COLOQUIO DE LOS LIBROS

Reconocida escritora antioqueña con extensa obra literaria: novelas, cuentos y ensayos que han recibido reconocimientos y premios nacionales e internacionales.

Escribe para varias revistas literarias y medios de información. Su última novela SALM@, de la cual publicamos en esta edición dos apartes, es una de las obras más leídas y visitadas en AMAZON. Allí toca momentos de la vida familiar y/o personal de los protagonistas que transitan por su obra.

María Teresa pertenece al grupo Coloquio de los Libros, organización o grupo cultural del cual hicimos referencia en edición 60 de nuestra revista.  Es una de sus grandes animadoras y participantes.

  1. La carta

Hola Papá:

 Te parecerá extraño que te escriba esta carta, pero decidí hacerlo porque hablar contigo es casi imposible. Entre tú y yo siempre ha existido un muro muy alto y no sé cómo traspasarlo. A veces tengo temor de hablarte, cuando estoy frente a ti mis palabras se quedan como congeladas y no puedo pensar bien porque me inspiras un miedo que no soy capaz de describir. 

Me hubiera gustado tener un padre como el que tienen casi todos mis amigos, un padre que hubiera estado presente el día que aprendí a montar en bici, cuando me caí de los patines o cuando le puse mi primer diente al Ratón Pérez. 

Alguna vez creí que podíamos tener una buena relación, pero creo que me equivoqué. Siempre has sido un padre lejano, pues solo me recoges dos veces al mes para ir a casa de los abuelos a comer y después me dejas solo en la biblioteca viendo la tele, mientras tú hablas por teléfono todo el tiempo. 

Es duro decirte esto, pero siempre has sido un ser ausente en mi vida. Y no es que de repente te hayas ausentado, sino que nunca has existido como un verdadero padre. Tal vez este vacío que tengo ahora es algo acumulado porque siempre esperé que me hicieras una llamada al menos una vez por semana para preguntarme cómo iba en el cole, para llevarme al cine o para ir juntos a elevar una cometa. Pero eso nunca sucedió. 

 También soy consciente de que ahora tu relación con mamá es casi nula y solo hablas con ella por cosas de dinero. Muchas veces los he escuchado discutir, echarse la culpa el uno al otro, y me doy cuenta de que el motivo soy yo, porque siempre estoy ahí, en medio, como “el problema”.

¿Pero, alguno de los dos se ha interesado por saber realmente cómo me siento?   

Ha pasado mucho tiempo. Tal vez para ti sea poco, pero para mí es toda la vida. Ahora tengo 16 años y tengo que darte las gracias por esos dos fines de semana que “sacrificas” al mes para estar conmigo. También tengo que darte las gracias porque no ha faltado el dinero para pagar mi educación, la ropa que necesito y el seguro médico. Y también gracias a ti siento un gran vacío por dentro y un dolor que me ha hecho llorar muchas veces. 

Llevo días pensando en cómo decirte esto, pero eres mi padre y me gustaría, aunque solo fuera por esta vez, que pudieras mirar dentro de mi corazón. 

Bien, aquí voy: desde que era pequeño siento que mi cuerpo no es como debería ser y me siento perdido porque este cuerpo de hombre no va con mi forma de pensar ni tiene nada que ver con mis sentimientos. Siempre le dije a mamá que no quería estar en un colegio de niños, pero nunca me prestó atención y eso me ha traído muchos problemas. Mis compañeros se burlaban de mí porque era diferente y los profesores llamaban con frecuencia a mamá para contarle sobre los problemas que se formaban en los recreos. No sé qué va a pasar conmigo, te juro que me he esforzado mucho por intentar solucionar todo esto, pero no he podido y ahora lo tengo claro: Soy una mujer. 

Papá, esta es la primera vez que te pido ayuda. Estoy desesperado porque me siento diferente, y si ustedes que son mis padres no me ayudan, no sé qué voy a hacer con mi vida. Incluso a veces he pensado en… No, no lo voy a escribir. 

