Arrierías 114

Cuento

Luis Carlos Vélez

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Son las ocho de la noche y ella usa peluca, abrigo gris y zapatos oscuros.

Vigila la ventana del segundo piso, donde se asoma el esposo. Le resulta difícil lo que hace. Trata de pasar saliva, pero tiene la lengua áspera y la garganta seca. Siente los zapatos clavados al piso y un hilo de sudor que baja por su espalda; ya no sabe qué hacer con el temblor de las manos. Abre la boca; recuerda las clases de natación, cuando le explicaban cómo llevar y sostener el aire en los pulmones. Con el corazón a punto de estallar, toma una bocanada y la siente como un ladrillo que baja por su esófago.

El esposo, profesor de natación del colegio, ahora el bebedor que la engaña con cuanta mujer cruza por su vida, la acaba de ver; le indica que lo espere y abandona la ventana.

Pese a lo crítico de la situación, calcula con calma el tiempo que demorará él en bajar. Dobla la esquina y camina despacio. El peso del plomo de sus piernas no le permite correr. Arrebujada en el abrigo, se ajusta las gafas y reacomoda la peluca.

Antes de pasar la calle, el marido le da alcance y la retiene por el hombro.

—Hola, chica, cómo estás de linda. Dime, muñequita, ¿por qué vas tan solita? Preciosa, ¿quieres que te acompañe? —pregunta.

Aunque la situación va por un rumbo imprevisto, a ella le divierten los halagos.

Recuerda las palabras del maquillador:

—¡Quedaste divina! Vas a sorprender a todos con tu disfraz. Querida, ¡te dejé irreconocible!

Pero al mirarse al espejo, este le mostró que no quedó divina, pero sí distinta.

A pesar de respirar con dificultad, no pierde los estribos ni la conciencia de los primeros instantes y, al contrario, se arma de valor cuando descubre que su disfraz es perfecto, pues su esposo no la reconoció.

Antes de recorrer una cuadra, empiezan las propuestas.

Decidida a dejarse llevar por el rumbo de las cosas, imita la voz de una actriz de televisión y responde coqueta.

—Claro que sí, lindo.

—¿Quieres ir a bailar?

—No, gracias, mira, es tarde.

—¿Eres casada?

—Como si no lo fuera.

—¿A dónde quieres ir?

Tiene claro que no debe prolongar la conversación y decide hacer el papel de mujer fácil, y dice:

—Donde tú quieras, lindo.

—Eres arriesgada. Soy un lobo y busco a Caperucita.

—Y yo no soy la indefensa abuelita.

Siente que ya no puede con su papel ni quiere más rodeos ni devaneos.

— Atrévete, Caperucita Roja, a terminar el cuento conmigo.

—Donde nadie nos vea, solo un ratico; ojalá no aparezcan cazadores y un sitio con la luz apagada.

Acelera el final de la aventura: permite que la abrace y acepta la propuesta.

Mientras suben, cuenta en voz alta las escaleras del hotel y él hace la segunda voz: una, dos…

Una vez en el cuarto, entra al baño; hace un lío con la ropa y lo esconde en el abrigo.

Después de ducharse, sale y coloca el atado en el taburete que está junto al nochero, bajo el espejo colgado de la pared.

El esposo ya tiene la toalla alrededor del abdomen.

En la cama lo deja hacer.

Descubre que él se desempeña igual en cualquier cama; que no habla, no acaricia; que su galantería desaparece y que no gasta tiempo en preliminares. Que ataca y ataca como una bestia.

Se asquea; ahora lo ve calvo, panzón y más torpe. No entiende cómo pudo apostar con sus compañeras de colegio al amor de este hombre y, lo peor, ganar.

Mientras él jadea, suda y gruñe, ella se entretiene recordando a la dueña del almacén donde alquiló el abrigo, cuando la miró de arriba abajo y dijo: «Te queda largo, querida», pero ella decidió llevarlo.

Recuerda a la chismosa que la tenía informada de las andanzas del esposo, la misma que le prestó la peluca y aseguró que él salía con una compañera de trabajo. También recuerda los zapatos rojos que llevaba y que estuvieron sin estrenar hasta hoy; y las gafas, que le costaron una bicoca y que arrojaría antes de volver a casa para no ser descubierta.

Deja de recordar cuando él se levanta, entra al baño envuelto en la toalla y en minutos sale vestido. Toma el abrigo y hace lo mismo que él. Una vez afuera, se decide y dice sin empacho:

—Creo que debes darme algo.

—¿Cómo? ¿Acaso eres…?

—No me vengas con cuentos de amor a simple vista.

—¿Y cuánto…?

Cuando advierte que él está nervioso y tiembla al ofrecerle, sin mirar ni contar, varios billetes, lo ve como una cucaracha.

—¿Te parece bien? —le oye preguntar.

Segura ya de controlar la situación, se vuelve insolente.

En medio de la oscuridad del cuarto, separa las piernas, coloca las manos en jarra y mira agresiva. Increpa:

—¡Creo que merezco algo más de lo que pagas a todas tus amiguitas, estúpido!

—No tengo más dinero. Mira…

—No solo eres un pobre diablo, también eres pobretón. ¡Me largo!

—¿No vas a esperarme?

—Lo dijiste: ¡No!

Baja las escaleras y él se queda en la recepción.

En la esquina espera el taxi y piensa que el plan para sorprender la traición del esposo falló, pero que valió la pena: está decidida a perderlo todo.

El taxi se detiene y pide al chófer que espere un momento cuando se da cuenta de que su esposo corre hacia ella.

Él llega a su lado y ella, para poner punto final a su plan, le propone coqueta al oído:

—Sube, precioso. Nuestra noche aún no termina. Te invito a mi casa. Si vienes, prometo que te llevarás una sorpresa.

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