
Novela surrealista
Arrierías 113
Carlos Alberto Agudelo Arcila
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Apertura 1
Desciendo al núcleo íntimo de la sombra
La escritura surrealista desafía la lógica e invita a sumergirse en un universo donde lo tangible y lo intangible se entrelazan. Este breve análisis explora mi proceso creativo y el modo en que las palabras revelan mundos análogos.
Conjugar el vocablo cotidiano con el idioma onírico devela una fusión donde lo subjetivo y lo objetivo confluyen. Vivo ambas realidades como ramas de un mismo árbol: sombras y cuerpos intangibles rozan la piel de lo perceptible. Tropiezo con el vaivén de una silla en el límite de existencia y no existencia; indiferente, se balancea entre su madera ausente y su movimiento imaginario. La lógica acecha, sin someterme. Sigo la estela de mis huellas alucinadas y caigo, sin pudor, en el abismo del lenguaje.
Me torno absurdo, enfrento la mirada crítica sin miedo, inmerso en una marea de expresiones vivas en constante flujo. Palpo, palabra a palabra, un mundo múltiple: aquí, allá, en ninguna parte y en todas. Me ensangriento y me reconozco hasta encontrar, en lo profundo de mi carne, al hombre paralelo alojado en mis entrañas.
Mis pensamientos transgreden la rigidez verbal y atraviesan el devenir de mi sombra. Golpean la pared, se filtran entre vértebras y perciben el cáliz del tiempo inconcluso. Se aquietan o retozan vacíos invisibles. Lo real ocurre ante mí como matemáticas puras de la palabra: voz piedra, sombra de piedra, piedra hecha sombra.
En catarsis, desciendo al núcleo de la sombra, a la médula del pedrusco. Me despojo de mí para dar expresión a riquezas desechadas por otros, atrapados en la apariencia superficial del azul, sin percibir el dinamismo oculto del mundo. La palabra, en cambio, se libera: se derrama en lo concreto, rompe su caparazón y avanza como una oruga del lenguaje en busca de formas nuevas de sí misma.
Profeso la voz atemporal: el tiempo, líquido, se desliza por los costados del infinito. El pasado no es estático; el presente bebe de él, se transforma y se vuelve eterno frente a los tiempos por venir. La insólita realidad de nacer y morir danza como sombras de felino y roedor en la extensión de las eras. El brote asciende al verde; el verde crepita: el ciclo persiste en su giro incesante.
Energías contrapuestas se entrelazan: Luz y sombra giran, se persiguen. La sombra brilla desde su médula oscura; la luz, incansable, dibuja un sendero hacia el vacío de la sombra. Ambas vibran como música dedimensión única.
¿Se ha adherido a mí una mística surrealista? ¿Es posible construir una exégesis de piedras y sombras, de dispersiones extrañas, cuando lo inanimado cobra vida y el escritor surrealista es ignorado por quienes reducen la literatura a una herramienta lineal? ¿Toda obra se torna arcana cuando su autor abandona la rutina para alcanzar la última palabra, la frontera del texto recién creado?
Vivo, gozo y sufro ese matiz existencial. Lo atrapo en mi mente y lo reciclo en mis honduras, físicas y espirituales, como pregunta sin respuesta. El surrealismo no huye de la lógica: la expande, la dobla, la somete al rigor de lo absurdo. Allí encuentra su razón de ser y su relevancia en el contexto moderno.
Cuando el arte nace sin cortapisas, el ser humano trasciende los límites del horizonte existencial. La palabra obtusa, como río limpiándose en el océano del pensamiento, armoniza mi existir: del absurdo extraigo lo efímero y lo perenne, fundidos en un mismo acontecer.
Una hoja surreal busca la boca real; alguien mastica. ¿La hoja devora la boca, o la boca devora la hoja? Bebo el azul del agua lejana. Me levanto desde el abismo de mí mismo y camino hacia la estepa del mirador de la vida. Leo el mundo, me sustantivo, me adjetivo. Molécula a molécula me fundo en la escritura: la sangre del oprimido, el refugio del desvalido, el viento dorsal, la palabra incierta.
