Edición 113

UNA ORACIÓN DE PESSOA

By 31 de agosto de 2026No Comments

Arrierías 113

Umberto Senegal

Con la meticulosa y expresiva traducción del portugués al español y algunos textos del inglés, realizada por Juan José Álvarez Galán, quien también tradujo El cielo en llamas, libro de cuentos del suicida lisboeta Mario Sa-Carneiro a quien tanto admiraba Pessoa, la Editorial Gadir, de Madrid, publicó en 2008 el breve libro titulado Diarios, de Fernando Pessoa, 154 páginas para vislumbrar los inaugurales desasosiegos estéticos, filosóficos y religioso-existenciales del joven y anónimo escritor.

Ceñido extracto de textos, estos Diarios, quien los selecciona para ensanchar con otro libro la vasta bibliografía del poeta portugués, lo hace a su arbitrio. De un material multiforme, elige y resalta aquello que juzga importante. Frases y fragmentos cautivándolo. Páginas que para llenar vacíos y contribuir a la mejor comprensión del poeta, de su obra y su vida, lo impelen a especular sobre otros posibles lectores y estudiosos de Pessoa, a partir de su selección. El esotérico y reconocido ángel de biblioteca le ayuda en sus pesquisas.

Cada quien, por su cuenta y métodos de trabajo, por sus obsesiones, zozobras y monomanías con Pessoa, localiza cuanto busca tan pronto llega al real y, hoy por hoy, casi que metafórico y quimérico baúl del poeta donde este amontonaba, sin orden, millares de papeles de toda textura, tamaño y extensión, con empeño semejante que recuerda al de Robert Walser acumulando, también, sus escritos a lápiz. Millares de papeles de todo tamaño. Microgramas, los de Walser, que por muchos años fueron ilegibles e intraducibles. El literario trajín que se hizo y se hace con estos legajos de Walser, editados en gran parte, es equivalente al que se ha llevado a cabo, se hace y continuará realizándose sin descanso, con los del poeta portugués. “En una misma hoja, Pessoa solía escribir, además con una letra intrincada y diminuta, un poema y al lado un bosquejo de ensayo o una carta, y por detrás la corrección del anterior poema o varias versiones del mismo”, escribió Vila Matas.

Páginas atropelladas en su puntuación y sintaxis. Con vocablos muchas veces ilegibles e intraducibles. Deformaciones de la escritura por causa de irregularidades en soportes sobre los cuales escribía. Variada calidad de los papeles. Frases muchas veces sin concluir. Ideas desarrollándose con claridad o sin lógica aparente. Su letra manuscrita, exponiendo estados de ánimo, conmociones y percepciones bajo las cuales el poeta registraba minucioso cuanto la vida transfería a sus sentidos. Con textos suyos que no había publicado y de los cuales dudaba que alguna vez se publicarían, a veces olvidados por él mismo. El escritor no arrojaba nada de cuanto escribía. Por algún motivo literario o sentimental, a toda frase, a todo pensamiento y toda idea que se transformaban en palabras escritas, poemas, breves cuentos, reflexiones filosóficas, metáforas inconclusas y monólogos, les reconocía algún valor. Acaso intuía que, de todas ellas, por poco significativas que fueran en el momento que las escribía, emergería su gloria como escritor y poeta que poco publicó en vida.

Tal vez imaginaba que allí llegarían, a ese baúl, quienes reconocerían su genialidad. Esa pequeña e insondable bodega de madera que a lo largo de su vida acarreó de un lado para el otro. A su muerte, tal valija quedó en la casa de su hermana Henriqueta Madalena, quien la conservó casi intacta durante décadas. “Allí acudían los investigadores portugueses en los años cincuenta y sesenta muchos casi de tapadillo a causa de la dictadura de Salazar a expurgar entre los papeles del poeta en busca de tesoros literarios”, señala el novelista y periodista español Antonio Jiménez Barca.

Entre otras cosas, esta arca de metafísicas alianzas con el arte, con la filosofía y con una estética poética que conmovería la literatura mundial, contenía hojas sueltas, cartas, carpetas con libros inconclusos, poemarios, escritos inclasificables, reflexiones, cuadernos, semidiarios, confesiones, estrofas y hasta un arranque de novela policiaca que Pessoa no terminó, inspirada cuando en 1930 ayudó a un mago famoso de la época a fingir un suicidio para ayudarle a recuperar su mujer. El 27 de marzo de 1906 escribió: “Un día monótono como casi todos”, que nos remite ocho años después, 2 de agosto de 1914, a la también irrelevante apostilla de Kafka en su Diario: “Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde fui a nadar”. Desde anotaciones triviales sobre su rutina hasta fragmentos de profunda reflexión ontológica, como este de julio 25 de 1907: “Por un momento, tuve la sensación de estar perdiendo la capacidad de percibir las verdaderas relaciones de las cosas, de perder el entendimiento, de caer en el abismo de la somnolencia de la inteligencia”, el selecto volumen reúne observaciones sensibles por sus confidencias del mundo interior que Fernando comenzaba a sondear con sus palabras y versos y al cual ansiaba descender o ascender con la poesía como registro de lo absoluto. Cuando escribió: “Nunca ha existido un alma más afectuosa o tierna que la mía, más llena de bondad, de piedad, de todo lo que es cercanía y amor. Sin embargo, no hay un alma más sola que la mía; no sola, que quede claro, por circunstancias externas, sino internas”, ¿ante quién se confesaba?

