Ramón dijo que tenía cinco años, vivía en la calle veintidós entre carreras dieciocho y diecinueve de Armenia. No eran las siete de la mañana y la abuela le pidió que fuera a comprar papas y plátanos verdes.

Para llegar a la revueltería, que estaba en la diecinueve con veintitrés, debía cruzar frente a la funeraria Central, propiedad del señor Pedro Serna, que ocupaba un local de diez metros de frente por veinte de fondo. Sus puertas eran de color verde. A lado y lado, apoyados sobre las paredes amarillas y en estantes, había ataúdes de distintos colores y tamaños. Al fondo, en la oscuridad, estaba el coche fúnebre estilo Luis XV, y a su lado, en una improvisada pesebrera, dos caballos percherones blancos, gigantescos, hermosos, encerrados tras dos guaduas que servían de talanquera, prestos a jalar el coche que vio pasar varias veces desde la ventana de su casa por la carrera diez y ocho. El olor a cagajón traspasaba las puertas, mientras los caballos bebían salvado a la vista de los transeúntes. También dijo: “a esa edad no tenía idea de que a los muertos los enterraban según su categoría”.

Al llegar a la esquina de la calle veintitrés, Ramón tropezó con la multitud aglomerada alrededor del jeep verde estacionado frente a la funeraria. Corrió porque la curiosidad de niño lo empujaba.

Se metió en medio de la gente por entre las piernas de los hombres que con los sombreros en la mano levantaban la cabeza por sobre los hombros de quienes estaban adelante.

Se aferró a los pantalones de paño de un hombre para impulsarse hacia el centro de la multitud. Recibió pisotones y empezó a oír cruce de voces:

La violencia. Eso fueron los godos. No, es venganza de los chusmeros. Vea cómo los dejaron los pájaros. Cómo es que los matan. Vienen del Cusco. Eso es por Montenegro. Dios mío, Dios mío. Esos fueron los que mataron anoche. En la cantina, sí. Dizque fue el Mosco. Sangre Negra. En la cantina. Que llegaron y los amarraron. Los picaron. Los escogieron primero. Mandaron para sus casas a otros y empezaron a machetear a los que eligieron. Eso fue ahí cerquita del puesto de policía de Baraya. Ellos se escondieron. Se volaron. Dicen que volvieron esta mañana y mataron hasta el dueño de la cantina.

Ramón dijo que siguió empujando para acercarse y ver mejor.

Asomado por entre las piernas de los adultos, sus ojos descubrieron un cadáver ensangrentado. Como pudo logró hacerse a un lado para no tocarlo e impedir que untara de sangre su ropa.  En ese momento pensó que la abuela se daría cuenta en dónde había estado, y seguro le daría una muenda.

Ya más cerca del jeep, vio una mano que colgaba desprendida de la muñeca y un brazo que apareció metido entre dos, tres cabezas. Una de pelo negro, crespo; otra con cabello rubio, tuso, y la otra también rubia pero lacia.

Llegó la policía y trató de disolver a bolillazos el corrillo.

A un lado, a un lado, vamos, rápido, gritaban, y Ramón cayó al suelo porque para dispersarse los hombres y mujeres corrieron y lo arrastraron en su huida. Se formó un círculo alrededor del jeep verde y pudo contar diez o doce muertos, apilados como racimos de plátanos.

Los habían acomodado alternando sus posiciones. Unos con la cabeza hacia la parte del chofer, que no se bajaba todavía, otros con los pies calzados, unos descalzos y otros tenían sólo un zapato. Los que tenían la cabeza hacia fuera, estaban macheteados a la altura del cuello.

Les hicieron el corte de franela, dijo una señora, y un hombre corrigió: “no, es el de corbatín”.

Ramón dijo que estaba metido en un mundo extraño, y su mente olvidó que debía comprar plátanos verdes y papas.

“No entendía lo que pasaba. Sólo veía muertos, sangre, y un chofer que no se bajaba de su jeep”.

Y por muchas noches vio en sueños al hombre ensangrentado, con los cabellos negros revueltos, y con pegotes de sangre. Vio rostros con manchas rojas y muecas de dolor; labios torcidos, abiertos y el diente de oro de un muerto de piel negra.

Los policías y algunos voluntarios comenzaron a bajar los cuerpos. Tenían las manos amarradas con correas. A uno de ellos le habían dado un machetazo en el dedo pulgar, y al momento de llevarlo al interior de la  funeraria, el dedo cayó al suelo.

Empezó a oír rezos, llantos de mujer, y salió huyendo cuando vio que a los muertos que dejaron con la  cabeza hacía el puesto del chofer, les habían cortado la cabeza, y estaban amontonadas como cocos al fondo del jeep.

Llegó a la casa sin comprar los plátanos ni las papas. Llorando contó todo a la abuela. Ella salió, tardó en regresar y sin decir palabra entró a la cocina con los plátanos y las papas.

Ramón dijo más: “Cuando me quedé toda la tarde esperado en la ventana a que pasaran con el entierro, no me atreví a preguntarle a mi abuela, que todavía lloraba a ratos y en silencio, por qué no pasaban los caballos percherones”.

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