Crónicas de mi pueblo. Una mañana de café y recuerdos con Mario Giraldo.
Arrierías 115
Fabio Velásquez Vega – Mario Giraldo Giraldo
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Parte I.
Me senté una mañana con mi amigo Mario Giraldo en un café en la plaza principal de Caicedonia, de esos lugares donde el tiempo parece transcurrir sin afanes, mientras el aroma de un buen tintico se mezcla con las conversaciones y los recuerdos de otros tiempos.
Entre sorbo y sorbo, y mientras la mañana avanzaba al ritmo pausado de nuestro encuentro, Mario comenzó a desempolvar las historias de un Caicedonia que muchos llevamos en el corazón: aquel pueblo de los años sesenta y setenta, cuando los sábados tenían un encanto especial, las calles se llenaban de vida y sus personajes eran parte inseparable del paisaje cotidiano.
Su relato me fue llevando por caminos de la memoria. Aparecieron los toldos de la plaza de mercado, los campesinos que llegaban desde sus fincas, los cargueros con sus canastos de bejuco y aquella calle principal que parecía tener vida propia. También desfilaron personajes pintorescos, pregoneros, adivinos, culebreros y tantas otras figuras populares que convertían cualquier recorrido por el pueblo en una aventura inolvidable.
Y, por supuesto, surgieron las historias de la noche, de los lugares que marcaron una época y de aquellos personajes que hicieron parte de una vida social que hoy merece ser recordada y contada.
Escuchando a Mario, comprendí que no estábamos hablando simplemente de cosas que sucedieron hace muchos años. Estábamos recuperando fragmentos de nuestra propia historia, de una época en la que las calles tenían personalidad, los apodos identificaban a la gente mejor que los documentos y cada esquina guardaba una anécdota digna de ser contada.
Porque los pueblos no se construyen solamente con casas, parques y caminos. También se construyen con las voces de sus habitantes, con sus costumbres, con sus personajes y con esas pequeñas historias que, aunque parezcan insignificantes, terminan definiendo el alma de una comunidad.
Por eso quiero compartir con ustedes estos relatos que Mario Giraldo fue evocando aquella mañana, mientras disfrutábamos de un aromático tintico en nuestro querido Caicedonia.
Son recuerdos de un tiempo que ya pasó, pero que permanece vivo en quienes tuvimos la fortuna de conocerlo y en quienes, sin haberlo vivido, merecen descubrir cómo era la vida en aquel pueblo que sigue habitando nuestra memoria.
Los invito a recorrer estas páginas sin afanes, como quien se sienta a tomar un café con un viejo amigo, dispuesto a escuchar las historias de un Caicedonia que no debemos dejar desaparecer en el olvido……
Crónicas de un pueblo que vivía en sus calles
Hay pueblos que se recuerdan por sus casas, por sus parques o por sus montañas. Pero hay otros que se quedan para siempre en la memoria por sus personajes, por sus costumbres y por aquellas pequeñas historias que, con el paso de los años, terminan convirtiéndose en leyendas.
Así era Caicedonia en los años sesenta y sesenta. Un pueblo de puertas abiertas, de calles concurridas y de gente que se reconocía a la distancia. Un lugar donde los sábados tenían un sabor diferente, donde el día de mercado era una fiesta popular y donde bastaba salir a la calle para encontrarse con un espectáculo que ninguna televisión habría podido igualar.
Porque Caicedonia no solamente se recorría: ¡se vivía!
El sábado: cuando el pueblo entero salía a la calle
Desde muy temprano, Caicedonia comenzaba a despertarse con un movimiento único y especial. El sábado era el día del mercado, y la calle principal se transformaba en un hervidero de voces, pasos, animales, mercancías y personajes que parecían salir de todos los rincones de la región.