Por favor, habla con mamá. He tratado de explicárselo varias veces, pero ella no quiere entender y siempre que tocamos el tema acabamos discutiendo.

 El último domingo, cuando fuiste a recogerme para ir donde los abuelos, iba a contártelo, pero no pude. Estabas muy concentrado en tu teléfono y levantaste la mano en señal de espera para que te hablara después. Pero no hubo un después. Por eso no quise comer y por eso estuve callado toda la tarde. Los abuelos lo notaron y se dieron cuenta de que sucedía algo porque me quedé encerrado en la biblioteca llorando. En cambio, tú solo preguntaste: ¿no irás a perder el curso? ¡Con lo caro que es ese colegio! 

También me dijiste que yo era un desagradecido, que me pasaba la vida esperando tu dinero y que la vida era de retos y esfuerzos. Pero, ¿qué sabes tú de mis retos y esfuerzos, si nunca me has preguntado cómo estoy, ni cómo me siento ni qué hago en mi tiempo libre? 

Esa tarde comprobé que no te interesaba nada de lo mío. Tú estabas alterado y yo estaba allí solo, con mi tristeza y mi llanto, pero el ruido de la película y la oscuridad de la biblioteca me sirvieron para ocultarlo. Lloré tanto, que ya estaba seco cuando entraste para anunciarme que era hora de llevarme otra vez a casa. 

Te confieso que cuando íbamos de regreso, todavía temblaba de rabia y por eso no quise hablar nada durante el trayecto. Hace algún tiempo vengo pensando cómo contártelo, pero sentía miedo de tu reacción, así que esa misma noche decidí escribirte esta carta, porque he tomado la decisión de convertirme en mujer. 

Tu hijo, no, mejor, tu hija,

Salma

Nota: Este es el nombre que escogí para mi nueva vida y te pido el favor de que en adelante me llames así.

2.

León recibió la carta. La leyó una vez, luego dos veces más, y su carácter áspero e insensible salió del escondite. A pesar de que era un profesional con una cultura aceptable, en lo demás era un hombre primario y de reacciones inesperadas.

Mientras leía, su indignación y su rabia aumentaban, y cuando se cansó de leer maldijo y gritó como un loco:

—        ¡Maldita seaaaaa! ¡Mierdaaaaa! ¡Lo que me faltaba! ¿Por qué me sucede esto a mí?

Los gritos traspasaban los muros de los vecinos, pero no le importó. Al cabo de maldecir por un rato, amasó las cuatro páginas de la confesión de su hijo hasta convertirlas en una bola, la tiró contra la pared y continuó vociferando para sí mismo:

—        ¡No puedo creerlo! ¡Mi hijo, mi propio hijo, un hombre de la cabeza a los pies, ahora quiere convertirse en mujer! ¿Pero qué diablos significa todo esto? ¿Por qué me está pasando a mí? ¡Como si no tuviera problemas! ¡Estoy seguro de que todo esto es culpa de los abuelos y de Milena, porque son demasiado blandos con él!

Una ráfaga de recuerdos cabalgó por su memoria:

Recordó el día en que conoció a Milena. Fue en la universidad durante una Feria del Libro. Él estudiaba economía y ella trabajo social. Ambos pusieron las manos sobre el mismo ejemplar, la biografía de Ghandi, y cuando León levantó la mirada para saber de quién era la otra mano, se encontró con unos ojos de almíbar que agitaron su alma como una tempestad. Compró el libro y prometió prestárselo dos semanas después. Lo siguiente fue sentarse juntos en un café para responder cada uno un cuestionario improvisado sobre su vida. 

            Milena también cayó en las garras de un sentimiento que no era para ella. A pesar de que aparentaba ser una mujer fuerte, dentro de aquella figura habitaba un corazón frágil. Por el cristal de sus ojos se traslucía la inocencia y su voz delicada era como una invitación.

