VAMOS CAYENDO

Vamos cayendo sobre tablas labradas en el aserradero de los días, vencidos por la peste.

El maestro, dibujando la desigualdad cae en la hondonada de la patria lacerada y dividida por el odio. 

El albañil, desde el andamio de sus inestables ingresos, se derrumba.

El estudiante, fenece vencido por el sistema virtual y el rechazo a la protesta. 

Los padres, sucumben por esa extraña intromisión de la pandemia dejando los hijos en el desamparo. 

El jubilado, con los días asumidos como si fueran sábados, ido al piélago de su ensombrecida travesía.

El pintor, de iluminadas imágenes, de la vida escapa para reseñar sus trazos en los lienzos en el más allá.

El limosnero, con sus escasas monedas, se acurruca detrás de su rota existencia, para partir cercado por la abulia.

EL motociclista, tragándose la velocidad, por el afán, se estrella con la parca. 

El sacerdote y el pastor, se van, tras bíblicas enseñanzas, esperando la bienaventuranza pregonada en sus mensajes. 

El tendero, tras el mostrador arrebatado por la plaga contaminado por sus clientes quienes acuden a él para proveerse.

El chofer del bus, dejando en cada paradero, cuota humana, en la ruta de la muerte, aumentada por el apiñamiento.

El Abogado, en la búsqueda de lo justo, procurando decisiones judiciales, mientras la justicia persiste permeada por la apatía y el incumplimiento.

El político, desde su contienda, en pos de mejor vida, cae derrotado por la corrupción.

El poeta, asumido en el poema, se echa el olvido encima, mientras sus palabras, rebotan en la indiferencia. 

El vendedor ambulante, de frutas y verduras, a merced del contagio yace, por unos pocos pesos 

Caer, en fin, desgajados del racimo del tiempo, muriendo 

ahogados por el covid-19. A esa posibilidad sometidos, con la vacuna o sin ella. Por eso dijo Jorge Guillén: “estamos en la paz que da a la guerra asilo”. Y un poeta, presumo leguleyo, aseguró: “Que somos arrendatarios de la muerte”. 

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