Los campesinos llegaban desde sus fincas y veredas, algunos a pie, otros a caballo, cargando sobre sus espaldas los productos de la tierra o trayendo consigo las historias de la semana. Muchos aprovechaban la visita al pueblo para comprar lo necesario, encontrarse con los amigos, tomarse un tinto, unas cervezas o la canequita de Blanco del Valle y enterarse de las últimas noticias.
Porque en aquellos tiempos no existían las redes sociales, pero Caicedonia tenía su propio sistema de comunicación: la conversación de esquina, el comentario de tienda y el chisme que viajaba más rápido que una noticia por la radio.
¡Y vaya uno a saber cuántas versiones tenía una misma historia cuando llegaba a la otra punta del pueblo!
La calle principal se llenaba de gente. Los comerciantes atendían sus negocios, los compradores regateaban los precios y los vendedores anunciaban sus productos con voces que se mezclaban en una algarabía inolvidable.
Había olores para todos los gustos: el de la carne fresca, el de las verduras recién traídas del campo, el de las frutas maduras y el de las fritangas o el caldo de pajarilla que levantaba muertos y que tentaban hasta al más desprevenido.
Los toldos del mercado eran el corazón de aquella actividad. Allí se compraba, se vendía, se conversaba y, sobre todo, se encontraba la gente.
Las madres de familia llegaban con sus bolsas, sus listas mentales y esa capacidad extraordinaria para estirar el dinero hasta donde parecía imposible. Sabían dónde estaba la mejor carne, quién tenía las verduras más frescas y cuál vendedor podía rebajar unos pesos si se le hablaba con suficiente amabilidad.
El mercado era, además, una escuela de economía doméstica en la que las mujeres eran verdaderas maestras. Y mientras ellas escogían los productos, los niños miraban todo con ojos curiosos, esperando que les encargaran una compra o les permitieran acompañarlas en aquel recorrido lleno de aventuras.

Plaza de mercado, mediados del siglo XX. Tomada de Facebook Mario López.
Pero había un personaje que resultaba indispensable para completar la jornada: el carguero.
El carguero: un personaje que conocía el pueblo mejor que nadie. Cuando la madre terminaba de hacer el mercado, llegaba el momento de llamar al carguero. Era un trabajador conocido por todos, un hombre que recorría las calles con la naturalidad de quien conocía cada casa, cada familia y cada rincón de Caicedonia.
Su herramienta de trabajo era un gran canasto de bejuco, tejido con la resistencia necesaria para soportar el peso de las compras. El canasto tenía su cincha y su pretal, elementos que permitían sujetarlo al cuerpo y distribuir la carga para emprender el recorrido.
Allí iban a parar las libras de carne, los tomates, las cebollas, las papas, las verduras, algunos granos y todo aquello que las madres habían comprado para alimentar a la familia durante los siguientes días.
Cuando el mercado estaba completo, el carguero acomodaba cuidadosamente los productos, se ajustaba el canasto y emprendía la marcha.
Lo curioso era que muchas veces no necesitaba que le dieran mayores indicaciones.
—¡Lléveme este mercadito para la casa, por favor!
Y el hombre salía tranquilo, como si llevara un mapa dibujado en la memoria.
¿La dirección? No hacía falta.
—Usted sabe dónde vivo. La casa de la esquina, pasando donde don Fulano. Y con eso bastaba.
En aquel Caicedonia pequeño y familiar, las personas se conocían por sus nombres, por sus apellidos, por sus parentescos y hasta por los apodos que habían heredado de sus padres o que se habían ganado en alguna travesura juvenil.
El carguero conocía las casas, sabía quién vivía en cada una y podía llegar a su destino sin necesidad de preguntar dos veces. Era una confianza que hoy parecería extraordinaria: el mercado salía de las manos de la madre y llegaba a la cocina de la casa sin que ella tuviera que acompañarlo.
