Edición 111

POZO DE KAWATANA

By 7 de julio de 2026No Comments

Arrierías 111

Umberto Senegal

Finales de otoño. Santoka camina solo. El viento baja desde las colinas cubiertas de cedros, barriendo angostos caminos de tierra de la pequeña aldea de Kawatana, en la prefectura de Yamaguchi. Sobre techos de paja, giran lentas las amarillas hojas de los ginkgos. El cielo es una gran tela gris suspendida sobre el mundo. Santōka camina solo, como siempre lo hace. Con su viejo y particular sombrero de bambú, inclinado sobre los ojos. En su escudilla quedan tres monedas porque regaló la mayor parte de ellas a otro monje que encontró en su camino y el cual, tan pronto lo reconoció, con amigable sonrisa le dijo en voz baja uno de sus poemas:

No hay remedio.
El viento sopla
contra mis incoherencias.

Taneda se alojó la noche anterior en un pequeño templo. Desde el amanecer seguía el sendero bordeando los arrozales cosechados. A media mañana, escuchó un sonido extraño. No era el canto de los pájaros. Ni el golpeteo de campesinos trabajando. Era un llanto. Se detuvo y confirmó que el triste sonido salía de una casa humilde situada al final del camino lateral. Como boca olvidada por el tiempo, el pozo aparecía al borde de la aldea. No tenía brocal de piedra tallada ni ornamentos religiosos, apenas un círculo de viejos bloques de granito cubiertos de líquenes verdes, donde las lluvias de numerosos inviernos dibujaron vetas oscuras semejantes a lágrimas minerales. Un armazón de madera de cedro torcido por las estaciones, sostenía una polea cuyo chirrido era conocido por todos los habitantes de Kawatana. Durante generaciones había entregado agua limpia a las familias y reflejaba el rostro de los niños. Guardaba, para quienes quisieran asomarse a verlas en el fondo, las estrellas de noches despejadas. Sin embargo, aquella mañana el benéfico pozo olvidó que su destino era ofrecer vida, convirtiéndose en oscuro receptáculo de dolor y silencio.

Un anciano le recibió. Al ver la túnica del monje hizo una reverencia.

—Pase, por favor. Hoy necesitamos todas las plegarias posibles.
A su alrededor lloraban una madre envejecida, dos niños pequeños y varios vecinos.
—Ella se arrojó al pozo esta madrugada.
Las palabras atravesaron a Santōka como una lanza.
—¿Al…pozo?
—Sí, de donde todas las mañanas traía el agua.
El hombre señaló hacia el patio.
—Allí, el viejo pozo detrás de la casa.

Santōka permaneció inmóvil. El pozo lo atraía y rechazaba al mismo tiempo. Miró hacia el fondo. La luz descendía unos metros antes de deshacerse entre la negrura espesa donde el agua reposaba inmóvil. No era un vacío. Era una profundidad respirando lenta desde la cual subía un olor húmedo a tierra antigua, a raíces y piedra empapada y hojas descompuestas. El aliento mismo del subsuelo. El viento movía las ramas de los bambúes cuyas cañas al rozarse producían un murmullo semejante al de incontables personas rezando lejos. Más allá del sendero, un arrozal comenzaba a dorarse bajo el sol de finales del otoño. Las espigas inclinaban sus cabezas con la gravedad de quienes asistían también al funeral. Un martín pescador cruzó fugaz sobre el pozo. Su destello azul desapareció enseguida, como si los colores evitaran permanecer sobre aquella oscuridad.

Los aldeanos guardaban respetuoso silencio. Solo se escuchaba el lento girar de la polea mientras dos hombres descendían una gruesa cuerda de cáñamo. Las fibras tensas crujían con un sonido seco semejante al de un árbol resistiéndose a caer. Nadie daba órdenes. Bastaban las miradas. Todos conocían la delicadeza con que debía tratarse a quien había decidido abandonar el mundo. Pasaron largos minutos. El pozo parecía negarse a devolver lo que había recibido. Entonces la cuerda se estremeció. Lento comenzó el ascenso. Primero, apareció el cubo de madera que había servido para sujetar otra cuerda. Luego, como algas nocturnas, surgieron unas largas hebras de cabello negro adheridas al agua. Después emergió el cuerpo entero. La mujer parecía dormida bajo una transparencia líquida. Su kimono gris, empapado, se pegaba al cuerpo con la delicadeza de una segunda piel. El agua caía de las mangas y del dobladillo formando un incesante rosario de gotas que golpeaban la piedra con sonido cristalino. Sus manos permanecían juntas sobre el pecho, como si el agua misma hubiese compuesto aquel último gesto de serenidad. Su rostro conservaba una belleza que conmovía por su inmovilidad. Los párpados cerrados protegían un sueño sin retorno. Las pestañas sostenían diminutas gotas brillando como rocío sobre hojas de loto. Un mechón de cabello cruzaba su mejilla pálida. Los labios entreabiertos conservaban una expresión tan apacible que, por un instante, Santōka experimentó la absurda sensación de creer que respiraría. Pero era el silencio el que respiraba por ella.

