
Arrierías 112
Umberto Senegal
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UN TESTIGO PRESENCIAL RELATA COMO ASESINARON LOS FACCIOSOS AL INMORTAL GARCÍA LORCA
“El documento está fechado en 17 de septiembre de 1937 y pertenece a ABC de Madrid en su etapa republicana. El texto recoge un fragmento de un reportaje de Vicente Vidal Corella en Adelante de Valencia, en el que aparece una conversación con un evadido de Granada. En el fragmento de la conversación el evadido asegura que vivió la muerte de García Lorca: “Su muerte fue algo que no se me olvidará. Algo tan monstruoso, tan criminal, que no puede nunca borrarse de mi mente”, aseguraba. El evadido expone que Lorca fue cazado a tiros por la Guardia civil. Según este, el poeta había firmado su sentencia de muerte cuando compuso el famoso romance de la Guardia Civil. Además, expone que no fue juzgado por ningún tribunal, como tampoco lo había sido ningún otro de los que asesinaron aquella noche. Las palabras del testigo trasmiten la imagen de un Lorca seguro y sereno, que justo antes de morir pronunció con firmeza unas palabras en defensa de la Libertad. Según narra, estas fueron interrumpidas por un disparo del teniente Medina, al mando del piquete de civiles, que se lanzaron contra el poeta. Lorca, perseguido por una lluvia de balas, cayó a unos cien pasos. Sin embargo, este se levantó sangrando y miró a todos que retrocedieron espantados, a excepción del teniente. Finalmente, el dramaturgo se desplomó y Medina descargó tres cargadores completos en su persona”.
1
Allegro
DESDE LORCA Y SU VALS
“…hay mendigos por los tejados…”
que nada reclaman a transeúntes corriendo
por andenes y empujándose por las calles.
Mendigos en el aire de los techos,
que no imploran monedas ni oraciones.
Conocen las respuestas de los mezquinos.
De quienes nada tienen y simulan tener de sobra,
hasta para mendigos por las esquinas.
Mendigos por los tejados, que prefieren
encontrarse con gatos mirándolos silenciosos.
A veces con algún gallinazo
que desciende confiado sobre los hombros,
entregando sus alas para que planeen
hasta tejados contiguos o lejanos.
Mendigos tan hambreados,
tan leves de huesos y equipaje,
que aprendieron a flotar sobre las tejas.
Moldean con el humo de las chimeneas,
arcos iris, cometas, barcos
y en ocasiones algún ángel.
No los llamen para que desciendan
mintiéndoles que las calles son seguras,
y que el prójimo es bueno,
y que habrá saludos afectuosos.
No se muestren compasivos
porque ellos tienen en sus miradas
antiguas monedas de luz de sol y de luna.
Viene Lorca, de amor huido,
sobre una hoja seca de abedul
que trae el viento, también herido
de aire frío,
de rama abandonada
por el ruiseñor que voló malherido.
Viene Lorca, pero no viene solo.
Ni sangra solo porque detrás suceden
rumoreando todas las abejas
de la colmena, y cada una detrás
de la hoja de abedul, beben a gotas
la sangre que de amor huido
irriga Lorca por el aire.
2
Adagio
VENDRÁ FEDERICO
Si Lorca viene oculto entre caracoles rosados…
¿con la voz, la boca o la mano de cuál marinero
le convenceremos para que salga
y siembre, entre el otoño, otro romance?
Si la caracola donde Lorca viaja
viene rota y vacía, y llega desteñida,
¿buscaremos a Federico sobre puntas marchitas
de los corales, o jugando con arena
en una playa desolada?
Si Lorca viene sobre una antigua balsa
de alhelíes, ¿preguntaremos por el jardín
donde cultivan esas flores,
o perfumaremos nuestros dedos,
estrujando hojas de eucalipto
y romero para darle la bienvenida?
Si encalla en la playa,
-y la espuma no calla-
un bote tallado en ébano
que en su transparente quilla
tiene bordados los ojos de Penélope,
y nadie viaja en este, solo el libro
Poeta en Nueva York,
¿la emprenderemos a gritos
contra las olas, o abrimos el libro
y leemos poemas al azar?
