Arrierías 71

DESLIZA la mano por el rostro y se asombra de los años reflejados en su piel, la máquina de afeitar lucha con su barba de varios días, su filo falla y él se lamenta. Opta por dejársela, es la manera de acicalar su máscara. Cada lamento lo lleva al silencio. Algo trama en la posibilidad de esa mudez con afán de conjuro por tardes entretenidas por el sonido de los pájaros, el latido de los perros y el ulular del viento murmurando consigo el estridular de las chicharras pregonando el verano.

Se permite disfrutar de todo, sin prisa alguna, entonces se propone ahondarse en el mutismo para su propio encantamiento. Estando, casi siempre solo, se empeña en la lectura volviendo por pasados textos, aunque ha tratado de liberarse de los libros, indispensables y valorados, sin pesar alguno. Ha querido zafarse de las ataduras del discurrir urbano por el tráfago vehicular contaminando, por no quedarse encandilado por la luz de los semáforos y por el miedo a caer bajo cualquier bala perdida. Considerando la existencia no como problema a resolver, sino como realidad en acción sublimada y experimentada en la cotidianidad de lucha tenaz por sobrevivir.

Sabe de la importancia de actuar despacio por donde circula. Le apunta a dilucidar la secuencia de los pensamientos, consciente de no estar dispuesto al desgaste de esa acumulación de años limitándolo, con injerencia en los sentimientos disponiéndose para el viaje definitivo e indispensable después de los nefastos, pero irremediables tropezones, sucedidos en el desleír de su paciente existencia como logro de pasión vencida.

Asume como suyo el pensamiento del escritor Herman Hesse cuando dice:  «No soy alguien que sabe. He sido siempre un buscador y lo soy aún; pero no busco ya en las estrellas ni en los libros, comienzo a escuchar las enseñanzas en mi sangre murmurando. Mi historia no es agradable, no es suave ni armoniosa como las historias inventadas; sabe a insensatez a locura, y a ensueño. Como la vida de todos los que no quieren mentirse más a sí mismos»

Preguntas, sin respuestas se hace permanentemente; su envejecimiento nota al saberse más compasivo por lo sentido antes como pasión. Estos interrogantes mantienen viva su disposición a partir a la sombra después a la ausencia y por último al olvido.

Solo un adiós espera, ojalá, sin elegía alguna.

TESTAMENTO

Hijo

te lego mis ojos

pájaros ciegos

que seguirán mirando

por los tuyos.

Mi yo

hecho de palabras

testigos de mi arrogancia

-versos efímeros-

gestos que buscan

sepultarme en ti

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OFICIO

¿A qué te agarraste

para subsistir

sin tanta algarabía?

Acaso no significa nada

la rutina que te brinda

el oficio de ocho horas

matriculadas al hastío?

¿Será que un día

decides dejar el trabajo

para partir definitivamente

sin adioses y aspavientos?

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