Los hombres depositaron el cuerpo sobre una estera de paja recién extendida. Una anciana se acercó con extraordinaria delicadeza y sin decir palabras acomodó el cabello húmedo detrás de las orejas de la joven y limpió con la manga de su propio kimono unas gotas de barro que permanecían sobre la frente. Lo hizo con la ternura con que una madre prepara a su hija para dormir. Alrededor, las cigarras continuaron cantando con insoportable intensidad. A Santōka le pareció cruel que el mundo no suspendiera su música. Las golondrinas seguían cortando el aire y las nubes desplazándose lentas hacia las montañas. Varias libélulas rojas recorrían la superficie del arrozal. Todo permanecía fiel a la vida mientras aquel cuerpo ya pertenecía al reino donde ni siquiera el viento pronuncia los nombres.

En ese instante, el recuerdo de su niñez regresó a Santoka con la violencia de una herida nunca cerrada. Ya no veía a la mujer de Kawatana. Ahora veía a su madre. Y veía otra agua. Y escuchaba otros silencios. Era otro el femenino cuerpo arrancado a la oscuridad. Sintió que el viejo pozo no estaba delante de él sino dentro de sí mismo. No fue la rana de Basho la que saltó al pozo donde nació entonces ese impenetrable haikú insinuándolo todo. “Más que un haiku, el koan más hermoso y musical. Tuvo suerte Basho de que hubiera sido el murmullo de la pequeña rana y no el sonido del cuerpo de su madre hundiéndose en el pozo”, pensó Santoka comprendiendo que existen profundidades que ningún cubo alcanza jamás. Pozos interiores donde los hijos continúan buscando durante toda su vida el rostro de aquellos seres amados a quienes perdieron demasiado pronto. Inclinó la cabeza. Nadie advirtió que el monje de sombrero de paja lloraba. Sus lágrimas descendieron lentas por las mejillas, mezclándose con el sudor del camino. Al caer sobre la tierra polvorienta, desaparecieron sin dejar rastro. Igual que tantas tristezas humanas absorbidas por los caminos del Japón.

El conmovido caminante sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Durante unos segundos dejó de escuchar las voces. Y volvió a ser un niño. Y volvió a vivir esa mañana remota. Y entonces su madre y el agua inmóvil y los gritos. Los hombres extrajeron el cuerpo. El silencio que nunca terminó. Se levantó y salió al patio. Allí estaba el pozo. Viejo. Cubierto de musgo. Rodeado por piedras húmedas. Se acercó lento. El viento agitó las ramas de un ciruelo. Durante largo rato permaneció inmóvil mirando la oscuridad del agua. No sabía si contemplaba aquel pozo o el de su infancia. El niño en el pasado y el hombre en el presente, cualquiera de los dos tenía miedo de observar el pozo. Las dos mujeres, dos ausencias y una sola herida. Sacó entonces el cuaderno donde con frecuencia anotaba frases, versos, algunas palabras, líneas de haikus que no se amoldaban a las reglas del mismo y comenzó a escribir. No para comprender. Tampoco para olvidar. Solo para acompañar a los muertos. Escribió cincuenta haikus que nadie leyó en ese momento y los dejó junto a una vela, en la habitación, antes de reanudar su camino. Décadas después, según cuentan los ancianos de la región, alguien encontró aquellas páginas amarillentas entre los objetos guardados de la familia de la joven suicida.

