Edición 113

EL CUMPLEAÑOS DE ROSALÍA

By 31 de agosto de 2026No Comments

Arrierías 113

Lilia Magdalena Osorio

—¡Cómo que no voy a celebrar mis 70 años!  ¡No están ni tibios!  Ese cuento del Covid, es para los bobos. Disque no sé cuántos se han muerto, que no pueden respirar, que en menos de una semana algunos se mueren. Puro cuento de los laboratorios y los médicos para ganar plata —afirmaba Rosalía, con frecuencia a familiares y amigos.

   Rosalía fue profesora de matemáticas y estaba pensionada hacía varios años. Era una mujer poco agraciada físicamente, creyente católica al extremo, se diría, fanática. Tenía un enorme círculo de amistades, por consiguiente, una vida social agitada.

   Al llegar la fecha de su cumpleaños, organizó una gran fiesta. Contrató al mejor grupo musical de la ciudad. Ordenó una torta de tres pisos, que remataba con una piscina y numerosos muñecos de dulce sumergidos en una masa color azul intenso. Mandó preparar un generoso buffet con tres carnes, ensaladas, arroz con almendras, papas a la crema y gran variedad de postres. Por supuesto, llevó meseros.

  A las ocho de la noche empezaron a llegar los primeros invitados. Entonces uno de los meseros inició su trabajo: ofrecer wiski, vino, aguardiente, ron o cerveza, con una frecuencia inusitada.

  ¡Rosalía estaba feliz! No había que preguntarle nada. Su expresión lo demostraba.

   —¡Hola, Fabiola, qué dicha verla! Me encanta que se haya animado y dejara atrás el miedo al tal virus. Eso es una patraña para tenernos encerrados y ganar grandes cantidades de plata. Siga y póngase cómoda.

  —Pues la verdad, vine porque te aprecio mucho. Pero eso no quiere decir que no tenga miedo. 

  —Noo, ¡qué cuento de virus!

   Fabiola era una bella mujer rondando los 50; refinada y culta. Buscó un sitio alejado de la gente y se acomodó frente a una mesa en la terraza de la piscina. Allí llegó el mesero para ofrecerle algo de licor. Ella se decidió por una copa de vino tinto.

  La gente llegaba como enjambres de abejas y, en un momento, la casa, los jardines y la terraza estaban atiborrados de visitantes; tantos, que había muchos de pie.

   La música empezó y todos salieron a bailar. La euforia se apoderaba a pasos agigantados de los asistentes y, por supuesto, de Rosalía. Ella era la más risueña. Iba de un lado para otro, zapateaba a rabiar, se levantaba la falda de boleros como si estuviera bailando flamenco y el canto se convirtió en grito.

  A las diez sirvieron la comida.

  A las once se partió la torta y cantaron el “Happy Birthday”. Luego, llegaron los mariachis a entonar Las mañanitas. Rosalía no cabía de la dicha. Y, por supuesto, los invitados también.

  —Hola, Mariela, ¿cómo te va? Hacía mucho que no te veía. ¡Y con esta pandemia, menos!, imagínate que la mamá de Lucero, murió hace ocho días. Para ella ha sido muy duro, porque no poderla acompañar en el último momento, debe ser terrible.

  —Sí, Fabiola, hacía mucho no nos veíamos. ¡Verdaderamente es terrible! Y pensar que hay gente que no cree. Imagínate que tengo una amiga química farmacéutica y un día me llamó furiosa, porque el portero no la dejó salir a comprar un chocolate. Estábamos en confinamiento. Gritando, me decía: ¡Me están coartando la libertad!, ¡cómo así que no puedo salir! ¡Estoy verraca!

Yo trataba de hacerla entrar en razón: si tú, profesional relacionada con la salud, reaccionas tan arbitrariamente, imagínate cómo será el resto de la gente. Han llegado a decir que no se dejan vacunar porque les ponen un chip en el brazo, y algo peor: ¡una cuchara! ¡Eso es absurdo! Si tú te mueres, seguro, tu familia te extrañará, pero te conviertes en un problema más para la salud pública y el país.

Pero ella no aceptaba ningún argumento. Yo he sufrido la muerte de muchos amigos médicos y profesionales de la salud. El drama en ese campo es insospechado. El país no tiene la infraestructura, ni la tecnología para enfrentar dicha emergencia. La verdad, esto puede llegar a tener una magnitud incalculable. 

   Los invitados tomaban licor, bailaban, gritaban y no hacía falta aquel, que con palabras soeces, se refiriera al confinamiento, reafirmando la negación de Rosalía, ante la gravedad de la situación, como Francisco.

  A las cuatro de la madrugada, la casa quedó en silencio. Los jardines, la sala y el recibo dejaban evidencia de la gran fiesta que había ofrecido Rosalía. La celebración fue todo un acontecimiento y sería recordada durante mucho tiempo en la ciudad.

 A las ocho de la mañana, llegó Ofelia como de costumbre, para hacer el aseo y los oficios domésticos: ¡santo Dios!, exclamó. Encontró botellas de licor desocupadas o a medio vaciar, platos desechables por todas partes, algunos con comida, otros con ponqué y crema de mantequilla color azul, servilletas sucias y sin usar, copas rotas, otras con licor sin siquiera haber sido probado; en fin, el espectáculo era dantesco. «¿Por dónde empiezo?». Inició por la cocina, luego siguió con el recibidor, el comedor y la sala. Dejó de últimas el jardín y la terraza. Al llegar allí, encontró a Rosalía en una poltrona, completamente desmadejada, y pensó: «¡Qué borrachera tan verraca!, déjala que la duerma».

Siguió con sus quehaceres y, al final de la tarde, en vista de que no se levantaba, fue a despertarla para avisarle que ya se iba.

 Rosalía no reaccionaba. Entonces, Ofelia llamó a emergencias y la llevaron al hospital. Tenía dificultad respiratoria severa.

   A los dos días, Rosalía murió de Covid. El cuento mortal, que ella nunca creyó.

Un mes después, se reportaron tres muertes de personas que asistieron a la fiesta del cumpleaños de Rosalía: Fabiola Méndez, Ricardo Jamarillo y Francisco Pérez.

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