 Libro fragmentado. De rara sustancia literaria en hondos sentimientos de angustia que ya aquejaban al poeta, es pórtico para irrumpir en datos poco conocidos de Pessoa, cuya obra sigue siendo macrocosmos inexplorado de textos, traducciones e interpretaciones, legítimas en su mayoría, para señalar variadas intersecciones estéticas de su poesía y la de cada uno de sus 70 o más heterónimos. Afirma el poeta y traductor argentino Rodolfo Alonso, introductor de Pessoa en Latinoamérica, luego de este ser traducido al castellano por primera vez, en Madrid 1957, por el poeta español Ángel Crespo: “Me sigue sorprendiendo la exquisita avidez, la delicada fidelidad con que tantos lectores, en esta era de banalidad globalizada, viven como descubrimiento propio, trascendente y enriquecedor, a ese gran poeta distante, multifacético, exigente y oculto”.

Además de los textos que siguen dando a conocer los eruditos e insaciables estudiosos de Pessoa, publicando en variadas traducciones numerosas páginas de su obra inédita; y descontando docenas de apócrifos que por la red saltan con su nombre, algunos de estos fragmentos pertenecen a heterónimos como Charles-Robert Anon, Alexander Search y Fray Mauricio Toro, poco conocidos para el lector lego de Pessoa, pero celebrados y destacados por sus investigadores. Los englobados en esta edición que comento, porque circula otra diferente, Diarios completos, de Fernando Pessoa, en edición de Gonzalo Torné y Hermida Editores, igual de veraz y válida, fueron escritos por Pessoa entre sus 18 y 27 años de edad, reconociéndose como “poeta impulsado por la filosofía, no un filósofo con cualidades poéticas”, a quien le fascinaba “observar la belleza de las cosas y dibujar lo imperceptible, lo minúsculo, que define el alma poética del universo”.

El 11 de mayo de 1906 se aflige porque considera que “es una desgracia no tener máquina de escribir”. Las Underwood No. 5 que veía en algunos sitios por donde transitaba y cuyo repiqueteo era música para sus oídos, debía considerarlas inaccesibles por sus altos costos. ¿Qué habría pensado y escrito, qué otro sorprendente heterónimo conectado en esta época con la tecnología, habría creado Pessoa con un celular en sus manos, consultando la IA? Caminando retraído por “plazuelas solitarias, intercaladas entre calles de poco tránsito, y sin más tránsito, ellas mismas, que las calles”. Tal vez corrigiendo sus textos en tal celular. ¿Qué habría preguntado a la IA de ChatGPT? En particular, ¿qué clase de diálogo le habría mantenido la IA al joven Fernando con sus preguntas sobre la vida y la muerte, la belleza, la poesía y las obsesiones esotéricas, la soledad y el paisaje interior o el exterior?

He aquí, entonces, el ejemplo humano de Pessoa para esa especie de poetas enorgulleciéndose de ser ajenos a la poesía para no modificar sus propios pensamientos y versos. O que en un mes no leen más de un libro del género, considerando que escribir poesía y sentirla es un acto de inspiración y nada más. O con provocaciones seudoliterarias emergiendo de las nauseabundas marismas de la droga y el alcohol, de los derivados del fentanilo, cannabis, drogas de diseño, tabaco o éxtasis. Expresa Pessoa: “He decidido leer, de aquí en adelante, dos libros cada día -uno de poesía o literatura, el otro de filosofía o ciencia”. Escribió Pessoa: Con una falta tal de gente con la que coexistir, como hay hoy, ¿qué puede un hombre de sensibilidad hacer, sino inventar sus amigos, o cuando menos, sus compañeros de espíritu?”.

 Resalto aquí un sereno fragmento místico del joven Pessoa, quien tenía 20 años de edad cuando lo escribió en su Diario. Se dirige a la divinidad, como la entendiera él por aquellos años. Figura entre sus textos de 1908, octubre 30. Sin título. Quienes lo hemos leído, le rubricamos el encabezamiento de Oración. Traducido por Juan José Álvarez Galán. No se aclara cuál heterónimo lo escribe. Aún no había nacido Alberto Caeiro al cual se lo podría atribuir. Sin embargo, considero a este, de los heterónimos que irían adelante o atrás, solos o acompañados por Pessoa, distanciados entre ellos mismos o lejanos del poeta, el heterónimo que ha podido escribirla, pronunciarla y sentirla más allá de cualquier sesgadura religiosa. Son pocas las traducciones que de tal fragmento existen al español. Me tomo la libertad de disponerlo en versos y no con su prosa original y agregarle la palabra compasión, en un verso que circula sin ella porque los estudiosos no la entienden o no está en el manuscrito original. Discúlpenme los especialistas de Pessoa estas dos licencias.

