Arrierías 115

Mario Ramírez Monard

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Es evidente que la alta tecnología actual, más la falta de interés de la población colombiana (para no extendernos hasta gran parte del planeta habitado), hace que la historia de los pueblos —su simbología, la solidaridad, el sentido de pertenencia o raigambre— haya sido desplazada a un segundo plano y el conocimiento de los entornos donde se desarrolla la vida cotidiana parece carecer de importancia, aun en el ámbito familiar, escolar.

Es justo reconocer que existen algunos lugares o regiones donde la gente actúa unida y las propuestas de desarrollo se convierten en un objetivo general, y esto se da, especialmente, en pueblos pequeños y, como por encanto, desaparece en las medianas y grandes ciudades. Por supuesto, esta forma de ser existía en mi pueblo, Caicedonia, pero partidos políticos, el poder y el desengaño fueron minando ese portentoso civismo que antes teníamos, cuando sin importar riqueza, formaciones académicas, religión o avasallamiento generado por el poder, actuábamos como uno solo, como verdaderos caicedonitas bajo la dirección de portentosas matronas y grandes personajes cívicos; nos uníamos para formar comités y patrocinar el desarrollo del hospital, en la construcción o mejoramientos de escuelas y colegios, en el embellecimiento de nuestra iglesia del Carmen fundada por pioneros que dieron la tierra para su construcción y siempre, hasta hace décadas atrás, los convites PRO eran la esencia de nuestro civismo, de nuestra cotidianidad, de nuestra razón de ser.

Ya no somos lo que éramos. Nuestro pueblo fue convirtiéndose en un marco geográfico donde algunos no trabajaban para ser más grandes como comunidad, sino para su beneficio personal y/o para cautivar votos que fueron obligando al municipio y sus habitantes a estar al servicio de un sector partidista, pero no para luchar por su desarrollo general, sino para negar u objetar una acción cívica de participación por “no ser de nuestro grupo o de nuestro directorio”, como si los caicedonitas no fuéramos una unidad, sino una pequeña legión de dueños del poder, como en la época medieval.    

Hay mucha polarización política en Colombia, aupada por los mismos partidos, repitiendo así épocas aciagas de violencia que no queremos recordar por todo el sufrimiento que vivimos cuando murieron personas inocentes como producto de esa perversa división política donde murieron muchos líderes caicedonitas de los dos bandos por el “pecado” de no pertenecer a determinada secta. No queremos repetir esa historia.

En Caicedonia queremos recuperar la actividad cívica que nos conduzca al rescate de la cultura, del sentido de pertenencia, y así va caminando una idea que todos los días toma más fuerza, idea liderada por un hombre cívico de intachable ética privada y pública, el doctor Luis Fernando Arbeláez. Y Arrierías estará ahí, con ese inmenso grupo de verdaderos ciudadanos caicedonitas que debemos apoyar. Me atrevo a asegurar que Caicedonia, todos unidos, tiene un gran futuro.

En Notas de Redacción ampliaremos esta necesaria e importante actividad para que Caicedonia sea una sola, caminando hacia un porvenir con dignidad. ———-

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