(fracebal@yahoo.com)

Con alguna frecuencia, aquí en Génova, una de las observaciones panorámicas del poblado la constituía ese mirar a la distancia las manchas blancas que indicaban que allá estaba el viejo cementerio, camposanto que albergó los cuerpos inertes de un alto número de personas, y que tuvo una actividad sin igual por allá en las décadas de los 50 y 60.

El cementerio, iniciativa de las Iglesia a través del sacerdote Ismael Valencia, se adecuó en un terreno poco pedregoso en lugar cercano a la quebrada La Coqueta, vereda del mismo nombre en espacio perteneciente a la mejora que allí había establecido el señor Marcelino González.

Mausoleos como este se distribuían en el área del cementerio, como activos de familias pudientes que allí dejaban los restos de sus seres queridos.

Por la época un incipiente carreteable, apenas si un camino llevaba hasta el lugar separado del casco urbano, por lo que siempre, en esos tiempos de juventud, cuando no sabíamos medir espacios considerábamos una gran distancia. Poco antes de llegar al sitio, después de lo que calificábamos como un largo caminar, el desvío se hacía por un rústico trecho para cruzar una pequeña y límpida quebrada, la que se hacía más grande y a veces imposible de pasar en la época de invierno, y subiendo una pequeña cuesta cubierta de prado encontrar de manera primaria, como una muestra viva antes de la muerte, una fonda y vivienda de quien se desempeñaba en la tarea de sepulturero y quien allí vivía en compañía de su esposa.

El caminar por el lugar siempre cargaba sus riesgos, en verano era el polvo que se levantaba a lo largo de la vía; en la temporada invernal el lodo cubría los zapatos haciendo difícil el caminar, aparte del natural temor que, para nosotros, a la sazón jóvenes imberbes, representaba siempre llegar al camposanto, lugar que por tradición mantiene en muchas bocas historias atemorizantes.

Por allí se ingresaba al propio camposanto, cruzando una cerca de alambre, obviando casi siempre la entrada principal que se encontraba sobre un camino que conduce a una de las fincas de la zona, lugar en la que las imágenes de dos ángeles simulando el toque de cornetas anunciaban el fin de la vida terrena.

Bóvedas en diferentes lugares servían como cerramiento del camposanto, guardaron por años restos de fallecidos.

Sobre el mismo terreno, en esa área exterior, se habilitaban algunas fosas en tierra y en las cuales eran sepultadas aquellas personas que por decisión propia se hubieran quitado la vida, era el sitio predeterminado para los suicidas. La iglesia católica, única promotora de los servicios de entierro de los muertos y a la vez propietaria del amplio terreno no permitía que los fallecidos por acción propia fueran sepultados en otra zona.

Ya dentro del cementerio, en la parte superior limitante con uno de los cafetales del área, se erigían una serie de bóvedas construidas en ladrillo y cemento, más o menos con una altura que daba cabida entre cuatro o cinco nichos, y la que más de las veces los curiosos la copaban en medio de ese morbo que significaba darle el último adiós a una persona, y desde las cuales se dominaba todo el campo.

A lo largo y ancho del mismo, construidos de manera particular se levantaban mausoleos familiares, mientras que, en la mayor parte de los espacios, sin mucho orden, se levantaban pequeñas cruces acompañadas de lápidas que indicaban que allí reposaban los restos mortales de una persona, y muchas de las cuales dejaban ver el paso del tiempo o del abandono a que estaban sometidas por los deudos.

Nuestra familia era poseedora de uno de estos especiales monumentos mortuorios, y con alguna frecuencia, casi una vez por mes, el abuelo José Miguel Franco Osorio hacía la convocatoria para algunos hijos y un buen número de nietos, con el fin de desplazarnos hasta el lugar y hacer la limpieza de las tumbas. Por lo general esta actividad se cumplía el día sábado, y con algunas herramientas propias, pintura en ocasiones, cumplíamos el extenso recorrido hasta el camposanto.

La tarea no daba tregua, horas después concluíamos la labor que era premiada con el compartir de un refresco, casi siempre entre dos en la fonda del lugar, donde don Emilio Tamayo, quien era el sepulturero, atendía el lugar en compañía de su esposa. Era don Emilio de origen antioqueño, moreno, alto, escaso de pelo, de voz fuerte y una risa contagiosa. Siempre decía que le tenía más miedo a los vivos que a los muertos, y por años desempeñó la tarea de enterrar a los difuntos viviendo en las inmediaciones del cementerio y en una época cuando todavía no se contaba con el servicio de energía eléctrica. De manera irónica, años después, cuando ya operaba el cementerio nuevo en zona perimetral del municipio, al fallecer don Emilio, debió el oficiante sacerdote hacer un urgente llamado para que algunas almas caritativas llevaran su cadáver al recinto final.

En el viejo panteón quedaron marcadas muchas de las historias de la violencia que azotó la región, y con frecuencia el desfile fúnebre que partía desde el templo era acompañado por el sacerdote hasta la plazuela, lugar donde hoy se levanta la galería.

“Cruces dispersas a lo largo y ancho del camposanto mostraban en alto número las tumbas abiertas en tierra.

Desde allí y con menos formalidades, en hombros de amigos y voluntarios, el o los cadáveres eran conducidos hasta el camposanto, para que don Emilio, quien advertido a hora temprana sobre el suceso, ya había abierto la o las fosas respectivas o preparadas las bóvedas donde descansarían los restos mortales que iban llegando.

Hoy, desde el mismo espacio de la plaza donde antaño veíamos refulgir el blanquecino color de las tumbas, este ya no se nota. Se ve el verde de la vegetación que cubre lo que ayer fuera ese espacio que recibió los cuerpos sin vida de un alto número de personas, y de cuya mayoría a más de haber perdido la vida, de seguro entre las gentes también se han perdido sus recuerdos.

Cercando partes del cementerio se erigían grupos de bóvedas, el destino final de las decenas de difuntos allí sepultados.
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