En voz alta, el Pequeño vals vienés.
Si Lorca viene por el mar,
cualquier mar de consonantes
que se dejen rimar,
sabremos que es él.
Aunque venga herido de amores huidos,
alzando sus brazos y tocando castañuelas
con ostras húmedas.
Si Federico decide llegar
muerto, como acostumbra vivir
desde lo sucedido en Granada,
¿le amortajamos con hilos de seda azul
o con retazos de algas?
Miremos bien estas bandadas de gaviotas.
Si traen atados sus picos
con alambre, y sin embargo en su aleteo
escuchamos música de romances,
o algún comienzo de elegía,
es porque alguien, algo o alguno,
se lleva a Federico empujándolo por la espalda.
Si Lorca no llega, por favor,
no lloren sobre el mar para no salar
más el agua, ni aumentar
lo que nos queda del mar.

3
Scherzo
LA METÁFORA PARA RESUCITAR A LORCA
Para que regrese a cualquier hora
del día, mas no a la madrugada,
a la madrugada no
y lo más lejos posible de olivares que lo recuerdan
descubriendo con extrañeza a su muerte;
y tampoco a las cinco,
porque toda esta hora con sus sesenta minutos o siglos
le pertenece a Ignacio Sánchez Mejía,
alguno de los millares de poetas
que entonamos su nombre,
que exclamamos Federico
para sentirnos menos solos,
o más solos,
o solo solos a la sombra de sus poemas,
tendrá que escudriñar y encontrar
la literal metáfora escrita
por Lorca que contiene la virtud
de revivirlo.
Si Lázaro resucitó sin necesidad
de una hermosa frase,
no sé si también los demás poetas,
pero Federico necesita de una metáfora
que ya está escrita y escondida
entre alguno de sus poemas.
Lorca debe resucitar cuando alguien
pronuncie una de sus metáforas
con el mismo tono que empleó Jesús
para revivir a su amigo Lázaro.
Volverá vivo y dispuesto a más poemas.
Se levantará tan nuevo y tan vivo.
Sin balas en el cuerpo.
Sin resentimientos.
Preguntará amoroso si llegó
Eduardo Rodríguez Valdivieso
disfrazado de Pierrot.
Solo con escuchar esa escondida metáfora
escrita para adelantarse a la llamada del juicio final,
Lorca resucitará sonriendo.
Preguntará cuántas palomas de pluma o escarcha
sobrevolaron
su extensa noche de 87 años,
de 87 agostos y un olivo sin hojas.
Y todos los olivos de España aun sollozando.
Así resucitado, Federico soñará la luna
y la llamará sol
o al sol le encontrará menguantes
para darles cuerpo de luna,
si alguien de verdad poeta,
redentor de los poemas
que aquella madrugada le silenciaron
a Federico en Granada,
encuentra la metáfora precisa
que está por ahí
entre sus poemas
esperando que lo encuentren y pronuncien
para resucitarlo
y que traiga en sus ojos y sus pasos
la dirección de la muerte a la vida
que Lázaro debió darle.
Lo sé con certeza.
Existe el verso que puede traérnoslo completo.
Sin agujeros en el cuerpo, sin tierra en las manos,
Sin rabia
sin odio,
solo asombrado
de que los días sigan teniendo 24 horas
y se llamen igual.
Hay que tener fe en la poesía,
hay que tener fe en los poemas de Lorca,
hay que creer en la vida
a pesar de los soldados disparando.
Si alguien aprende a pronunciar
algunas de sus metáforas, no con los ritmos
que se escuchan sino con las melodías
que ocultan, Federico regresará el mismo de siempre
para escribir los poemas
que siguieron floreciéndole silenciosos
en la muerte.
Propongo entonces iniciar el rito.
Pronunciar cada uno en su alcoba los versos
que más lo conmuevan.
Susurrarlos o gritarlos para que donde
Lorca esté,
los escuche y encuentre el que ilumine
su camino desde la muerte a la vida.
¿Y si fuera esta la metáfora para resucitarlo?
“los escarabajos borrachos de anís
olvidaban el musgo de las aldeas”.
¿Y si fuera esta?
