Edición 111

ANCLÉ MI RESPIRACIÓN

By 7 de julio de 2026No Comments

Arrierías 111

Patricia Monard Velasquez

Nuestra propia vida, la miramos desde una ventana cerrada, a veces logramos abrirla un poco y a veces nos tomamos muchas vidas.

 ¿Y que observamos?,

Está muy de moda la frase, debemos “despertar del sueño o de la realidad simulada”, tal como lo plantea la película “Matrix”, la primera que recuerdo haber visto de este género, en la que la vida como la concebimos la mayoría es un sueño del que hay que despertar, para ser realmente libres, para salir del sistema que nos manipula y al que obedecemos sin razones claras, y con base en ese tema ha habido muchas películas más. Recuerdo también “Origen”, que cuestiona la naturaleza de lo que percibimos como real.

Los taurinos como yo, aclaro no taurinos porque nos guste el arte de la tauromaquia, sino porque hemos nacido entre el 21 de abril y el 20 de mayo, nos resistimos más que otros a concebir asuntos de metafísica, sobrehumanos, esotéricos y todo aquello que la mente no pueda entender, somos demasiado terrenales, lo digo por experiencia propia, pero el flechazo mortal a mi alma hace 27 años me obligó a buscar respuestas más allá de lo material y lo físico, me llevó a hacer preguntas que nada ni nadie me podía responder, hasta que muchos años después se disiparon y empecé a ver con claridad. Fue el día en que entendí que mi apreciado cuerpo con mente incluida era sangre, huesos, músculo, grasa y algo más, y que para darle sentido a mi propia galaxia de inquietudes tenía que ir a otra parte fuera de él.

Y me decía: “las respuestas que espero no son de este mundo”, pero si las respuestas no eran de este mundo, las preguntas tampoco, y así fui conociendo diversas tradiciones, técnicas, pensamientos, incluso dogmas religiosos, libros, videos y, más recientemente, podcasts, que me ayudaron a entender que el vehículo con el que estaba haciendo mi recorrido estaba incompleto, le faltaban piezas, mi amado cuerpo y mente, que hacían parte del mundo que conocía, eran muy pobres. Durante muchos años nada tenía sentido, nada era suficiente.

Empezaba a armar mi rompecabezas, primero el esqueleto, es relativamente fácil cuadrar las esquinas, juntar por colores o agrupar fichas y hacer que vayan encajando. Lo complicado estaba en el interior, me tomó mucho tiempo y esfuerzo y un día simplemente decidí soltar la ansiedad por obtener respuesta que con el paso de los años se iban enquistando y cubriendo con más dudas, temores, alegrías a medias, incluso algunas se volvieron invisibles, pero yo sabía que allí estaban cubriendo mi amado e imperfecto mundo. Desapegarme de él, sin sentirme irresponsable e indiferente, ha sido todo un reto, bendito reto diría yo, aprender a respirar y tener paciencia con la firme convicción de que todo estaba bien, tal como estaba.

Entonces, ¿dónde estaba el quid de la cuestión?, ¿cuál era la cereza del pastel? Esa se volvió mi meta. Mi diálogo interior, ese aprendido en casa, en la escuela durante nuestra infancia nos persigue toda la vida, lo vamos moldeando, adaptando a las circunstancias, pero sigue allí. Debía tomar distancia de él, debía aprender a observarlo, sin juicios, sin intención alguna, de manera amorosa, pero lejana. Me había dado cuenta de que, si intentaba apaciguar o suprimir esa voz en mi cabeza, más se afianzaba en ella y más me perturbaba.

Y un día leí lo siguiente. Decía San Agustín en sus Confesiones que “estamos hechos de tierra, una tierra difícil de cultivar”. Quince siglos después, lo dice la ciencia: controlar la mente es tarea difícil, si no imposible, para quien no se entrena. A una mente desprovista de voluntad, no le gusta estar consigo misma”. ¿Sería eso acaso lo que me estaba pasando? Nazareth Castellanos, en su libro recomendadísimo “El puente donde habitan las mariposas”, había dado en el blanco y confirmaba mi teoría inicial. Las respuestas no se encontraban en mi apreciado cuerpo y mente, tenía que buscar más allá, debía arriesgarme a hacer un viaje hacia los confines de mi alma. La decisión estaba tomada, me dediqué a ser la espectadora de mi propio teatro mental.

Muchos pensamientos se agolpaban en mi mente, positivos y negativos, atemporales, más ajenos que propios y, en muchos casos, estresantes. Mi primera decisión fue no dedicarle un minuto de mi existencia a ver o escuchar noticias, un poco radical, pero bastante sana.

La tarea principal, el proyecto alfa de mi vida, era adentrarme en la profundidad de mi mundo interior, del que ya tenía una primera lectura, pero debía ir mucho más allá y, además, debía ser entretenido y, obviamente, ganador. Para eso debía contar con aliados poderosos y finalmente los encontré. Lo más maravilloso de todo es que no necesitaba encargarlos, eran gratis y estaban a mi orden los siete días de la semana y las 24 horas, incluso cuando me entregaba en los brazos de Morfeo. Me refiero a la respiración y la observación. Simples, gratuitas y que estaban acompañándome, la primera desde que nací y la otra desde que tomé conciencia de su gran valor.

Respirar la experiencia, sin cuestionarla, dejando de intentar comprender lo que me estaba sucediendo, sin etiquetas de ninguna clase, sin calificar si era bueno o malo, sin excesivas preguntas. Por supuesto que seguía viviendo, pagando facturas y reflexionando, pero hay momentos en que eso no sirve de nada y simplemente hay que dedicarse a respirar, a habitarnos con amabilidad.

Respirar es fácil, natural, es cotidiano y habitual; si dejamos de hacerlo, colapsamos y hasta podemos morir. Es un proceso vital, eso ya lo sabemos, pero hacerlo de manera consciente, dándonos cuenta de que estamos inhalando y exhalando, es otra cosa. Hay múltiples estudios al respecto, por ejemplo, en la Universidad de Northwestern de Illinois, documentaron que la respiración consciente mostraba una actividad en la corteza cingulada anterior significativamente superior a cuando la atención se veía interrumpida, o cuando se respira de forma automática, o cuando se dirige la atención al exterior. Y hay muchas más universidades y estudios que se dedican a documentar que sucede en el cerebro cuando dedicamos un tiempo a la meditación.

El ejercicio de observar mi respiración de manera consciente, de focalizarme en ella y contemplarla de manera amable, sin identificarme con los pensamientos, ideas o incluso emociones que lleguen, cual espectador frente a una obra de teatro, es como volver a casa, pero para ello debemos reconocernos como indigentes. En muchas ocasiones, bajarse del escenario de vez en cuando es muy gratificante.

Empecé con 15 minutos al día, repartidos entre mañana, tarde y noche, ahora lo alargo un poco más y, obviamente, continúo distrayéndome, pierdo la atención, pero ya me doy cuenta de ello y puedo regresar a mi templo.

Mi proyecto alfa ahora es mi faro diario, anclé mi respiración, como el barco amarrado ante la tormenta.

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