Estos 50 haikus por primera vez se dan a conocer en español. Algunos los consideran apócrifos. Tal vez. Pero en cada uno de ellos hay resonancias existenciales de la tristeza de Santoka. Recuerdos del niño cuya madre se suicidó arrojándose a un pozo y que llegaron, sin pretender buscarlos, producto de la mujer que sacaron muerta del pozo de Kawatana. Santoka averiguó cómo ocurrió tal suceso y le dijeron que ella tomó tal determinación. Nadie sabía nada. Desde algunos meses atrás hablaba sola durante la noche y señalaba en el aire, a cualquier hora del día, luciérnagas inexistentes que se encendían y apagaban anunciándole algo. Este hecho lo indujo a escribir el medio centenar de haikus. Ahora, es el niño convertido en hombre quien expresa con heterodoxos haikus cuanto de niño no pudo hacer porque el llanto se lo impedía. No había tiempo para la poesía, allí con el estupefacto niño observando sacar el cuerpo de su madre, del lugar donde decidió suicidarse.

En estos haikus recuperados el estilo heterodoxo de Taneda va más allá de cualquier fórmula poética sin importar las sílabas ni la forma. Solo su total desnudez y la momentánea presencia de la circunstancia, de aquello que hacía parte de alguno de sus sentidos: tacto, mirada, perfume, sonido. Sobre todo, la vida, no fluyendo por canales que pudiera esperar quien la vive y asiste a su esplendor en el momento, sino presente con cada respiración y cada latido del corazón.

CINCUENTA HAIKUS DEL POZO DE KAWATANA

1. La misma agua,
mi madre y esta mujer no se conocen.

2. Miro el pozo.
El otoño también ha caído dentro.

3. Una cuerda vacía.
Nadie puede subir a los que se fueron.

4. El viento pasa.
Las lágrimas no encuentran dónde quedarse.

5.Agua oscura.
Mi infancia sigue allí esperándome.

6. Los niños lloran.
Las montañas continúan verdes.

7. Un cuervo.
Nada sabe de nuestras pérdidas.

8. La aldea calla.
Solo el pozo recuerda.

9. La lluvia fina.
Dos mujeres ausentes en la misma agua.

10. Sobre el brocal,
una hoja amarilla también cae.

11. Camino mucho.
No logro alejarme de aquel pozo.

12. Nubes bajas.
La tristeza cambia de rostro.

13. Agua inmóvil.
Todo el cielo ha descendido.

14. Una campana.
Mi madre responde desde ninguna parte.

15. Frío de otoño.
La muerte conoce estos senderos.

16. Los aldeanos rezan.
El viento también.

17. Un perro duerme.
Ignora la profundidad del agua.

18. El humo del incienso.
Sube más fácilmente que nosotros.

19. Atardece.
Las sombras regresan al pozo.

20. Mi sombrero mojado.
El mundo entero llueve.

21. Nadie vuelve.
Los grillos continúan.

22. Agua negra.
El rostro de mi madre sin edad.

23. La luna sale.
También ella mira el pozo.

24. Bebo sake.
El recuerdo bebe conmigo.

25. Un niño pregunta.
Nadie encuentra las palabras.

26. La montaña.
Tan inmensa. Tan inútil.

27. Viejo pozo.
Cuántas historias guardas.

28. Cruje el bambú.
Algo se rompe otra vez.

29. Dos mujeres.
Una sola noche en mi corazón.

30. La escarcha llega.
Los muertos no tienen frío.

31. Un gorrión.
Toda la mañana cantando.

32. La cuerda húmeda.
Todavía espera.

33. Bajo las estrellas,
el pozo parece más profundo.

34. Las velas tiemblan.
Nosotros también.

35. Nadie responde.
El agua tampoco.

36. Sobre la piedra,
musgo y memoria.

37. Camino solo.
Pero no tan solo.

38. El incienso termina.
La ausencia no.

39. Montañas lejanas.
La pena no tiene distancia.

40. Agua quieta.
Mi corazón no.

41. La noche avanza.
El pozo permanece.

42. Un búho.
La oscuridad escucha.

43. Mujer desconocida.
Madre conocida. La misma lluvia.

44. El sendero sigue.
La vida insiste.

45. Cae una hoja.
Otro nombre desaparece.

46. El viento norte.
Qué difícil despedirse.

47. Pozo antiguo.
Más profundo que mis palabras.

48. Amanecer.
Los niños vuelven a respirar.

49. Dejo estos versos.
Nada más puedo dar.

50. Sigo caminando.
Detrás de mí, dos pozos.

Calarcá, Quindío. Junio 22 de 2026

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