Arrierías 115
Alba Muñoz Carbonell
–
La fotografía
Antes de hacer la foto quitamos los vasos sucios.
Apartamos la chaqueta que estaba encima de la silla.
Movimos un poco la lámpara.
—Ponte aquí, que se ve más bonito.
Sonreímos.
Click.
Qué bien salimos.
Nadie podría saber que diez minutos antes
habíamos discutido.
Que alguien había llorado en el baño.
Que uno de nosotros quería irse a casa.
Que llevábamos semanas sin saber hablarnos.
Click.
Otra.
Ahora mirando hacia otro lado.
Ahora riéndonos.
—Esta sí.
La subimos.
Corazones, comentarios.
«Qué familia más bonita.»
«Qué suerte tenéis.»
«Se os ve felices.»
Y supongo que sí,
éramos felices.
A ratos.
Ese es el problema de las fotografías:
no mienten, pero tampoco cuentan toda la verdad.
Guardan un segundo y dejan fuera los otros ochenta y seis mil que tuvo aquel día.
Por eso ya no quiero comparar mi vida
con ninguna foto.
Yo también tengo imágenes en las que parezco feliz en días en los que apenas
sabía sostenerme.
Una foto puede guardar una sonrisa.
Pero nunca sabrá decirte cuánto pesaba
la persona que sonreía.
–
Desamor
También vale marcharse sin hacer ruido, sin buscar culpables, sin convertir en tristeza todo aquello que un día nos hizo felices.
También se vale querer mucho a alguien y comprender que ya no sabemos querernos bien.
Agradecer las tardes, las risas, las veces que la vida parecía un lugar más bonito porque estábamos juntos.
Y dejarlo ahí.
Sin ensuciar los recuerdos con todo lo que vino después.
También se vale no tener una última conversación, no encontrar las palabras exactas, quedarse con preguntas que quizá nunca tengan respuesta.
Y volver cada uno a sus cosas.
A desayunar sin esperar un mensaje, a descubrir canciones que el otro no conocerá, a tener días buenos sin sentir la necesidad de contárselos.
También se vale echar de menos y no regresar, seguir queriendo y no insistir.
Desear que al otro le vaya bonito, aunque ya no podamos verlo.
Porque a veces dos personas no dejan de quererse de golpe, simplemente llega un día en que seguir juntas empieza a doler más que despedirse.
Y también hay amor en saber cuándo abrir la mano.
–
La Tirita.
Siempre llevaba tiritas en el bolso, por si alguien estrenaba zapatos, por si un niño se raspaba las rodillas, por si había que tapar alguna herida pequeña.
Con el tiempo me acostumbré a hacer lo mismo con las personas.
Tenía palabras para quien estaba triste, paciencia para quien me hacía daño y segundas oportunidades para quien nunca sabía quedarse.
Siempre encontraba una manera de tapar lo que sangraba.
Hasta que un día me tocó a mí.
Y qué curioso, tenía el bolso lleno de tiritas, pero ninguna parecía servirme.
Probé con la paciencia, con las disculpas, con el tiempo.
Cada vez que la herida empezaba a cerrarse, las mismas manos volvían a abrirla.
Y yo ponía otra tirita.
Otra más.
Hasta que entendí que algunas heridas no necesitan que las sigamos curando.
Necesitan que ciertas manos dejen de tocarlas.
–
POR SI ALGÚN DÍA
Pensé que esperar era una forma de querer.
Que, si me quedaba el tiempo suficiente,
algún día encontrarías el camino hasta mí.
Dejé pasar otras manos
porque las mías ya estaban ocupadas
sosteniendo un «quizá».
Y lo llamé paciencia.
Por si algún día querías,
guardé los besos de abril,
cerré la puerta a otros labios
por no dejar de esperarte a ti.
Y pasó mayo,
y pasó septiembre,
y yo seguía poniendo la mesa
para alguien que nunca tenía hambre.
Me hice amiga de los relojes,
aprendí a querer los domingos,
a encontrar excusas bonitas
para justificar tu olvido.
Decías «pronto»,
decías «algún día»,
y yo le cambiaba las sábanas
a una cama donde nunca dormías.
Hasta que una tarde
me miré las manos vacías
y comprendí que llevaba años
sujetando una despedida.
Qué pena, amor,
haber confundido tanto tiempo
tu manera de no llegar
con mi manera de ser paciente.
Y qué pena
haber dejado tantas flores sin agua
por esperar a alguien
que ni siquiera sabía
que yo tenía un jardín.
–
Alba Muñoz

Nacida en Barcelona el 25 de enero de 1989, es psicóloga y escritora. Su pasión por la palabra la ha llevado a compaginar su profesión con la creación literaria, encontrando en la poesía una forma de explorar las emociones y transformar la experiencia en belleza. En redes sociales comparte sus versos, recitados con una comunidad cada vez más amplia, convirtiéndose en un referente de sensibilidad y voz íntima.

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