Arrierías 115

Carlos Alberto Agudelo Arcila

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CAPÍTULO 4

Gabriel García Márquez

Heridas. Presagios. Años después. Derrotas. Apariciones. Muertos. Giros absolutos. Mundo categórico. Grietas. Abuelos. Personajes paralelos. Afectos irrevocables influyen en la tarde de los refugios. Huellas. Nostalgias.

Se acumulan los secretos.

Y ve subir al cielo la sabana de ella.

Y a ella.

Remedios baja y se posa sobre el alambrado sin fin. La cubre el azul lejano del mar y las ausencias atroces de sí misma.

Mira hacia los costados. Un pañuelo en la esquina del polvo arrastra la memoria del lugar. Endurece el rostro hasta perder la mirada en la hondura de la fragancia del viento circundante.

Nadie pregunta por ella.

La casa acaba de perder sus puertas y sus ventanas, construidas sin que se dieran cuenta quienes habitan en ella.

Sí.

Ruinas entre esferoides inconclusos.

Lo imposible se torna serio de manera indefinida. La mirada puesta en el tornasol se revela brutal: la tinta aparece dentro del frasco y deriva contra el vidrio. Palabra a palabra, el mundo de esta estancia se suelta. Caen debajo de la mesa. Quedan pegadas a las paredes, a las sillas, a los trozos de vidrio de la lámpara recién quebrada.

Ciertas palabras respiran con vida propia.

Camina en silencio hacia el aire y se pierde, ángel disipado entre el vaho crepuscular.

Cordón umbilical:

Ahorcamiento.

Salvación en la sangre.

El primer grito salta a la superficie y abraza otro grito recién salido de las entrañas de la tierra. Murmullo a murmullo, crece el entorno del bahareque hasta revertir la grieta en relente del lenguaje. Palmas amargas tallan el horizonte de arriba.    

Cien soledades: sin tiempo.

Años de gatos y burros.

El amarillo circunda la noche y salta el vuelo hasta el vagón de fantasmas desahuciados. Se escucha el silbido del viento sin rumbo cuando viaja solitario entre luces de luciérnagas. El abuelo espera hasta recibir una carta donde dice: mariposas mensajeras llegarán a las dos de aquel tiempo perdido en la memoria de sus ancestros.                                               

El pueblo se espanta hasta esfumarse en el lenguaje de los lémures.

Nadie regresa.

Nadie.

Nadie…

Eva avanza por el camino de las entrañas polvorientas de maullidos. De la primera a la tercera imaginación aparece el mutismo mayor: no se desvanece en su recorrido eterno. 

Diccionarios en la base de la hoja seca.

Tranquilina se vacía en las entrañas de Úrsula Iguarán. 

      CAPÍTULO 5

  Octavio Paz

Han Kang: sí…

                                                              Han Kang: Sí… Hoy es el día de la carne única, Yeong Hye. La carne conecta con el alma de vivos y muertos.  Se requieren Actos humanos para impedir la masacre y luego escribir El libro blanco. Su hermana ya lo sabe, Han. La consecuencia del tormento es impredecible. Fantástico mundo después del silencio, donde se teje el año 2024; para más tarde, Decir adiós es imposible.

Hoy es el día de la peste, de silencios sobresaltados y de sentir como los años se acercan al desagüe de su propia nada. Es momento para abrir la puerta a un mundo paralelo, donde se vive el instante como duración impar en un tiempo incierto. Es el día perfecto para medir distancias entre hojas aire abajo, desde aquí hasta el otro lado del continente, y para contemplar el salivar insensato y el momento sin nombre —o quizás el del anciano en la penumbra.

Es un día de lágrimas por los anfibios sin acercarse a la frontera del polvo y del humo en la olla vacía, donde la indicación carece de perspectiva, y la hambruna se siente en la calle fantasmal, en nidos sin construir. Un día listo para dar albergue a la muerte, junto al arnés de cristal.

Hoy es el día de la grieta por donde brotan garras y miradas alucinantes. Un día putrefacto, de estertores pavorosos y de sombras enclaustradas. Es un día para escribir prosas y lenguajes poéticos sobre la rotación del pan, la sopa mitológica en el olfato del pordiosero o el eco del concierto danzarín en el pedrusco. Hoy, queda repleto el bosque de árboles secos.

Las masacres son noticia, un eco constante desgarra el silencio. Se apaga la esperanza. Se asfixian los entornos. Se busca espantar a las almas con el olor a podredumbre y abrir el conducto por donde descienden el álamo negro, aullido-muerto y el amo sin vida: tiempo apocalíptico.

Hoy es el día de sustraernos de nosotros mismos y de dejar la mente en blanco y cifrar en el ser su esencia original y de vigilar la garganta para no pronunciar nada y percibir de lejos el gesto y lanzar sonrisas dos metros antes de la presencia abismal y luego girar la palma de la mano para decir adiós… adiós… adiós… No se sabe hasta cuándo y no se sabe hasta dónde y no se sabe si para siempre ni tampoco se sabe cómo decir adiós.

Hoy es el día de dar pasos firmes hacia la pierna amputada, de fraguar recuerdos a la memoria lenta del ladrido concentrado en la fisura del viento, del equilibrio en la punta del lápiz, del diente de león en las fauces del cocodrilo hambriento, del revestimiento donde habita la mujer hija del sol ante el paso de sombras somnolientas, del siglo por venir, del grito sin resonancia, del día sin pasado, del día imposible de ignorar, de la historia al revés, del día sin timón, del salto de una realidad a otra, del llanto primigenio, del día para partirle sus tinieblas al día a día, del día vacío de sí mismo, del impulso hacia otro caminar, del rocío de sangre, de la víscera del tiempo en pedazos, de las tumbas donde reposan historias para nunca más recordar, del tufillo a yerba húmeda, de dioses insensibles ante el dolor de los mortales, del día sin similitud a día alguno, del día con hiel disuelta en la hogaza de temporadas remotas, del día incógnito…

Hoy es el día de siempre, pronto a perder su luz en el portón abierto de la noche.

Han Kang: sí… hoy es…

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