Edición 113

YERNO EJEMPLAR (Divertimento familiar)

By 31 de agosto de 2026No Comments

Arrierías 113

Luis Carlos Vélez

1

Eugenia sale en busca de un curandero.

En la plaza de mercado cuenta a su hermana, la vendedora de legumbres, los achaques de la madre. Su prolijidad despierta curiosidad entre los parroquianos y algunos ofrecen recetas, ungüentos y masajes; otros aconsejan bebidas, riegos y oraciones, y no falta quien recomiende la meditación trascendental o la invocación de espíritus.

Cansadas de escuchar a curanderos gratuitos, logran alejarlos al cambiar de tema y la vendedora pregunta a Eugenia por su hermana Raquel.

—De vez en cuando llama. Es el colmo que viva en Armenia, a media hora de nosotras, y no venga a visitarnos. Sabe que estamos solas y le da igual. Es un mundo aparte y sin remedio. Desde hace ocho días tiene otra pareja.

—Me marcho. Tengo una cita en Armenia. Creo que regreso a mediodía.

Roberto escucha la conversación y averigua dónde vive la madre de Eugenia.

2

Tocan a la puerta.

—Señora, acabo de hablar con su hija en la plaza y me pidió que viniera a poner en sus manos mis modestos servicios.

Cándida no se inquieta cuando ve al hombre con las yerbas; lo invita a pasar.

—Siga, señor; faltaba más. Mi Eugenia es un encanto. Mire usted, quién lo dijera…

—Cálmese, señora…

—Cándida…

—Por favor, doña Cándida, ¿tiene usted un pedazo de hilo que me regale?

—¿Y para qué?

—Debo hacer un collar y tiene que ser con hilo o cáñamo; hasta un cordón me sirve, pero que esté magnetizado por esta casa.

—Ah…

—Póngaselo, doña Cándida.

El curandero despliega ante la madre toda suerte de pases y gestos, acompañados de lo que parecen oraciones en una lengua desconocida. De repente, interrumpe los malabares.

—Disculpe, doña, hay algo que interfiere mi magnetismo trascendental.

—¿Interfiere?… No entiendo…

—Corta, señora; corta, neutraliza…

—Dígame nada más qué hago.

Sabedor del terreno que pisa, ordena con suave tuteo:

—Cándida, debes colocar sobre el comedor tus alhajas; todo lo que corte o entorpezca los poderes magnéticos de mis oraciones.

Cándida obedece y se desprende de cuanta joya lleva puesta.

—Arrodíllese, cierre los ojos y, mientras cuento tres, repita sesenta veces las letanías de la Virgen María, las de san Antonio y las del Corazón de Jesús. Una vez termine, abra los ojos para que la magnificencia de mis poderes opere en la curación. Dejará de oírme, pero no debe preocuparse; estaré acompañándola con mis ruegos. Vamos, empecemos: uno, dos y tres…

Cándida se arrodilla.

3

Después de una hora de rezos, Cándida abre los ojos y se encuentra frente a frente con Eugenia.

—¿Qué haces con ese collar de yerbas al cuello?

Avergonzada, Cándida quiere sonreír, pero se cubre la boca con las manos, pues recuerda que no lleva su caja de dientes.

4

En la galería, Roberto toma las de Villadiego.

De la terminal va directo a la casa de empeños.

Aborda un taxi.

—Espéreme, ya vuelvo. Necesito que me haga dos carreras.

Entra por un callejón.

—Es buena, de la mejor. Tenemos de varias clases, pero esta sí es un tremendo cañonazo—, dice el expendedor.

Inspecciona la textura, el olor y paga.

Roberto llega a casa y abraza a su mujer.

—Fue un buen día, mi vida.

—Ya era hora—, responde ella.

—Las cosas no andan bien por el pueblo y tocó regresar. Logré engatusar a una vieja.

5

En casa de la enferma:

—Es increíble lo que le han hecho a mi madre—, dice Eugenia.

—Llamaré a Raquel. Sé que ni le va ni le viene, pero quién quita que le dé por venir a vernos.

6

En casa de Roberto:

—Raquel, amor, pásame el cigarrillo.

—Estoy preocupada. Han robado a mi madre. Eugenia acaba de llamar.

—A propósito, estuve trabajando en un pueblo.

—Bebé, dime dónde encontraste lo que tienes en el bolsillo—, pregunta Raquel.

—La encontré en el bus. Tal vez algún pasajero se la quitó para dormir o se le cayó.

—Imposible que no se hubiera dado cuenta—, anota Raquel, incrédula.

—No te preocupes, amor. Deja los escrúpulos y mejor prepárate. Vamos a dar una sorpresa. Trae el martillo. Con lo que paguen por el oro de esta caja de dientes de burra, pagaremos la rumba para celebrar el encuentro con tu madre y tu hermana.

Circasia, 15 de abril de 2005

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