
Arrierías 112
Pedro Luis Barco Díaz, Caronte
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Me fascina ir a darme mis borondos por Buenaventura, la enigmática ciudad africana llamada también “Tura”, el apelativo tierno como la juventud bonaverense la denomina, o “Turín Turán” como la popularizaron Junior Jein y Son de AK, o por “esa perenne ruina gris” como la describió el alucinado poeta y novelista Álvaro Mutis.
Desde que uno traspasa los túneles de la, aún inconclusa, carretera al mar, se empieza a sentir la magia de la selva húmeda tropical más lujuriosa del planeta. La culpable de ese descomunal derroche sexual y de la consecuente explosión de vida, es la evapotranspiración de millones de árboles que elevan a la atmósfera vapor de agua que, al caer, alcanzan los guarismos más altos en precipitación anual del mundo. En Buenaventura, en realidad, hay dos estaciones en el año: la temporada de lluvia y la temporada de más lluvia. Y así será, Dios lo quiera, mientras haya selva.
Lo segundo que se advierte, al llegar a la planillanura del Pacífico, es el calor pegajoso, el olor a vegetación en descomposición y los arroyos de agua diáfana, que fallecen, por centenares, en el Dagua. Las quebradas, transformadas por los nativos en balnearios a la orilla de carretera, son esplendorosas: El Salto, con sus tres cascadas; La Delfina, de repentinas crecientes; La Víbora, donde Jorge Isaac, espantando ofidios y a la lumbre de las velas, escribió parte de su inmortal novela María, y muchas, muchas más en parajes de ensueño.
Hasta que se llega a la ciudad, caótica, abigarrada, amontonada y vital, que vibra en clave de mapalé y de reguetón, y que permanece a la deriva en un mar tempestuoso.
Más allá, en su zona rural norteña, en Juanchaco y Ladrilleros, todos los años se presenta el espectáculo más grandioso que puede ofrecer el mundo natural, y que hace palidecer de envidia a los más encopetados sitios turísticos del mundo: La llegada de las ballenas jorobadas. Buenaventura es, por derecho propio, la capital mundial de las ballenas jorobadas, o yubartas, un espectáculo de mayor contenido emotivo que los tradicionales safaris fotográficos de las tierras africanas.
Es el municipio de mayor territorio en el país (30% del Valle del Cauca) y el número 18 en población. La nación, desde siempre, la ha visto por encima del hombro, como un puerto que aporta recursos, y no les ha parado mayores bolas a sus habitantes, a los porteños. Mejor dicho, la incluyen en su potencial económico minero, pesquero y maderero; pero la excluyen en el aspecto social y humano. Esta es la verdadera razón por la cual muchos de los proyectos que se diseñan en los escritorios capitalinos, no obtienen apoyo de la comunidad y fracasan.
Y no solo ahora, a Buenaventura, desde las épocas de la conquista y la colonia, se le vio como un sitio estratégico de extracción, dominado y controlado por la élite caleña, a donde se venía a mercadear y a extraer oro transportado “a lomo de indio”, hasta que, por la resistencia y el aniquilamiento indígena, hubo necesidad de traer esclavos africanos.
Buenaventura, puede que sea también la capital mundial del desempleo, del rebusque, de los malos servicios de salud y educación, e infortunadamente, en los últimos años, de la violencia y el narcotráfico. Es el reino dorado de los grupos ilegales.
Aunque, en realidad, Buenaventura y también Tumaco, son las dos ciudades mejor situadas en Colombia desde el punto de vista geográfico. Constituyen las únicas puertas de entrada y de salida a la cuenca de mayor dinamismo en el escenario económico mundial, la del Pacífico, que es donde están los negocios, socio.
Mientras tanto, en el Valle del Cauca y en Colombia entera, por efectos de su anacrónico centralismo, lo común es colocarse las rodilleras y mirar hacia Bogotá, desconociendo que, mientras el transporte principal de mercaderías sea por barco y estos sean más grandes que los aviones, Buenaventura es el sitio clave para desarrollar el país. Ya es hora de que Buenaventura sea el principal sitio de producción de artículos de exportación, porque aún somos un país embobado por el mito de El Dorado y por el racismo solapado.
Incluso, el departamento del Valle del Cauca se ha negado a verse a sí mismo como un departamento costeño y se vende como territorio plano, cuando en realidad solo el 18% de su territorio está en el valle del río Cauca.
Todo lo anterior para concluir que, como una maldición, mientras Buenaventura siga siendo tratado por la nación como un puerto importante que tiene añadido un conglomerado caótico de personas a su alrededor, y no como debe ser, como la ciudad de mayor futuro, en la que debe invertírsele en educación, salud, servicios y amoblamiento urbano, ni el Valle del Cauca ni Colombia lograrán tampoco mayores niveles de desarrollo.

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