Revista Digital Arrierías 72

En su recorrido hacia el trabajo, el aprendiz pasaba por el Mirador de la Secreta, desde donde se divisa el cañón por donde corre silencioso y entre guaduales, el río Quindío que, después de cruzar bajo el puente don Nicolás deja atrás los caminos y trochas trazados entre los cafetales que comunican las casas campesinas que bordean su cauce, continúa su marcha hasta perderse en un recodo lejano. El panorama da la impresión del inmenso pesebre que ayer y hoy disfrutan desde el mirador los transeúntes locales o turistas. Un poco más allá y vuelta la vista al oriente aparece Armenia enmarcada en su cielo de nubes gigantescas, que filtradas por torrentes de luz, ilumina la gama verde de las faldas de la cordillera central. Esta visión de la naturaleza reconforta la mente.  

Años antes los aficionados al fútbol que visitaban el estadio Centenario, en su camino de regreso hacia el centro el centro de Armenia, recorrieron y se expusieron a satisfacer las “súplicas amenazantes” de los habitantes de la calle,  que salidos de repente de los socavones cavados bajo las placas de cemento del antiguo mirador, porfiaban por una limosna.

En las tardes, cuando el sol inicia su recorrido de vejez y agonía diarias para morir en el horizonte, un sinnúmero de garzas lentas, majestuosas trazan su ruta sobre guaduales y cafetales, los campesinos regresan a los ranchos labriegos y el humo de los fogones de las cinco de la tarde escapa por las chimeneas, su vuelo blanco alegra los aires con su despedida silenciosa hacia el árbol garcero, mientras abajo en el cañón, hay susurro de guaduales.

Este regalo de la naturaleza brinda a quienes pasan a diario o se detienen a observar, asomados a las barandas del futuro malecón, el cañón que una vez prometieron sembrar de guayacanes amarillos y mil proyectos de construcción que naufragaron en piscinas de engaños partidistas.

La costumbre de madrugar para emprender el camino grabó en la mente del aprendiz estos retazos del paisaje quindiano. Una noche pensó que aunque existen infinidad de canciones dedicadas al Quindío, valdría la pena intentar un texto al campesino, su choza y su plantío. Tuvo la idea de que bastaba colocar en aquel escenario natural, la voz anónima que canta sus “posesiones” y emociones.

Al otro día, en la cafetería decidió que intentaría un resumen escrito. En el escritorio, después de encender y poner a punto el computador, comenzó a transcribir lo observado en el respaldo de la nota débito que tomó de la canasta de basura. La tarea: un texto resumido sobre el paisaje.

A la mañana siguiente lo entregó al maestro Luis Moreno, quien después de leer, releer, mirar y revisar con curiosidad el extraño formato bancario y el color azul del papel en que estaba escrito, preguntó:

“¿Qué sitio le sirvió de muestra para escribirlo, y por qué en este papel?”.

Una vez el aprendiz respondió, el maestro Moreno dijo: 

“Páselo en limpio para leerlo mejor, y vaya este fin de semana a mi casa. Lleve la grabadora. Pienso que ya lo tengo…, saldrá un bambuquito bonito”.

Terminada la grabación el maestro invitó al aprendiz a una caminata por su barrio. A medida que avanzaban el maestro repetía partes del nuevo bambuco. De pronto se detuvo y al colocarle, como otras veces, la mano en el hombro, el aprendiz supo que otra vez llegaba el momento en que don Luis Moreno añadiría a la conversación baladí, un toque de su experiencia:

“No olvide que cuando se escriben cosas por el gusto de aprender y luchar por verlas terminadas, sin afanes ni pretensiones de nada, disfrutará más todo lo que haga. No escriba por encargo para nadie, hágalo cuando quiera y pueda. Así de sencillo es…”.

El aprendiz entendió que el maestro agregaba nuevas reflexiones personales, y como parte preparatoria e integrante de su enseñanza sobre aspectos desconocidos de la vida musical que lo esperaba.

Grabado en la voz del maestro, Paisaje quindiano esperó veintiocho años en un cajón del escritorio, hasta día enque Mauricio Arroyave hizo los arreglos para la versión de Harvy Murillo.

PAISAJE QUINDIANO

Bambuco 300992

Autor: Luis Carlos Vélez Barrios

Compositor: Luis Ángel Moreno Cardona

Arreglos: Mauricio Arroyave Duque

Intérprete: Harvy Murillo

En el paisaje quindiano

A la sombra de guaduales

Donde brisas matinales

Traen olor a cafetales

Tengo un ranchito quindiano

Con su huerta y su plantío

…mirándose en los remansos

Cristalinos de mi río… bis

En ése rancho que amo

Tengo mi negra y mis críos

Un cuadrito que conservo

Con la foto de los míos

Y una virgen que protege

Con su manto mis sembrados

…son el tesoro que escondo

En mi ranchito quindiano… bis

El vuelo lento y cansado

De mil garzas errabundas

Alegra el cielo quindiano

Con sus alas vagabundas

De verde se van pintando

Montañas y cafetales

…y acentos tienen los aires

De cantarinos guaduales… bis

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