Medellín 30.07.2022.

En estos tiempos viajar en avión es más rápido y seguro gracias a los desarrollos aeronáuticos del fuselaje y a la potencia de ese par de turbinas cada vez de mayor empuje, que hacen que la nave se desplace en el espacio como una flecha gigante. Pero este encomiable avance lo está pagando el pasajero con la pérdida de la comodidad, esta breve palabra cuyo significado hace la diferencia entre un viaje placentero de aquel horrible y eterno.

En tres anécdotas recientes trataré de justificar lo dicho en el párrafo anterior.

Vuelo Iberia Bogotá – Madrid.

El aeropuerto El Dorado concentraba en diciembre un gentío tan enorme que hacía pensar que todo el mundo se estaba yendo del país por un solo lugar como si fuera un hueco legalizado, como si todos estuviéramos acompañando a la Cabal en su cumplimento de promesa, como si acabara de ganar Petro. Qué cosa, congestión, carreras y largas colas por todas partes, pero lo peor faltaba por venir y la infausta sorpresa estaba en el avión, ya que al abordarlo vi un mar de sillas, vi tantas sillas que estimé a la brava en un 30% más con respecto al número en los modelos semejantes anteriores, era notorio el aumento. Por supuesto que esto conllevaba malos augurios con el asiento temor que comprobé inmediatamente cuando traté de sentarme. En casi diez horas de vuelo no pude encontrar la posición adecuada para mis piernas, pues la parte trasera de la silla frente a mi estaba pegada a mis rodillas y cada vez que quería cambiarlas para darle un respiro a la pierna más afectada el que pagaba los platos rotos era el culo (me volví español), que se resentía al ser aplastado en cada movimiento contra el espaldar, pero también llegaron pronto otros dolores solidarios; el cuello, la espalda, la cintura, las rodillas. Así fue todo el viaje y, cuando podía, aprovechaba el momento de desasosiego para contarle los pelos de la nuca al del frente, para mentarles la madre a estos nuevos diseñadores que mandaron la ergonomía para la mierda y solidarizarme con aquellos más altos que yo, no podía imaginar el suplicio que estaban sufriendo. Pero, como las cosas deben ser coherentes, la comida no aliviaba la situación; era maluca, pero poquita, como definíamos la alimentación de una subestación donde trabajé.

Vuelo Iberia Express Madrid – Tenerife.

Organizamos, es un decir pues yo no hice nada, el viaje a las Islas Canarias para estar toda la familia en Tenerife, esa isla encantadora que fue donde atracó Magallanes para reabastecer sus naves antes de cruzar el charco en la primera Vuelta al Mundo. Mucha ilusión con el viaje, pero rápidamente se menguó al entrar al avión y comprobar que la separación de las filas entre sillas era menor que en el otro de ingrata recordación y lo peor era que la misma silla era de menor tamaño, muy parecida a las del Metro.

Un verdadero martirio de tres horas, quizás peor al vuelo anterior, solo que a este lo salva de otro mal comentario el que no servían comida y todo lo cobraban, hasta el agua, y cuando quisimos comprar un mecato para los nietos solo aceptaban tarjetas y al pasar las nuestras ninguna fue aceptada, Tuvieron que pagar los papás. La cabina olía a nuevo, era reluciente, el más moderno que había montado, y su distinción radicaba en que no había pantallas de televisión colgadas del techo ni detrás de los espaldares de las sillas; solo en estos se encontraba pegado un código QR con el que se podía acceder a la programación. Cuando vi a la gran mayoría de los pasajeros pegados de sus celulares me impresionó comprobar la atracción subyugante que tiene la imagen sobre nosotros, aunque la presenten en forma empequeñecida, en máxima economía del entretenimiento, sin importar que tenga la misión de sostener la atención del pasajero durante tres horas. Y me sentí un tanto ofendido ante este empobrecimiento del servicio, de la desaparición de la comodidad. Otra cosa que se siente es la impotencia de estar metido de lleno en los patrones de grandes conglomerados financieros que ya manejan todo lo humano y cuyo principal preocupación es el aprovechamiento al máximo de los rendimientos económicos reduciendo lo que se considere gasto, eso es lo que siente el pasajero, que está en la columna gastos y como tal es tratado, a pesar de haber pagado caro un pasajepor el que ahora le dan menos confort. La necesidad de volar nos somete a aceptar sus reglas, las mismas que van a estar en el futuro de precariedad o, a lo mejor, ya empezó por lo cuales saludable reconocerlo aunque sea duro aceptarlo. Por ahora, me sentí como el viejo chiste “más desubicado que un caballo en un balcón. Pero ahí vamos, o eso creo. En este vuelo no tuve la oportunidad de contarle los pelos de la nuca al pasajero del frente porque este siempre tenía la cabeza agachada viendo el celular.

