Edición 113

LOS OJOS HABLAN

By 31 de agosto de 2026No Comments

Arrierías 113

Claudia Orozco Riascos

La mañana inició como cualquier otra, excepto por un lejano plim.

Percibo un tenue bamboleo que hace crepitar las columnas de mi casa como si se quejaran en voz baja.

Entre dormida y despierta pienso: «No pasa nada, es solo un temblor».

Pero enseguida llega otro plim, más largo, con una sacudida feroz que estremece la casa y me arranca del sopor.

Solo atino a preguntar: «Mamá, ¿lo sintió?»

Mi cuerpo, sin esperar respuesta, entra en modo piloto automático: bajo corriendo a revisar a mi hijo.

Mis escaleras tienen 17 escalones. Al pisar el número cuatro, la alarma sísmica de mi Android estalla como un perro guardián defendiendo a su amo.

El bamboleo ahora es feroz y la estructura de la casa retruena como bestia enloquecida.

En el primer piso me encuentro con mi madre, una mujer de 86 años, que lucha inútilmente contra la puerta de la calle cerrada.

Ella, en un estado total de terror, no atina qué hacer. Hasta que suelta un grito desgarrador: «¡las copas se están quebrando! ¡Las copas!»

Todo ocurre en cuestión de segundos. La tomo en mis brazos y corro al cuarto del niño, que ya no es un niño, sino un joven de 23 años, marcado por una discapacidad severa: parálisis cerebral e hidrocefalia.

El bamboleo ahora es feroz y la estructura de la casa retruena como bestia enloquecida.

«¿Qué hago? No puedo dejar a ninguno de los dos por su cuenta». Mi madre, con su movilidad ya diezmada y reacciones lentas. Y mi hijo indefenso, atrapado en su fragilidad.

Busco refugio en la habitación del niño, resguardada por fuertes columnas y un cielo falso.  «¿Qué es lo peor que podría pasar?»  Lo abrazo, como quien protege lo más valioso del mundo. 

En un momento, intento levantarme para ver cómo está mi madre. Él, con la única mano que puede mover, me sujeta con toda su fuerza.

Y sus ojos… esos ojos que no solo hablan. En ese instante, sus hermosos ojos oscuros, de pestañas largas y negras, me miran gritando, suplicando: «No me dejes».

Mi mente y mi cuerpo están al borde del colapso, desgarrados por la dicotomía entre el uno y la otra. Al final, mi ser —egoísta o lúcido— razona: la mejor decisión es quedarnos en casa.

¿Ser egoísta? ¿Sabes? Yo estoy sobre mi hijo, mi cuerpo trata de protegerlo, con un pie sostengo la cama hospitalaria y, al mismo tiempo, a mi madre.

En mi mente resuena: «Ya basta. Ya no soporto más».

Ahora la estructura de la casa parece que se desarma por su propio bamboleo y la bestia ruge desde las entrañas del concreto

En un instante fugaz le dije: «Mamá, vaya al parque con los vecinos. Yo no puedo hacer más. Esté tranquila, que yo los estoy cuidando».

Jajaja… el terror me invade. Es la tranquilidad del desesperado.

Pero lo más aterrador no es eso.  Es ver cómo mi hijo grita en silencio.

La bestia continúa rugiendo sin descanso, hasta que finalmente, poco a poco, se apaga… y el bamboleo cede… un silencio, denso y absoluto, se instala en la casa.

Pienso con dolor en aquellos que no han tenido nuestra suerte.

Acerca de la autora.

Mi nombre es Claudia Orozco Riascos, nacida en Buenaventura, hija adoptiva de Cali, madre cuidadora 24X7 de un niño especial, casada con un caicedonita, Pedro Luis Barco Díaz, y actualmente estudiante de Administración en Salud en la UNAD.

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