, correas de todos los tamaños y colores. En ese mismo lugar, transitado por experiencias, risas, alegrías, creatividad, paz, llegó esa noche de zozobra y tristeza que nublaron el ambiente de la plaza. Los rehenes eran tirados al suelo boca abajo, doña rosa decía: 

  • Con esas palabras a veces que tienen o con esa boca que tiene esa gente, los insultaban.

Empezaron a tirar bombas, caían en las casas destruyendo los hogares de muchas familias, su objetivo también era la estación de policías, ellos con temor intentaron esconderse de la crueldad de los guerrilleros. Al ser un pueblo pequeño y alejado de las ciudades grandes, ubicado en medio de las montañas, los miembros de la policía eran muy pocos para combatir con ellos. 

  • Pobrecitos se escondieron en un baño y los mataron, esa vez hubo muertos.

El grupo al margen de la ley, tenía retenida a la gente para poder escapar del ejército, que según se murmuraba ya estaba en camino, ellos asustaban a la gente con su armas y utilizando discursos como “al más mínimo movimiento los matamos” las personas estaban muy desesperadas porque era un evento que jamás habían vivenciado, doña Rosa hoy en día de modo jocoso decía que hasta orinadas estaban del miedo, ella por su parte siempre tuvo la fe de que todo acabaría pronto.

Finalmente uno a uno fueron escapando, y cuando ya logró huir el último guerrillero, la gente lo empezó a notar porque ya no se escuchaban ruidos, ni la voz de ninguna  persona, así que poco a poco fueron levantando su rostro y anunciaban a los otros que ya no estaban. 

Doña Rosa, ya cuando estaba a punto de amanecer salió junto con su esposo a la calle, le dio gracias a Dios por haberlos salvado a ellos y a sus hijos de un mal rato, muchas mujeres y hombres lloraban porque sintieron que esa sería su última noche. Ella decía:

  • Es horrible, es una angustia muy fea, porque al pueblo de nosotros nunca, nunca, nos había pasado una cosa de esas, pero siempre hay una primera vez. 

Belén no volvió hacer lo mismo y los ciudadanos tampoco, tenían miedo de que alguna otra noche volvieran y esta vez con ánimos de consumar una masacre. Doña Rosa vivió 10 años más en Belén luego de ese trágico suceso, posteriormente viajó al Valle del Cauca y se instauró en el municipio de Pradera, ella cada vez que puede en el mes de Enero se dirige a su pueblo con toda su familia para celebrar las fiestas, sin embargo ahora tiene que hacerlo sin su esposo ya que la pandemia del Covid acabó con la vida de su ser amado.

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