Arrierías 115
Ernesto Lucena Quevedo
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A esta tierna edad, sigo encontrando motivos para asombrarme. Uno de ellos es Anne Carson, escritora canadiense cuya obra me invita a volver sobre una pregunta que los años no han resuelto: ¿por qué aquello que nos hace tan felices también puede hacernos sufrir?
En Eros dulce y amargo, Carson explora esa contradicción desde la literatura y la filosofía griegas. El deseo nace de lo que nos falta. La persona amada nos atrae, pero la distancia, la incertidumbre y el temor a perderla pueden convertir el placer en desasosiego.
Los antiguos ya conocían esta mezcla. Safo encontró en Eros dulzura y amargura. Nosotros seguimos descubriéndolas, aunque hoy cambiemos las cartas por mensajes y midamos la ansiedad mirando si aparecen dos señales azules.
Como hedonista ético, me pregunto dónde termina el goce y comienza la dependencia. Mi propuesta —gozar, dejar gozar y hacer gozar— encuentra aquí una prueba exigente. Es fácil defender la libertad del otro mientras coincide con nuestros deseos. La dificultad aparece cuando esa libertad nos contradice.
He vivido tres matrimonios y considero que fui feliz durante la mayor parte de cada uno. También conocí el dolor de las separaciones. Esa experiencia me impide reducir una relación a su desenlace: un amor que termina puede haber dado muchos años de felicidad verdadera.
Mi reflexión, a partir de Carson, es que debemos distinguir entre amar a alguien y exigirle que calme todas nuestras carencias.
Ninguna persona puede cargar indefinidamente con la obligación de completarnos.
Epicuro entra entonces en mi conversación de café: ¿cuánto placer merece perseguirse si su precio es perder la tranquilidad? Cada cual tendrá que responder desde su experiencia, sin convertir la prudencia en miedo a vivir.
A mis ochenta y cinco años, sigo pensando que el corazón conserva su capacidad de sorprendernos. Quizá la madurez consista en disfrutar esa posibilidad y reconocer sus riesgos.
El amor puede ser dulce y amargo. Mi aspiración es que también sea libre, recíproco y generoso. Que su dulzura no dependa de someter a nadie y que su amargura no nos quite las ganas de vivir.
11 de octubre de 2026

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