Los primeros encuentros se convirtieron poco a poco en una necesidad cotidiana. A veces, al terminar las clases se encontraban en alguna cafetería de la universidad y desde allí se iban caminando hasta la casa de León. Las horas eran cortas para el fuego que los quemaba. El corazón de Milena palpitaba embriagado por el impulso del amor y cuando supo que estaba embarazada pensó que debía contárselo cuanto antes a su novio para acelerar el matrimonio. Sabía que iba a ser un tropiezo en la carrera de ambos, pero estaba segura de contar con el apoyo de su padre. Sergio, su padre, tenía un negocio estable y podría ayudarles hasta que ambos terminaran la universidad. Le pediría que le diera trabajo a León en la empresa y así podrían casarse.

Fue una noche en la casa de León. Acababan de llegar, estaban en la cocina y él iba a preparar una cena ligera para los dos.

—Amor, tengo una sorpresa para ti…

—        ¿Sí? ¿De qué se trata? ¿Aprobaste el examen?

—No, no es eso… Es otra cosa… Es que… no sé cómo decírtelo.

Los ojos de ella se iluminaron y dijo con emoción:

—        ¡Vamos a tener un bebé!

León sintió una oleada de calor que le subió por el cuello y las sienes, soltó el cuchillo con el que estaba cortando una cebolla, dio la espalda a Milena poniendo una mano contra la ventana, y mirando hacia la calle, exclamó:

—        ¡Ahora sí se jodió todo!

Milena quedó muda y desconcertada con su reacción. De repente, León se dio la vuelta, la miró fijamente a los ojos y dijo en tono grave:

—Mira Milena, lo siento… A ver, cómo te lo explico… Esto es algo que no estaba en mis planes, yo pensaba que estabas cuidándote. Ahora, ¿cómo vamos a resolver esto?

—        ¿Resolver? ¿Resolver qué? Estaba segura de que ibas a estar feliz, ¿de todas maneras no íbamos a casarnos?

León se plantó junto a ella, la sujetó por los hombros y dijo muy serio:

—A ver, Milena, no quiero que te lo tomes a mal, pero yo no recuerdo haberte hablado nunca de matrimonio.

—Pero es que… yo pensé… —Milena hablaba con voz temblorosa y entrecortada— ¿Eso no es lo que hacen todas las parejas? Salen juntos, luego se casan, tienen hijos…

—Te lo voy a decir claro, Milena, — León empezó a subir el tono de su voz— la vida no es así de simple como tú crees. En este momento para mí, lo primero es mi carrera. Todo lo otro pasa a un segundo plano ¡y eso te incluye también a ti!

—Pero, ¿qué quieres decir? No entiendo…

—¡Pues que yo no estoy ahora para bebés, para pañales, ni para nada por el estilo y mucho menos para casarme! ¿Ahora lo entiendes?

Milena se dejó caer en una pequeña butaca del salón. Se cogió la cara con las manos y rompió a llorar.

Por un momento, León sintió compasión y hubo un destello de ternura en sus ojos. Se dirigió hacia ella, la levantó y la abrazó. Milena lo aceptó indefensa y sintió ese abrazo como una especie de culpa compartida, más fácil de llevar. León levantó su cara con las manos y le dijo:

—Hay una solución, si tú quieres… Es un “procedimiento” sencillo— y utilizó una inflexión extraña de la voz en la palabra “procedimiento”. —Voy a contactar con un amigo que nos puede ayudar. No te preocupes, que yo me haré cargo de todo.

Él también estaba nervioso. Nervioso con el llanto de ella y sobre todo, con prisa por resolver aquel problema que alteraba su vida.

—Serán solo un par de horas y como si nada hubiera pasado ¿De acuerdo?

Milena sintió que su corazón dejaba de latir, y el mundo, como un cráter gigantesco, empezaba a tragársela por su boca oscura. Lloraba sin consuelo. León la apartó y se quedó mirándola con ojos de piedra.

