Arrierías 115
Harold Alvarado Tenorio
–
Cabaré
Que el poema la retrate
sólo como la viste cuando
quiso darse a tus ojos y a tu alma.
Hecha de la memoria de la carne,
mostraba la astucia y el candor
de quien presentía
la huella que deja otro corazón.
Así la deseabas.
Querías someterte al desdén
que promete
el oro de la juventud.
Estabas dispuesto
a sufrir el rigor de sus ojos
de hembra del mejor cabaré:
la vida.
—
Carpe diem
Extensas llanuras
de fulgor, en Lorica,
donde el mal
descuartizó cuerpos
en comarcas de usura.
Gabarra, Chengue, Salado,
Macayepo, Pichilín o Rochela
albergan los cuerpos
rotos por la avaricia.
Descuartizados y desollados vivos.
Sierras, martillo y machetes.
Imposible es amar
cuando la muerte danza
y los blancos cachorros
lucen en las playas
de Tolú y de Coveñas.
Pero nos deseamos.
Como los hermosos
Brahman, Nelore y Guzera,
vivimos un Carpe Diem.
—
Loma castellana
Amarilla y seca
como los desiertos
fue nuestra vida.
Árida será, también,
nuestra muerte.
Ni huesos ni polvo de huesos
quedarán de nuestra soberbia,
vuestra vanidad,
nuestro apetito,
vuestra ruindad,
nuestro rencor
vuestra indecente codicia
de ser peor que los otros
es decir, nosotros.
Agradezcamos,
al arte de imaginar
la posible existencia de otros mundos.
Quizás sólo allí
haya color, luz, agua y descanso.
Sólo se muere una vez.
Nosotros,
hemos muerto dos veces.
—
Oro del cuerpo
De estos labios
que te festejaron
te escapas.
Como en la canción
que oímos en
Place Gerson
mis manos,
que vistieron
de oro tu alma,
han envilecido.
Recuerda los Balenciaga,
el tufo de Chanel,
las medias, veladas,
y los cortos rosados de Dior.
Ah, y ese vino de aguja:
Blanquette de Limoux.
La herrumbre del tiempo
te repugna.
No así, el metal,
que en la puerta

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