Arrierías 114
Clarena Vergara Hoyos
Psicóloga – Pontificia Universidad Javeriana
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¿Qué pasa después del terremoto?
Después de un sismo tan fuerte como el que vivimos los colombianos y también los venezolanos recientemente, se presentan varias reacciones que son normales: algunas personas están en shock o están confundidas, pueden tener olvidos; el principal temor es a las réplicas, tener la sensación de inestabilidad porque tenemos la sensación de que el piso se mueve. El insomnio y la ansiedad pueden estar presentes por varias semanas, tener temor a estar solos, a entrar a algunos sitios, a subir escaleras o montarse en un ascensor, ingresar a un sótano, por ejemplo, al parquear en un centro comercial, a dejar a nuestros seres queridos, a ir a trabajar, entre muchos otros.
Hay varias reacciones que se presentan también en algunas personas: el que quiere ver todos los videos de la catástrofe, ir a los sitios, escuchar las historias, hablar de cómo vivió el suceso, como también la persona que no tolera que se le hable del asunto, no desea ver nada al respecto, prefiere no compartir con nadie o se aísla.
Es importante entender que los medios de comunicación nos están llenando de información, no solo de la tragedia a la que estuvimos expuestos, sino de muchas que suceden diariamente en el mundo. Esto genera un temor extra sobre «el incremento de las catástrofes a nuestro alrededor», apareciendo entonces otros temores asociados al «castigo divino», «fin del mundo» y «temores apocalípticos».
Recordemos que este tipo de fenómenos naturales siempre ha existido, solo que ahora los vemos «en vivo y en directo» por las redes sociales y medios de comunicación. Los expertos dicen que no hay cifras extraordinarias ni excepcionales sobre la cantidad de sismos o fenómenos naturales presentados recientemente.
¿Qué es mejor?
Este impacto puede analizarse como el afrontamiento de varios duelos; si se ha perdido la vivienda, el dolor ante no tener un sitio de protección, amparo y resguardo, nuestra “armadura y coraza” frente al mundo desaparece, el sitio donde somos realmente nosotros mismos. Esto genera una sensación de estar «desnudos», desprotegidos y vulnerables. Los temores, la incertidumbre de cambiar de casa “por obligación”, enfrentarnos a otros ambientes, tal vez estar refugiados donde conocidos o familiares, conlleva un proceso de mutua adaptación a costumbres y hábitos, adaptarse a las personas, a la zona, a los espacios, a no tener lo necesario, a empezar de cero. Incluso para las mascotas es bastante difícil: sonidos diferentes, vecinos diferentes, barrio o ciudad diferentes.
Es probable que se tengan pesadillas, que evoquemos imágenes perturbadoras o sensaciones de pánico, añoranzas y comparaciones. Todo esto es totalmente normal.
Estar en un albergue es otro cuento. Para mí sería muy difícil compartir el baño con desconocidos, hacer fila para recibir un almuerzo que otros deciden, dormir en una carpa o en un espacio donde hay cientos de personas, convivir con caracteres, costumbres y culturas diversas.
De ahí que haya médicos, psicólogos y trabajadores sociales en estos sitios. Un proceso bastante difícil.
Pensemos en quienes no tuvieron ningún impacto físico o pérdidas, que somos la mayoría; aun así, podemos estar afectados.

Salir y no tener ya cerca una farmacia, un supermercado o el banco donde hacíamos los trámites también genera duelos y procesos adaptativos; desviarnos por las demoliciones, ver la ciudad cambiar de un momento a otro, genera ansiedad.
La recomendación inicial es poder hablar del suceso, con amigos, familia, vecinos. Puede tener más riesgo quien no habla que el que habla mucho; algunos síntomas se pueden desarrollar internamente por reprimir lo que se siente y esto puede aflorar con el tiempo en forma de enfermedades.
Expresar las emociones, preocupaciones, sentimientos, es el inicio para sacar todo lo que está generando estrés, incluso llorar, golpear un cojín, gritar es importante.
Con los niños, el dibujo es un gran medio para comprender qué sucedió y cómo vivió ese momento; las manualidades, juegos didácticos, juegos tradicionales, el arte, el deporte son herramientas importantes para aliviar la tensión. Las aguas aromáticas, las esencias florales y los remedios de las abuelas suelen ser suficientes para recuperar la tranquilidad.
Para todos, incluidas las mascotas, la actividad física es importante; el ejercicio, caminar, bailar, es de gran ayuda. He visto que, por ejemplo, reunirse a contar anécdotas, echar chistes, reírse, cantar y compartir en un grupo puede aliviar esa sensación pesimista de no volver a tener una vida «normal» .
Lógicamente, quien tuvo pérdidas materiales o familiares requiere una atención personalizada, psicoterapia, en algunos casos medicación para poder superar una situación tan traumática.
¿Cuáles son los síntomas de alerta?
Después del mes, si se siguen presentando alteraciones en el sueño, apetito, ánimo, memoria, concentración, deseo sexual, deseo de vivir, síntomas como gastritis, taquicardia, sudoración excesiva, temblores, orinadera, ganas de salir corriendo, miedo exagerado, es mejor consultar con el médico.
Ocuparse aleja la preocupación, volver a nuestras rutinas, trabajo, oficios, aficiones, es el camino, pero también es momento de ser solidarios. Si se puede ayudar a otros de forma material o con información sobre dónde hay ayudas, cómo inscribirse para recibir donaciones o facilidades gubernamentales, genera mucha tranquilidad y sensación del deber cumplido.
Entre todos lo vamos a lograr, ya lo hemos hecho; los colombianos somos resilientes y hemos superado muchas situaciones difíciles.
La línea 106 está brindando apoyo emocional gratuito tras el terremoto y atienden 24 horas.

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