Mientras tanto, el carguero seguía recorriendo las calles, saludando a unos y conversando con otros, con el canasto bien sujeto y el paso firme. No necesitaba GPS, aplicaciones ni instrucciones detalladas. ¡Su navegador era la memoria de todo un pueblo! Y aunque pocas veces se hablaba de la importancia de su oficio, aquel hombre era parte fundamental de la vida cotidiana. Gracias a su trabajo, las madres podían terminar sus diligencias y regresar a casa con la tranquilidad de saber que las compras llegarían completas.
Era uno de esos personajes que sostenían la vida del pueblo sin reclamar protagonismo.
Los mandados: la aventura de los niños y los jóvenes
Para los niños y los jóvenes, salir a hacer un mandado los sábados era mucho más que cumplir una orden de los padres. ¡Era una oportunidad para escaparse un rato de la casa y descubrir el mundo!
La madre podía entregar unas monedas y una instrucción muy sencilla:
—Vaya, me compra esto y me trae las vueltas completas.
Pero entre la salida y el regreso podían ocurrir tantas cosas que el mandado terminaba convertido en una pequeña expedición.
La calle principal estaba abarrotada. Los campesinos se cruzaban con los compradores, los vendedores llamaban la atención de sus clientes y los curiosos se detenían frente a cualquier novedad. Siempre había algo que mirar.
Y lo mejor era que los niños no tenían que pagar entrada para disfrutar del espectáculo. Bastaba con caminar despacio, abrir bien los ojos y dejarse llevar por la curiosidad. Uno podía detenerse ante un vendedor de dulces, observar a un hombre que exhibía alguna mercancía extraordinaria o quedarse hipnotizado frente a los personajes que convertían la calle en un escenario.
El problema era el reloj. Porque mientras el muchacho se entretenía con las maravillas del mercado, en la casa la madre empezaba a preguntarse qué habría pasado con el mandado.
—¿Y este muchacho dónde se habrá metido?
La respuesta, casi siempre, era la misma: estaba en la calle, mirando algo que no podía perderse.
Y es que aquellos sábados ofrecían una diversión espontánea, sin pantallas ni aparatos electrónicos. La calle era el espectáculo, el pueblo era el escenario y sus habitantes eran los protagonistas.
El adivino y sus pequeños mensajeros.
Entre los personajes que atraían la curiosidad de la gente estaba el hombre que adivinaba la suerte con la ayuda de unos pequeños loritos.
Su presentación tenía algo de ceremonia y algo de misterio. El hombre llevaba un recipiente cuadrado del cual salían pequeñas cartas que, según prometía, contenían mensajes para quienes deseaban conocer lo que les deparaba el destino.
El procedimiento era sencillo, pero para los espectadores tenía una magia especial. El cliente pagaba, el hombre preparaba la escena y uno de aquellos loritos se acercaba al recipiente para sacar una carta con el pico. ¡Y allí comenzaba el misterio!
La persona recibía su papelito y se disponía a descubrir qué le anunciaban los poderes de aquella consulta. Tal vez la carta hablaba de prosperidad, de un viaje, de un dinero que estaba por llegar o de un amor que aparecería cuando menos se esperaba.
Los curiosos se arrimaban para observar el procedimiento. Algunos se reían, otros escuchaban con atención y no faltaba quien se tomara muy en serio las predicciones.
Los niños miraban maravillados a los loritos, preguntándose cómo podían saber aquellos animalitos qué carta debía sacar cada uno. El adivino, por su parte, mantenía el misterio con la habilidad de un verdadero artista callejero.
En aquella época, cuando la vida cotidiana tenía menos distracciones y las novedades se convertían rápidamente en acontecimientos, estos personajes conseguían reunir a su alrededor a un pequeño público dispuesto a dejarse sorprender. Y aunque nadie podía garantizar que el futuro estuviera escrito en aquellas tarjetas, lo cierto era que el espectáculo tenía un encanto indiscutible.
Por unos minutos, la calle principal se convertía en un escenario donde la curiosidad, la superstición y la diversión caminaban de la mano.

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