Arrierías 114
Lilia Magdalena Osorio
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Comentaban las dificultades económicas por las que atravesaban en medio del escaso almuerzo que Eulalia había preparado para ella y su hija. Solamente tenía en su despensa unas cuantas papas con brotes o raíces, algunas habichuelas amarillentas y arrugadas, un poco de arroz y dos plátanos con moho.
Cuando terminaron de almorzar, Olga se levantó de la mesa, se dirigió al cuarto de baño y cepillo sus dientes. Retocó el maquillaje, se puso la chaqueta, tomó su bolso y se despidió de su madre. Tendría otro día en busca de trabajo.
—Bendición, mamá. Volveré como a las cinco o seis. Hoy tengo que conseguir algo.
—Que Dios la acompañe. Cuídese mucho.
Eulalia levantó los platos y se dirigió a la cocina para lavarlos y dejar todo en orden.
Al caer el agua del grifo, sentía que la rabia y el odio se iban apoderando de ella. El agua en lugar de lavar el odio que había cargado por tantos años, lo acrecentaba como si un tizón hubiese encendido la llama del rencor.
Unos días atrás se enteró por una vecina que la hija de Luis se casaría con bombos y platillos, lo que hizo despertar su ira nuevamente. Mientras Luis gastaba el dinero a manos llenas con su otra hija, ellas pasaban dificultades.
Recordó, aquel día que Luis la abandonó por otra mujer, cuando Olga apenas cumplía doce años. También, que quería morirse, pensaba que no podría soportar la vida sin él; lo amaba de verdad. No pensó en las dificultades económicas que tendría para sostener y brindar educación a su pequeña hija. Le laceraba el alma el engaño y el abandono.
Olga ya tenía diecisiete años y había tenido que enfrentarse tempranamente a la vida. Eulalia solo pudo brindarle la educación primaria, con lo cual debió trabajar y estudiar de noche. El año anterior había terminado la secundaria, pero los trabajos que conseguía eran temporales y mal remunerados. Eulalia empezaba a convertirse en una mujer dolida y envejecida y en ese momento dejó que sus sentimientos de odio afloraran.
«Lo buscaré y le haré pagar el dolor y las lágrimas que hemos tenido que derramar, no es justo lo que nos hizo. Olga, humillada por pobre y abandonada por su papá».
Lavaba los platos y su mente seguía volando, maquinando su venganza. Al terminar, los colocó sobre el escurridor oxidado. Secó sus manos con un limpión y se quitó el delantal de manzanas amarillas y verdes que colgó detrás de la puerta. Se dirigió a la habitación, se cambió de ropa, peinó sus cabellos, pintó los labios de rojo, tomó un pequeño y maltrecho bolso azul y salió de prisa.
Atravesó la calle en dirección Sur donde tomaría un bus que la llevara al sitio donde esperaba encontrar a Luis para tomarle cuentas y cobrar venganza.
Al cabo de media hora apareció en la distancia el bus número 106. Subió al vehículo donde se escuchaba a Arelys Henao interpretando una de sus más conocidas canciones “No me olvidarás”, con lo cual, su corazón sangró otra vez. Sus ojos buscaron una silla vacía ya que, el recorrido sería largo, pero al no encontrarla, se agarró de la varilla y apretaba contra su cuerpo el pequeño bolso, donde llevaba el arma con el que daría buena cuenta de Luis. Cada palabra que cantaba Arelys era como echar sal en la herida.
«No me importa lo que pueda pensar Olga, lo que me importa es saciar este rencor que no me deja vivir», pensaba.
Transcurridos cuarenta minutos divisó el barrio donde vivía Luis. Sintió que flaqueaba, pero se dio ánimo y pensó: «Ha pasado el tiempo, y dicen que con el tiempo todo se olvida, pero en mí, eso no ha pasado. Luis va a saber quién es Eulalia López Sánchez».
Se preparó para bajar del bus, alisó su falda y timbró para que el conductor la dejara en la siguiente parada.
Cuando el automotor se detuvo, Eulalia se bajó y con miedo miró a lado y lado, como buscando unos ojos que la conocieran y pudieran delatarla. Inició su caminar y en la esquina dio vuelta, hizo una parada, al tiempo que su mirada se topó con un aviso que decía: “Cafetería Luz”. Reanudó el paso y cuando estuvo frente al establecimiento, vaciló un poco, palpó el cuchillo en su pequeño bolso y avanzó decidida.
—Buenas tardes, Luis—, dijo con voz fuerte y amenazante. El hombre se volteó y sintió que estaba atornillado al piso. No pudo articular palabra alguna ni dar un paso. El miedo afloró a sus ojos y esperó a que ella, tomara el manejo de la situación. Solo atinaba a mirarla con terror, intuía que estaba a punto de suceder algo inesperado.
Ante el asombro de Luis, Eulalia se abalanzó sobre él, y aprisionándolo entre sus brazos, lo besó con tal pasión, que un delgado hilo rojo brotó de sus labios carnosos.

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