Edición 112

TIEMPOS VIEJOS

By 26 de julio de 2026No Comments

Arrierías 112

Jairo Sánchez

¿Dónde están los muchachos de entonces?

¿Barra vieja de ayer, dónde están?

Tiempos Viejos, Francisco Canaro.

Juventud, divino tesoro,

¡te fuiste para no volver!

Cuando quiero llorar, no lloro…

y a veces lloro sin querer…

Canción de otoño en primavera, Rubén Darío.

Como este bardo describe la existencia, de igual manera se presentan, bajo cualquier pretexto, los recuerdos que van desfilando trayéndonos momentos que creíamos olvidados de una juventud que jamás se olvidará y cuya memoria aparece así sea con una canción, un olor o una casa.

Nuestra ascendencia antioqueña tiene inveterado el gen de la música cantinesca, que se ha ido solapando con el devenir de los tiempos y la aparición de otro tipo de socialización.

En la década de los 60 y 70, época dorada para quienes se nos adelantaron y para quienes estamos coronados con nieve de los años, la vida sabrosa tenía unos lugares definidos y unas actividades desarrolladas en los fines de semana para los trabajadores de las fincas y cualquier día para los maestros, estudiantes, empleados y gente del común.

Se estilaba bajar al “BARRIO” o zona de tolerancia. Allí “se hacían hombres” los muchachos; los amigos desfilaban en barras hasta uno de los lugares predilectos y con las mujeres más bellas, para nosotros, y que mejor bailaban. El BALAJÚ, centro de las veladas non santas.

El “BARRIO” era territorio masculino. Las mujeres, novias, esposas o queridas, solo bajaban el 7 y 8 de diciembre a ver los alumbrados y hallaban un lugar de todo recogimiento, devoción y mujeres discretamente engalanadas.
Famosos fueron otros sitios para el desahogo lúbrico: Rosa Pareja, Casa Blanca, El Barranco y las famosas e infaltables “casas de cita” evocadas por algunos lectores.

Las “cantinas” eran, aún hay, establecimientos pequeños con unas cuantas mesas y asientos, mucha música de 78 y 45 que se colmaban los fines de semana de clientes que bebían como si la cerveza se fuera a acabar. El Astor, Marcos Zapata, Chucho Sierra, Pablito, Pacho Mechas, Don Peregrino, en el Recreo, las cantinas de la diez y la novena, eran famosas porque el cliente y su música eran conocidos y atendidos, generalmente por una sola persona, el dueño. Anecdóticamente, se menciona a Chucho Sierra, como ejemplo; no sabía leer, pero su discoteca la tenía organizada mentalmente y nunca fallaba al buscar un disco.

EL BATACLÁN, cantina ubicada por la trilladora, que ya no existe, pero que fue punto de referencia, fue derribado para dar paso a la modernidad y con esa desaparición afloraron recuerdos juveniles (muchos años hace).

La feria agropecuaria mensual de Caicedonia se terminaba en ese lugar cuando los ganaderos concretaban los negocios y los sellaban a punta de licor.

La cita, en ese sitio, era el sábado, día de pago en la finca, para trabajadores, gariteros, mayordomos, hijos de los administradores y para los muchachos del núcleo familiar.

Nuestra barra de muchachos que bajábamos de la finca donde se hacían diferentes labores por cada uno, estaba compuesta por: Óscar, alias el Mosco; Edgar, hijo de los patrones; Édison Quiñones, luego conocido como “Gallina”; y el suscrito.

El bataclán era el lugar predilecto porque la música se podía pedir a gusto, era un lugar discreto, solo cantina y no ponían pirinola por la edad.

Hay personas cuyos conocimientos, en un tema, lo dejan perplejo a uno. Una de esas era Edison, conocía el nombre, el cantante y la orquesta de muchísimas canciones, especialmente tangos.

Las melodías de predilección general, para la barra, eran: “¿Por qué me das dique?”, cantada por Oscar Larroca; “El esquinazo” Oscar Rossi; “La Gayola”, cantada por Gardel; “Muñeca brava”, Alberto Castillo; “Lejos de ti”, Raúl Garcés; “Cómo nos cambia la vida”, Oscar Larroca; “Oro, copa, espada y basto”, Magaldi; “Más solo que nunca”, Ángel Vargas; “Qué falta que me haces”, Andrés Falgas, especialmente su introducción, que cantábamos en coro:

“Cuando la noche se cierra

con su manto de tristeza

Los fantasmas de mi pieza

rondan su danza fatal

Nunca sentí nada igual

Quiero tenerte a mi lado

Y en tus labios despintados

Besarte más y más,

Pero es inútil, ya no estás

De mis penas no sabes

Y vuelvo a gritar otra vez

Como un loco desesperado

Tu nombre enamorado

que falta que me hacés.”

Melodías que coreábamos sin ningún motivo, solo nos gustaban porque a alguno de nosotros le encantaban, en especial a Edison (Gallina).

Al pasar por la esquina donde funcionaba el Bataclán, se reviven las canciones, los amigos y los hechos tan impredecibles que venían a futuro. Cada miembro de la barra tuvo rumbos diferentes, pero Edison fue, quizás, más feliz con su forma de vida. Llegó a ser un mecánico renombrado y luego un personaje típico del pueblo; dicen que “una mujer le dio la dulce toma” y lo volvió disfuncional desde ese momento. A pesar de todo, Edison era consciente de su estado y algún día dijo: “Me gusta oler a mierda porque, ligero, ligero, me dan plata para que me vaya”.

Los recuerdos de juventud de cada uno son momentos vividos que nos acompañarán hasta cuando los mismos amigos nos dejen de ver.

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