
Arrierías 110
Umberto Senegal
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Decía venir de Comala.
Le escuché repetirlo mientras caminaba por el sendero de grava que lleva al cementerio de Spoon River.
Venía solo. Con su bolsa colgada del hombro. Llena de sobres amarillentos y cartas sin dirección clara.
“Yo reparto lo que otros olvidaron”, murmuraba.
Y el viento, que aquí sopla como arrastrando la voz del invierno, se encargaba de repetirle sus palabras y hacerlas rebotar entre las lápidas.
Llegaba siempre al amanecer.
El río allá abajo olía a frío y a metal. Las hojas secas deslizándose por el suelo como almas sin cuerpo. El cartero camina despacio. El cartero de Comala saluda a los muertos llamándolos por su nombre. Igual que si los conociera desde tiempo atrás.
“Para Richard Bone”, decía, dejando una carta sobre una piedra musgosa. “Usted, que escribía los epitafios de todos y nunca el suyo, aquí le dejo algo que viene del sur”.
Las letras de las lápidas, comidas por el tiempo parecen moverse con la brisa. El cartero se agacha. Pasa su mano por la piedra y sigue hablando.
“No sé si aún escribe, señor Bone. Pero allá en Comala también los muertos cuentan sus historias. Se parecen mucho a ustedes: todos quieren ser recordados”.
Sigue el sendero hasta donde yace Lucinda Matlock. “Para usted también hay carta”, le susurra, “dice que el amor y el trabajo fueron su alegría. Pues bien, le aviso que el mundo sigue igual: los vivos se cansan pronto y ya nadie se sienta a remendar la vida como usted lo hacía”. El aire se espesa. Por un momento el cartero cree oír una risa leve. Como si una mujer lo escuchara desde debajo de la tierra. Más allá, el sepulcro de George Gray. El mármol agrietado muestra un ancla tallada. “Aquí le traigo una carta que viene de parte del mar”, murmuró el cartero, “dice que usted temió al viento y a las olas y por eso su vela nunca se abrió. En Comala tenemos muchos como usted, don George: viven temiendo la tormenta y mueren sin haber zarpado”.
El cartero se quita el sombrero y permanece silencioso unos segundos. El sol sube detrás de los álamos llenando el cementerio de un resplandor pálido que brota desde dentro de la tierra. Luego deja una carta a Minerva Jones. “Minerva, le traigo noticias del mundo”, le dijo, “siguen hablando de justicia, pero nadie la ve. Usted murió buscando un lugar limpio donde poner su alma, y lo que encontró fue vergüenza. Allá de donde vengo también hay muchachas que lloran a escondidas. A todas les escribo, pero ninguna me contesta”.
El cartero mira alrededor. No hay nadie. Solo el ruido seco de las ramas quebrándose. “No se aflija, muchacha. A veces la vergüenza es solo otra forma del silencio”, murmura y dejó la carta entre las flores secas.
Pasa por la tumba de Doc Hill, médico del pueblo. “Aquí está su correspondencia, doctor. Los hombres siguen creyendo que curar es tapar el dolor, y no escucharlo. Tal vez por eso los cementerios crecen”. Deja el sobre entre las raíces de un rosal viejo. Más allá, en una esquina olvidada, están juntos los nombres de los asesinos y los traicionados. De los amantes y los poetas.

El cartero va dejando cartas en cada tumba. Una por una, como si su oficio fuera una plegaria:
“A Cassius Hueffer” —dijo—, “que tanto habló de Dios para esconder su miedo”.
“A Elsa Wertman, que cargó un hijo secreto toda su vida”.
“A Judge Somers, que creyó que la ley era más grande que el alma”.
“A Emily Sparks, que rezaba por un muchacho perdido”.
Sus pasos resuenan sobre el polvo.
El viento levanta girones de hojas y entre ellas, por un momento, cree ver sombras que lo siguen. El cartero no parece darse cuenta. Sigue cumpliendo con su tarea. Habla con los muertos. Explica el mundo como si fuera una carta que todavía no llega. “Vine de Comala”, dice al detenerse frente a la tumba de Amanda Barker, “allá también hay pueblos vacíos. Gente que se quedó esperando cartas que nadie escribió. Yo las llevo igual, aunque no tengan palabras. El papel en blanco también dice cosas”.
El cielo es de un gris espeso.
Los álamos tiemblan.
“Me mandaron acá porque dijeron que Spoon River aún tenía dirección postal” explicó, sonriendo, como si hablara consigo mismo, “pero parece que me dieron mal la fecha”.
Un relámpago cruza el horizonte.
El río se estremece y en el aire el murmullo de muchas voces comienza a alzarse, suave al principio, luego más claro.
Son los muertos de Spoon River.
Cada uno murmura su propio nombre. Su propia historia. Como hojas del otoño, las voces se entrelazan. El cartero, sin asombro, sigue caminando entre ellas. Su silbido se confunde con los murmullos. “Aquí están sus cartas”, repite, “todas llegan, tarde o temprano, repite. Algunas lápidas brillan con luz propia. Otras se abren apenas lo justo para dejar escapar un suspiro.
El cartero se sienta bajo un olmo.
Saca la última carta. No tiene nombre. Ni sello. Ni fecha. Solo una palabra escrita en tinta desvaída: Comala. Se queda mirándola largo rato. Luego la guarda en su bolsillo como si fuera para él. “Tal vez allá me estén esperando”, murmura , “tal vez también yo tenga una tumba con mi nombre”.
El viento sopla arrastrando las hojas hasta cubrirle los pies. En la colina, los muertos de Spoon River siguen hablando. Repiten versos y recuerdan amores y pecados y promesas. El cartero se levanta. Camina hacia el río y poco a poco se desdibuja entre la niebla, sombra que no pertenece del todo a los vivos ni a los muertos.
Cuando el sol sale, ya no está. Solo quedan las cartas sobre las tumbas. Cartas húmedas de rocío, moviéndose con el aire, leyéndose solas. Esta mañana, el sepulturero del pueblo, viejo y casi ciego, subió al cementerio y vio el extraño rastro. Sobres abiertos. Papeles blancos esparcidos por el suelo. Y en una lápida recién lavada por la lluvia, una nota escrita con letra temblorosa: “El correo de Comala cumplió con su entrega. Si alguien aún espera noticias, que escuche el viento”. El hombre miró alrededor. Nadie. Solo el rumor del Spoon River bajando lento, igual que un lamento que no acaba. Y entre este rumor, escuchó un silbido que venía desde lejos. Más allá del tiempo. Trayendo consigo el eco de dos pueblos compartiendo el mismo destino: quienes siguen esperando cartas y cuantos aún creen que las cartas pueden llegar.

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