Entonces, por primera vez en varios meses, Milena lo vio todo claro. Vio su futuro junto a ese hombre al que en ese instante acababa de conocer. Y vio también al ser egoísta y sin sentimientos que tenía frente a ella y que antes no había visto cegada por el amor. Observó los rasgos de ese rostro que tanto había amado y sintió repulsión. Sintió asco de los besos que habían recorrido su piel, de los brazos que habían rodeado su cuerpo en tantas horas de pasión y de los momentos de éxtasis en que pensó que había perdido el juicio. Por primera vez, vio la calvicie prematura en su cabeza, el abdomen demasiado prominente para su edad y unos ojos negros que delataban la negrura de su alma. Entonces lo odió.

— Confía en mí, que yo voy a solucionarlo todo. — Dijo, León para rematar— Tú solo tienes que ir a un lugar y hacer lo que te indiquen allí. Yo no podré acompañarte, pero estaré al tanto de todo lo que ocurra. Pero ahora, no llores más, ¡prométemelo!

La cita quedó concertada para dos días después. Los días más largos de toda su vida.

La mañana acordada, Milena salió de su casa sin desayunar, tal y como le habían indicado. Tomó el metro en la misma dirección de la universidad, pero no se bajó en la estación de siempre, sino que continuó rumbo al norte hasta el final de la línea. Caminó varias manzanas, siguiendo las instrucciones de León y al cabo de unos minutos llegó al lugar.

Era una casa común, en un barrio común de Medellín, tenía la pintura de la fachada deteriorada y las ventanas de un color gris oscuro, el mismo que tenía su alma.

Tocó el timbre. Una mujer de mediana edad, seria y vestida con un delantal, la recibió y la hizo pasar a un salón de techos altos, muebles desteñidos y una ventana por la que entraba un hilo de luz. Las noches de insomnio pensando en la cita, le habían pasado factura. Sentía un frío raro en todo el cuerpo y apretaba sus dientes unos contra otros.

Al cabo de unos minutos, un hombre de unos cincuenta años, sin afeitar y vestido con una bata blanca y manchada, apareció en el umbral.

—        ¿Así que tú eres la nueva amiga de León? ¿Ya te habrá contado que somos colegas, ¿no? Sí, si… tenemos mucho en común, yo le ayudo a él en sus cosas y él me ayuda en las mías. Ya sabes de qué se trata esto, ¿no?

El corazón se le desprendió… “la nueva amiga de León”. Milena se mantuvo en silencio y bajó la cabeza avergonzada. En ese momento lo único que quería era morir.

Los murmullos de la casa le taladraban los oídos: instrumentos metálicos, agua corriendo por tuberías viejas y los quejidos entrecortados de una mujer que salían del fondo del pasillo.

—Puedes estar tranquila. No hay nada que temer. Yo haré mi trabajo y le informaré a León cómo salió todo. ¡En dos horas habremos terminado y aquí no ha pasado nada!  Así es la vida, unos se van y otros llegan…

No tuvo tiempo de completar la frase. Milena dio media vuelta, abrió la puerta, y como poseída por una fuerza descomunal, salió corriendo sin mirar atrás. Una cortina de lágrimas la cegaba cuando subió las escaleras del metro para volver a su casa.   

                      * * *

¿Qué dirían sus compañeros del banco cuando se enterarán de semejante noticia? Porque seguro se iban a enterar. Milena tenía varios conocidos en el banco y el boca a boca haría lo demás. ¡Maldita sea!

Se los imaginaba a todos hablando en voz baja por los pasillos…

¿A que no saben la última? ¡El hijo de León se va a convertir en mujer!

León cambió su rabia por una especie de limbo existencial, y fiel a su costumbre de ser y de actuar, no hizo nada. No llamó a su hijo para hablar sobre la carta, no habló con Milena y tampoco preguntó si podía ayudar en algo.

María Teresa  Ramírez Uribe.

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