De martes a martes escribo: la mujer ausente, el ropaje de lo anónimo, la quimera de una voz cantando en el desierto. El silencio atrapado, el filo del viento, la coartada del salto. El rasguño del hombre invisible, el cuchillo del demiurgo, la música perdida en la aguja en el pajar.
Escribo una noche en silencio, sin la melodía de tu pluma. Y aquella mañana, cuando aún no te conocí, viajaste. Antes de partir, en un escrito encontré tu promesa de reencontrarnos en el mundo de lo surreal.
Escribo para no desaparecer, aunque desaparecer sea el propio acto de escribir…
Apertura 2
Comprender suele ser la manera más refinada de domesticar el misterio
Luego de años en el trasegar literario, respiro el devaneo del lenguaje ausente. Me diluyo en la nada contigua al punto desde donde diviso el mundo de lo nombrado: sonrío. Sin embargo, reflexiono la palabra hasta preocuparme por cuanto ella misma calla. Me barnizo de esa mudez. Desde esa primicia deslumbrada del verbo comienzo a hurgar en mis entrañas cerebrales, sin solicitar permiso al lenguaje ni indulgencia a la razón. Nace donde la realidad deja de vigilarse a sí misma. Cada vocablo irrumpe. Es un pacto entre mi subconsciente y todo cuanto el universo todavía no se ha atrevido a pensar. Cuanto escribo proviene de ese territorio donde las cosas recuerdan la vida que perdieron antes de existir y donde la palabra no representa el mundo: lo engendra de nuevo.
Alejo de mi cerebro toda realidad que no provenga del subconsciente. Allí la lógica comparece sin uniforme y descubre que siempre fue una provincia del delirio. Allí una piedra respira con pulmones de agua. Allí el viento envejece antes de nacer. Allí una silla se balancea entre la existencia y la nostalgia de haber existido. Allí el tiempo abandona la costumbre de caminar en línea recta y comprende que toda eternidad cabe en el temblor de una gota de rocío.
La palabra es el único personaje de esta novela. Respira. Se disuelve. Renace. Muda de piel. Devora su propia sombra. Da a luz vocablos que jamás aceptaron convertirse en definiciones. Cada frase derriba una costumbre del pensamiento y funda una posibilidad para la materia. Narro así porque el verbo también posee vísceras y porque toda gramática termina siendo un cementerio cuando olvida que las letras fueron animales salvajes antes de convertirse en alfabeto.
Nada me parece extraño. La sombra del ibis escarlata ilumina el agua con una oscuridad ancestral. El caballo morado que un día montó Bolívar continúa cacareando la independencia mientras afirma que uno más uno es igual a una cebolla detrás de una lágrima. El Minotauro abandona el laberinto para perderse en la hierba. Ícaro conversa sobre la avena con el pan que atraviesa los tejados. Joyce corrige el silencio mientras un panadero bullicioso amasa el mar. La lluvia regresa a su casa para contar sus monedas de agua y, en un instante de eternidad, escribe la Historia Universal de una gota de rocío.
No escribo contra la razón. Escribo después de ella. La razón también sueña y, cuando despierta, se avergüenza de sus sueños. El pensamiento que acepta lo imposible descubre que la realidad siempre llegó tarde al universo. La mayor ingenuidad consiste en creer que el mundo concluye donde termina el diccionario.
La crítica acostumbra clasificar tempestades, medir abismos con reglas escolares y poner etiquetas a las mariposas para convencerse de que el vuelo cabe dentro de una vitrina. Después llama claridad a la obediencia y oscuridad a cuanto todavía respira sin permiso. Mientras tanto, una hormiga arrastra la catedral donde Dios aprendió a esconderse de los teólogos y un mendigo recibe de la lluvia la limosna de todos los océanos.
No pretendo ser comprendido. Comprender suele ser la manera más refinada de domesticar el misterio. Tampoco deseo desconcertar. El desconcierto envejece con la moda. Aspiro a otra cosa. Quiero que la palabra vuelva a ser un organismo. Que sangre. Que enferme. Que se reproduzca. Que muera para nacer en la frase siguiente con una biología desconocida. La literatura no existe para explicar el mundo, sino para impedir que el mundo termine de explicarse.