“el leñador no sabe cuándo expiran
los clamorosos árboles que corta”.
Cada día que transcurre por sus poemas
tengo la certeza
de poder encontrar la metáfora que lo invitará
a regresar de cuerpo completo.
Porque también podría ser esta:
“te afilabas para los breves
sueños indecisos”.
Pero si busco la metáfora que te resucite
solo en Poeta en Nueva York
y tal vez germina, semilla entre cemento,
quebrada pluma de canario herido
en alguno otro de tus libros, Federico,
¿entonces qué?
¿Y qué si no están aquí?
¿Y qué si deba decírselo en otro idioma?
¿Y qué si no entiendo su significado?
¿Y qué si Lorca respeta seguir muerto?
Entonces qué, ¿renuncio a la poesía?
“Para buscar mi infancia, ¡Dios mío!, comí limones estrujados,
establos, periódicos marchitos”.
4
Rondó
EL ÚLTIMO VALS DE LORCA
Anoche, entre mis sueños lúcidos regresó Federico.
Sin prisa esta vez.
Caminaba en zigzag por un angosto
andén de cobre oscuro
y pétalos naranjas.
Detrás, a prudente distancia,
le seguían los dos últimos
perros que tuve.
Mahón, el más noble de todos, ladraba suave,
coreando
versos inconclusos del poeta.
Mahón leyó a Lorca con mis ojos.
Federico se detuvo junto al herrumbroso farol
iluminándose y apagándose en clave Morse,
con melancolías, y rosadas saudades
y frases de amor
que solo él descifraba.
Igual de mustias con luz o sin ella.
“Fedérico”, le dije,
Fedérico con acentuada tilde en la segunda e.
Brazada de azucenas azules,
un acento que todavía cargo
en el verde crepúsculo de mi vida
donde Lorca, Rumi y Khayyam se toman de las manos
asegurándome que nada es distinto
cuando los versos explican el destino de los hombres.
Esdrújula inolvidable con que pronunciaba
su nombre cuando yo era un niño de ocho años.
Sin conocer detalles del asesinato de Lorca,
machacando los versos del poeta colombiano
Julio Vanegas Garavito en su libro
Hombres que trabajan en la noche,
yo decía: “Fedérico está vivo,
Fedérico no ha muerto”,
Y Humberto Jaramillo Ángel,
mi padre, quien nunca puso lazos,
verjas ni fronteras a mis palabras
ni a mis primeros versos de niño de ocho años,
sonreía y me decía: “no se dice así,
se dice fe-de-ri-co,
fe-de-ri-co,
y al día siguiente me trajo un libro con poemas de Federico.
En mi sueño, Federico tenía cabeza
de niño rubio con mejillas ensangrentadas.
Federico depositaba granadas maduras
sobre una piedra con musgo.
Yo tenía muchas noches sin llorar
en sueños.
Le dije, es agua salada, Federico,
hielo derretido.
En el patio de mi casa llueve sin descanso
desde cuando escuché, musicalizado,
tu Pequeño vals vienés.
“No soy Fedérico ni Federico”, dijo,
sumergiendo sus manos entre la luz del farol.
Cuando lo afirmó, mis perros huyeron aullando.
Quiero que siga siendo sueño. No fantasía,
porque el sueño desaparece cuando despierto.
Pero la fantasía me acosa dormido
o despierto.
Federico taja otra roja granada que conserva
en su mano, extrae sus semillas húmedas
y las arroja sobre el techo de mi casa.
Escribe cuanto cada una de ellas
te relatará, me exige Federico.
¿Pero quién se llevó mi lápiz?
¿pero quién rasgó
la única hoja de papel que tenía en el sueño?
¿pero quién destrozó mis libros?
Dijo el poeta Gabriel Celaya, “Federico se reía.
No veía nada detrás.
Se reía como de una buena broma.
Pero esa risa, esa confianza
en que el hombre es siempre humano,
ese creer que un amigo, fascista o no,
es un amigo, le costó la muerte.
Porque fueron unos amigos,
amigos que él contaba entre sus mejores,
quienes en el último momento resultaron ser
ante todo, y sobre todo fascistas”.

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