
Arrierías 112
Lilia Magdalena Osorio
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Ricardo lideraba un grupo de médicos especialistas en medicina interna. Programó una jornada de capacitación para médicos generales y pacientes en el pueblo donde tenía una casa de campo en el departamento del Huila. Para esto, reunió veinte médicos y un fin de semana en el mes de octubre del año 1992 partimos para Puerto Amor.
Nos transportamos en varios automóviles y alquilamos una casa en el mismo condominio donde Ricardo tenía la suya. Una casa amplia, sin puertas, estilo español, con una invitadora piscina y jardines donde las mariposas y las aves se deleitaban chupando el néctar de las flores, auguraba una placentera estadía.
Un día lluvioso, a eso de las nueve de la mañana, arribamos a la casa “La Felicidad”. Pedro, el mayordomo, un hombre de estatura media, con 29 años y expresión afable, salió a nuestro encuentro y nos indicó las habitaciones para la acomodación respectiva.
En el vehículo de Ricardo iban los víveres para el fin de semana y, antes de entrar a su casa, decidió entregárselos a Pedro a través del limoncillo que conformaba una cerca viva en la parte lateral del predio. Mientras tanto, Eulalia, la esposa del mayordomo, recibía indicaciones de Magnolia, una de las participantes de la reunión, sobre los diferentes menús y la coordinación general.
Se veía un movimiento como de hormigas en la casa; unos entraban, otros salían, inspeccionaban las instalaciones con expresiones de admiración y aceptación, cuando de pronto, Magnolia escuchó una voz ronca, como de ultratumba, que decía: Alcánceme un palo que me cogió la corriente”. En ese instante, las dos mujeres se miraron sin comprender lo que acababan de escuchar. Cuando cayeron en cuenta, salieron al corredor donde Pedro yacía con los ojos exorbitados, agarrado a una cuerda en medio de contracciones musculares. Sus ojos se tornaron blanco-azulosos, la piel adquirió un tono rojizo y después negruzco. Nadie atinó a bajar los circuitos de la energía que estaban detrás de nosotros. A pesar de las advertencias de riesgo por parte de mis compañeros, dije:
—No podemos dejarlo morir así.
Tomé una madera que estaba al otro lado de Pedro, teniendo cuidado de no rozar el campo eléctrico generado por su cuerpo. La puse en sus brazos para que la agarrara, pero no respondió. Eulalia cortó el alambre con un machete. Pedro soltó la cuerda y su cuerpo perdió la tensión muscular, pero ya era tarde. Entre todos lo subieron a uno de los vehículos y lo llevaron al hospital, donde llegó sin signos vitales.
Entramos en shock y no entendimos qué había sucedido. Cuando nos calmamos y averiguamos cuál fue la causa de la muerte, encontramos que el timbre de la casa estaba entrelazado en la cerca viva y el alambre de púas. En algún sitio estaba deteriorado el recubrimiento plástico y el timbre hizo de conductor eléctrico; el charco en que se paró el mayordomo descalzo y su cabello mojado formaron un campo eléctrico donde 20 médicos no pudieron hacer nada para salvarle la vida.
En fracción de segundos, el corazón no resistió el impulso eléctrico y se produjo un paro cardiorrespiratorio que acabó con Pedro. Un insignificante timbre bastó para segar una vida en plena juventud.
Unos meses después, nos enteramos de que el dueño de la casa adujo que el accidente había sido culpa del mayordomo, porque: En ocasiones, los vecinos me informaron que Pedro se ausentaba de la finca por mucho tiempo y que había pasado el cable eléctrico por la cerca viva como medio de seguridad. Pero la víctima fue él. Yo no tengo ninguna responsabilidad.
Se negó a pagar una indemnización a Eulalia y ella partió acompañada de su pequeño hijo en busca de trabajo, con el dolor a cuestas.

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