Este místico texto parece escrito no por un casi adolescente, sino por un hombre de profundo discernimiento teológico interior e intensas meditaciones espirituales sobre la presencia de Dios en el individuo y el mundo. Si tuviera que atribuírselo a alguno de los principales heterónimos de Pessoa, lo reitero, sin la menor duda lo adjudicaría al joven Caeiro, absorto en el florecimiento de algún árbol. Agradecido con el mundo que habita, deslumbrado con la caída de una hoja o escuchando el murmullo de las aguas de algún arroyuelo:

“¡Señor, tú que eres el cielo y la tierra,

que eres la vida y la muerte!

¡El sol eres tú y la tierra eres tú y el viento eres tú!

Tú eres nuestros cuerpos y nuestras almas,

y nuestro amor, eres tú también.

Donde tú habitas, donde está todo, está tu templo.

Dame vida para servirte y alma para amarte.

Dame visión para verte siempre

en el cielo y en la tierra, oídos para oírte en el viento

y en el mar, manos para trabajar en tu nombre.

Hazme puro como el agua y alto como el cielo.

Que no haya barro en los caminos de mi pensamiento

ni hojas muertas en las lagunas de mis propósitos.

Permite que ame a los demás como hermanos

y te sirva como a un padre.

Sé digno de ti en mí.

¡Bendito sea tu nombre de Cielo y de Tierra,

de Cuerpo y de Alma, de Vida y de muerte!  

¡Que mi boca te alabe y mis manos te alaben!  

Que mi vida sea digna de tu presencia.

Que mi cuerpo sea digno de la Tierra, tu carne.

Que mi alma pueda parecer ante ti

como un hijo que vuelve al hogar.

Hazme grande como el Sol

para que pueda adorarte en mí;

hazme claro como el día

para que pueda verte y adorarte en mí.

Señor, protégeme y ampárame. Haz que me sienta tuyo.

Señor, líbrame de mí. Úngeme con tu divina compasión.

Que mi pomar dé frutos sabrosos para Ti y mi viña dé vino.

Cuando me muevo, eres tú el que se mueve,

cuando hablo, eres tú el que está hablando.

Cuando doy un paso, eres tú el que avanza.

Cuando me paro, sales de mí”.

En portugués:

“Senhor, que és o céu e a terra, que és a vida e a morte! O sol és tu e a lua és tu e o vento és tu! Onde nada está tu habitas e onde tudo está – (o teu templo) – eis o teu corpo. Dá-me alma para te servir e alma para te amar. Dá-me vista para te ver sempre no céu e na terra, ouvidos para te ouvir no vento e no mar, e mãos para trabalhar em teu nome. Torna-me puro como a água e alto como o céu. Que não haja lama nas estradas dos meus pensamentos nem folhas mortas nas lagoas dos meus propósitos. Faze com que eu saiba amar os outros como irmãos e servir-te como a um pai. […] Minha vida seja digna da tua presença. Meu corpo seja digno da terra, tua cama. Minha alma possa aparecer diante de ti como um filho que volta ao lar. Torna-me grande como o Sol, para que eu te possa adorar em mim; e torna-me puro como a lua, para que eu te possa rezar em mim; e torna-me claro como o dia para que eu te possa ver sempre em mim. Senhor, protege-me e ampara-me. Dá-me que eu me sinta teu. Senhor, livra-me de mim”.

Fernando Savater recomienda los Diarios completos, de Fernando Pessoa en la edición de Gonzalo Torné. Ediciones Hermida 278 páginas: “Uno de los atractivos que alimentan su precisa e iluminadora prosa es la condición de infinitud, y ahora ya no tanto en la cantidad, sino en la multiplicidad de los significados que de ella –casi de cualquier fragmento, por corto que este fuere– se pueden derivar”. Muy pocas traducciones de este texto de Pessoa al español, he hallado por la red. No resisto incluir aquí, para completar mis apasionadas anotaciones, esta urbana y citadina, pasmosa imagen de las calles nocturnas en Lisboa, descritas por Pessoa en sus Diarios y que no incluye Juan José Álvarez en la traducción que cito. Hace parte de la selección más completa editada por el novelista y traductor barcelonés Gonzalo Torné, cerca de 300 páginas, la cual puede leerse como complemento de la primera:

“Al anochecer, estas calles están dominadas por una sensación de calma que no significa nada; de día quedan bajo la influencia de un bullicio que tampoco significa nada. Me miro: de día soy nulo, es de noche cuando soy yo mismo. La única diferencia entre las calles y yo es que ellas son calles y yo soy alma, pero, ¿qué vale esta diferencia si pensamos en lo esencial de las cosas?”.

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