Al iniciar los protocolos para el aterrizaje en Santa Cruz de Tenerife empezamos a tener nubes gruesas, densas y un avión inquieto, y ya se veía a ratos partes de la costa cuando de un momento a otro el avión cambió de dirección y empezó a subir con una pendiente muy brava y a una velocidad vertiginosa acompañada del ruido aterrador que producían las juntas de estos aparatos ante esta vibración tan extrema que se incrementaba más y más en la medida en que los motores eran demandados. Llegué a creer que la nave se desbarataba, que no soportaría estos sobre esfuerzos, y pensé en los operarios constructores deseando que hubieran hecho las cosas bien y en los de mantenimiento que lo hubieran replicado haciendo correcta la tarea. Quedará en mi mente esta vibración que me estrujó, que me zarandeó de forma tan insistente por algunos segundos, u horas ya no me acuerdo, junto con el bramar de esos magníficos motores. Después de algunos minutos, cuando le debió pasar el susto, el capitán nos informó que el aterrizaje había sido abortado por causas meteorológicas y que lo haríamos en Granadilla de Abona en la parte sur de la isla y así fue como pudimos apreciar desde el aire la belleza de sus playas, sus campos y senderos interminables de palmas gigantescas. Luego de una larga espera en recibir las maletas en un aeropuerto que, aunque está equipado para atender vuelos de diferentes partes de Europa, no estaba preparado para recibir a esa hora tanta cantidad de gente y menos gestionar su desplazamiento al aeropuerto del Norte. Pero ya estaba el mar y se hacía sentir en el ambiente. En un par de horas todo estuvo arreglado y un bus, con asientos mejores que los de los nuevos aviones nos llevó a través de un paisaje cambiante de playas, cultivos y pequeños pueblos con sus arquitecturas particulares a nuestro terminal de origen.

Vuelo Avianca Madrid – Medellín

Como acto de reparación este vuelo ha sido el mejor en mucho tiempo y todo se debe a varias circunstancias; una, el haber escogido las sillas contiguas a la salida de emergencia cuyo espacio permite estirar las piernas y sobre todo hacer carrizo; dos, oír, con gran sorpresa, al capitán en su acostumbrado informe de vuelo que íbamos a sobrevolar espacio aéreo de la República Democrática de Venezuela y no lo podía creer, me parecía que era muy pronto para que Petro hiciera milagros espaciales; tres, que así se hizo y nos ahorramos cuarenta minutos de vuelo. Antes el avión, por medidas imbéciles, debía bordear la costa occidental de La Guajira porque las aeronaves colombianas tenían vedado el tránsito por ese país y esto implicaba hacer una curva que lo desviaba de la ruta optima de crucero. Ya habían hechoel cambio en el programa de Avianca que permite ver cómo está el vuelo, los datos de su ruta, velocidad y la geografía por donde se pasa con sus nombres locales, pues ya podíamos pasar por Caracas sin el miedo que les tiremos una bomba.

Se podría decir que en casi todos los vuelos y aeropuertos el uso de la mascarilla quedó a discreción del pasajero, y lo mismo está pasando en El Metro y buses de Madrid.

NOTAS ANEXAS

  1. Cuando me refería a la dependencia al celular, sin más discusión, cómo es a lo que nos someten las aerolíneas al viajar, a los viejos españoles nos les va mejor en su vida cotidiana con relación a los bancos que están cerrando oficinas en los pueblos obligando a sus viejos clientes, los de toda la vida, a efectuar sus operaciones por internet. Si usted está en La Red es un buen cliente, sino no. Su política es reducir al máximo el trato personal con los clientes lo que es rechazado por estos en demandas y mítines callejeros, pero creo que la batalla está perdida.
  • Por el periódico me enteré de los acuerdos de Shakira con Hacienda española ante la amenaza de ir a la cárcel por líos de evasión fiscal. Ella aseguraba que no vivía en España y por ende no tenía que pagar alguna cosa, pero hacienda pudo comprobar que ella si pasaba en este país más días de los que fija la norma (183), y todo lo averiguaron, entre otras pistas, por las constancias de las visitas a la peluquería a la que asistía con estricta frecuencia. Como en las películas, en los pequeños detalles está el diablo.
  • Las mejoras en inmigración en el José María Córdoba son evidentes y permiten una entrada rápida al país.
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