1. MARQUESITA QUESALDE

Como cargaba ese rostro equino y algo más desde cuando nació y nada pudo hacerse, eligió la profesión de bruja. Yerbatera de las buenas. Ojeadora de las buenas para males y también para virtudes cuando sabían darle trato. En el pueblo la temían unos. Y otros la respetaban. Pero, ¿de amores? Nunca. Nada ni nadie. Desde niña su cara determinó su futuro y el del pueblo. La consultaban para sacar daños del cuerpo y dolencias de los sentimientos. Marquesita Quesalde, especializó sus brujerías en curar o matar animales: cerdos, vacas, caballos, ovejas. Una mirada, un gesto con sus desparramados labios, desplomaba una mula, volvía estéril una marrana, secaba la leche a las cabras, ponía tristes a los canarios o anudaba a las ovejas su vellón. Con esa cara, las miradas le mejoraban cada año su profesión. Un día, de la noche a la mañana, la bruja desapareció dejando todo lo de su casa. Hasta un pedazo de sombra suya dejó sobre la pared de la alcoba, bajo un cuadro grandísimo de José Gregorio Hernández. Ese mismo día, un martes, por cierto, y martes 13 para mayor misterio, también desapareció el mejor caballo del viejo Rubiroso Amaya.  Nadie le roba un caballo a Rubiroso y se queda así. Fueron dos grandes preocupaciones para los habitantes de Bumba y de la vereda Llanitos de Gualará: La desaparición de Marquesita y del caballo. Yo no lo vi, que esto les quede claro para evitar habladurías, yo no lo vi, pero varios de los trabajadores que madrugan para las fincas, aseguraron que al fino caballo del viejo Rubiroso, lo vieron a todo trote, como hechizado, detrás de una hermosa yegua blanca que les era familiar… pero que jamás habían visto en la región.        

  • LA PORDIOSERA

En el andén, antes de subirme al bus, le di la limosna que solo a mí suplicaba la insistente anciana. Varias personas esperaban sin que ninguna le prestara atención. Tampoco ella a estas. Agradecida, la sonriente viejecilla de ojos marrón, me reveló en voz baja que era un hada. Subí al vehículo. Ella subió tras de mí, acomodándose cerca del puesto donde me senté. Buscando mis ojos, porfió: “Señor, míreme bien que soy un hada”. “Un trol, tal vez”, pensé, porque estaba sucia y olía fétido. Sus ojos de castaño intenso, eran lo único limpio para la edad que debía tener: ochenta o más. Cuando me aproximé al sitio donde debía bajarme, le dije por cortesía: “Aquí me quedo, señora, que pase buen día”. Ella y su sonrisa leve, bajaron tras de mí. Aunque no experimenté la sensación de ser perseguido, la anciana caminó tras de mí, repitiendo: “Un hada, señor, se lo aseguro, soy un hada”. Me tocó el hombro con su mano llena de pecas. “No lo dudo, amiga”, le respondí, deteniéndome un momento, “pero con esta prisa que mantenemos… hombres, hadas, la muerte, tan rápido todo, que uno no se da cuenta ni de uno mismo”. Le manifesté, sin saber si me comprendía. Al llegar a mi casa, la anciana ya no me seguía. Por algún lugar de la calle, sin que me diera cuenta, debió entrar a cualquier sitio. Eso creo. Aunque mi hija no cesa de preguntarme: “Papá, ¿por qué la niña que venía a tu lado salió volando cuando abrí la puerta?”.

  • 3.       FARAÓN

Se devolvió para observar al perrito blanco ovillado en un recodo del andén. Podía estar muerto. O dormido. Sonrió al descubrir que era una pequeña bolsa con basura, estrujada contra la pared, redonda igual que un perrito gordo. La miró afectuoso porque en sus ojos y su imaginación continuaba la imagen del animal, agitando tímido la cola en algún lugar de su memoria. Si hubiera sido un perro, lo habría invitado a irse con él. Tantos años solo. Tantos perros callejeros con los cuales nunca intimó. Le habló en voz baja, para no alarmar a quienes pasaban por su lado. Le confesó retazos de su vida, mezclando algunos chistes que aprendió cuando niño y que, justo ahora, recordaba. Mirando la bolsa con ternura poco habitual en él, le susurró palabras que ignoraba de dónde venían. Y sintió más lástima por ella que por sí mismo. “La habría llamado Faraón si hubiera sido un perrito”, pensó. Se reclinó, le dio varias blandas palmaditas y se despidió de ella: “Adiós, Faraón”. Sin darse cuenta, la bolsa lo siguió durante varias cuadras sin acercársele, perdiéndolo de vista cuando el hombre cruzó la avenida. “Faraón… lindo nombre”, se dijo.

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