Arrierías 114

Alba Clemencia Correa

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He tenido algunos días malos desde mayo de este año. Quebrantos de salud, el último de ellos muy grave. De no ser por profesionales del SES que me atendieron con profesionalismo y muchísimo amor, el final de la historia hubiera sido otro. Pero como yo digo: Dios me conservó la vida para no perderme el terremoto. Hablar sobre el terror y la desesperanza de ese día ya es inútil, pues todo se ha dicho.

Y en medio de la recuperación de estos dos campanazos de la vida, cumplí mis primeros setenta años.

Haciendo un recuento «estadístico» de estos años, ha habido 16 presidentes: uno de facto y una junta militar, dos que repitieron y uno de izquierda.

8 papas: 3 de ellos santificados, uno que duró 33 días y uno que renunció (algo impensable).

No me tocaron ninguna de las dos guerras mundiales, pero creo que desde que nací no ha habido un solo día en paz ni en mi país ni en el mundo.

He padecido 4 terremotos de gran intensidad: 1962: Vivíamos al frente de la Iglesia de Chipre y los 5 hijos, paraditos en la puerta de la casa con mi mamá, fuimos testigos del derrumbamiento de mucha parte del templo, mientras mi mamá, con esa fuerza que siempre la caracterizó, nos tranquilizaba, por lo que no recuerdo ese acontecimiento con miedo. El de 1979 fue otra cosa, pues ya era grande y trabajaba. Recuerdo el horror de la gente y la destrucción en mucha parte de la ciudad. Y aunque todos desconfiaban de Villapilar (donde vivía en ese momento) por ser vivienda más bien barata, superó la prueba con creces.

El de 1999 fue distinto, pues era madre y mi preocupación se centraba en mis hijas y, cuando supe la tragedia que se vivía en Quindío y Risaralda, pedí por mi familia residente en Pereira y Montenegro. A pesar de los destrozos, Dios nuevamente tuvo misericordia de nosotros.

El del 10 de agosto de 2026… aún padecemos el miedo y la incertidumbre diaria.

El avance tecnológico ha sido tan vertiginoso, que creo que a ninguna otra generación en la historia le ha tocado adaptarse a trancas y porrazos a estos cambios que nos obligan a modificar el chip cada segundo. Si no nos actualizamos en lo básico constantemente, corremos el riesgo de quedar incomunicados.

Mis padres y hermanos son un regalo de Dios que agradezco todos los días. Todos tan diferentes y por eso tan maravillosos. Mis cuñados y cuñadas son verdaderos hermanos para mí y mis sobrinos son un premio adicional del cielo.

Llego a esta edad con todas mis metas cumplidas: dos hijas increíbles, dos yernos maravillosos y un nieto y una nieta que llenan mi vida de una felicidad indescriptible. Aunque me hubiera gustado una unión más estable, no cambiaría esa elección por nada del mundo, pues me ha permitido tener una familia amorosa, solidaria, honesta, trabajadora, en fin, un grupo lleno de maravillosos seres humanos.

Y una familia extensa y unos amigos increíbles, siempre pendientes de mi para extenderme una mano, acompañarme y cuidarme.

Por eso, debo decir como el poeta:

Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, Vida,

porque nunca me diste ni esperanza fallida,

ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;

porque veo al final de mi rudo camino

que yo fui el arquitecto de mi propio destino;

que, si extraje la miel o la hiel de las cosas,

fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:

cuando planté rosales, coseché siempre rosas.

Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno:

¡más tú no me dijiste que mayo fuese eterno!

Hallé sin duda largas las noches de mis penas;

mas no me prometiste tan solo noches buenas;

y en cambio tuve algunas santamente serenas…

Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.

¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz! Amado Nervo.

La autora.

Alba Clemencia Correa Mejía.

Nací el 1 de septiembre de 1956 en Manizales. Soy psicóloga y felizmente pensionada.

Tengo dos hijas: Claudia Marcela y Manuela y una nieta: Candela y un nieto: Rafael.

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