Escribo porque mi sangre piensa y mis huesos conservan fósiles del porvenir. Escribo porque el subconsciente sigue siendo la única patria donde un aliento de dioses y el maligno conversan sin necesidad de tener razón. Escribo porque toda evidencia es una superstición que ha olvidado su origen. Escribo porque desaparecer dentro del lenguaje constituye la forma más completa de existir.
El martes nunca llega. Cuando creemos tocarlo, ya ha mudado de sangre y de calendario. Vive alimentándose de los martes que vendrán y deja el resto de la semana exhibiendo la transparencia de su comedia. Mi novela pertenece a ese martes imposible. En él, la hierba piensa. El mineral recuerda. Los relojes se oxidan de tanto perseguir el tiempo. El universo aprende a leerse desde su revés. La palabra deja de nombrar las cosas para convertirse en la sustancia de todas ellas.
Que algún dios proteja este libro si consigue comprenderlo. Que algún diablo lo proteja si fracasa en el intento. Yo permaneceré en el laberinto del herbaje, esperando que una sombra, por fin, se atreva a proyectar la luz.

CAPÍTULO 1
André Breton
Observo un perro. Es un pisco. Rumia el color de otro perro con un ladrido pronto a estacionarse ante la mirada del gato maullador en la terminal de buses. Un roedor se escabulle entre la caja de cartón donde un pollo pía su tarde de pánico. El pisco, perro de plumas, da un brinco de pájaro feroz en un acto de desafío a la luz; hace rabiar al hombre del bastón y, no obstante, llena de risas al bebé que todavía duerme en el vientre de una madre.
Un pordiosero escucha el bramar del pastizal, dispuesto a extenderse sobre la desnudez de la piedra que un día golpeó su rostro mientras vagaba la angustia de haber nacido. Imágenes dentro del cristal declinan siglos de vida, mientras legiones de sombras levantan sus hocicos para saciar la sed en el pozo del espejismo.
Una tortuga anuncia cómo la muerte se acerca cuatrocientos años después de haber partido hacia el agua bendita para regresar a la orilla del polvo donde vive. La ganzúa alerta el tiempo del pescado mientras el río, bocabajo, duerme la una de un día cualquiera. Todo acontece en el recorrido del rocío ante la expresión atónita de un enano cirquero cuando la hermosa trapecista vuela hacia el infinito.
Con ladridos interminables, el perro pisco rumia la tonalidad de otro perro frente a la amenaza del gato sobre la rata, cuyo pelaje ahora sirve de alfombra en el lupanar saturado de sustancias ilícitas y del tufo de los delincuentes, en un mundo pavoroso donde la vida no es más que la sombra de sí misma.
Cuerpo de sombras. Sombra de cuerpos.
Todo constituye el telón de fondo de este teatro del acontecer, en choque cotidiano con la esfera de los siglos.
Un destello se vislumbra en el follaje. El musgo perfila la suerte del ciego mientras redacta su testamento. Deja a su amada un bastón, un perro y un pisco con el color del sol de los venados chorreándole por el hocico.
El día se inclina. Recoge monedas de la brisa y se dirige al centro comercial para comprar una sombrilla capaz de protegerlo de los aullidos agazapados en la noche.
Al mismo tiempo, siete ojos proclaman al tuerto rey de los buhoneros. Le entregan por cetro un manojo de ajo, gracias al cual impone su ley contra los vampiros compradores de poca monta, siempre al acecho en el imperio de las baratijas.
Con lentitud, el mundo se acomoda alrededor de las manos levantadas de un limosnero en el portal del bálsamo. Como los demás ancianos, observa, latido tras latido, el paso fantasmal de perros indiferentes. Penetra la realidad donde la existencia arropa la desventura: el siseo de las lagartijas en el sartén donde doran profecías; la muerte y la resurrección; el tercer canto del gallo entre los ladridos del pisco a las tres de la tarde. (Continuará…)

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