Edición 110

ALOIS, EL VISITANTE INESPERADO

By 8 de junio de 2026No Comments

Arrierías 110

Luis Carlos Vélez

Muere. Está previsto que morirá víctima de un extraño mal. Morirá. Así lo dice la última página de la historia que escribe.

Enfrentarse a la página en blanco nunca es un problema para él. Siempre encuentra la frase precisa, aquella que despliega ante los ojos de sus lectores un abanico de posibilidades insospechadas. Incluso los personajes que intentan escapar al hilo conductor de sus relatos terminan sometidos a su voluntad. Pero esta vez es diferente.

Desde hace días lucha con un personaje que parece decidido a rebelarse. Le asignó un papel primordial dentro de la obra, pero a medida que avanza la escritura siente que aquel ser imaginario quiere cobrar vida, adquirir autonomía y dominarlo hasta invertir los papeles entre creador y criatura.

Las hojas escritas y luego desechadas caen una tras otra al cesto. La fatiga mental se suma al cansancio físico. Aun así, continúa escribiendo, obstinado en imponer su voluntad sobre el personaje.

No siempre gozó de buena salud y un ligero malestar termina obligándolo a guardar cama y abandonar por unos días la escritura. No le concede importancia. Cree que el descanso bastará para recuperarse.

Sin embargo, sus familiares observan con preocupación su aspecto. Está demasiado delgado y el color de su piel les inspira temor. Insisten en que debe hacerse un chequeo médico. Él les asegura que nunca ha estado mejor, pero nadie le cree. Para evitar discusiones promete visitar al médico, aunque no tiene intención de hacerlo.

Basta con decirlo para que todos se tranquilicen.

Los días transcurren entre periódicos, lecturas ligeras y conversaciones con amigos que lo visitan. Poco a poco olvida el asunto de su salud, las advertencias de la familia y la cita médica.

Hasta que una tarde su esposa le anuncia que hay una persona en la sala. Un hombre que asegura conocerlo y desea hablar con él.

Al principio no ve motivo para inquietarse. Pero cuando escucha el nombre del visitante siente un estremecimiento.

Desde su silla de mimbre observa entrar a un hombre joven que viste elegante. Lleva una libreta de apuntes y un lápiz. Algo en su presencia le resulta insoportable, pero familiar. Comprende entonces que se parece exactamente al personaje que hace días describe en su relato.

El visitante apenas le presta atención. Recorre con la mirada la habitación, examina los libros, observa los muebles y hace anotaciones en la libreta, como si verificara un inventario minucioso.

La actitud le parece descortés, lo invita a sentarse, pero el hombre no responde.

Permanece de pie durante varios minutos, absorto en su inspección silenciosa.

Entonces advierte algo inquietante: le cuesta recordar detalles de aquel personaje que él mismo describe. Rasgos que conocía a la perfección empiezan a borrarse de su memoria.

La pesadez que siente en la cabeza aumenta.

-Ya veo que olvida la razón de mi presencia -oye decir al visitante.

La voz parece llegar desde muy lejos.

– ¿Quién es usted? -pregunta.

El hombre sonríe apenas.

-Estoy aquí para discutir las condiciones de mi participación en esta historia-..

– ¿Condiciones? -.

No recuerda cuándo estableció alguna.

El visitante no presta atención, habla como si fuera dueño de la situación.

Le relata episodios íntimos de su juventud, recuerda acontecimientos olvidados y menciona detalles que nadie debería conocer. Poco a poco la conversación deja de ser un diálogo para convertirse en un interrogatorio.

Ahora sí lo mira a los ojos. La intensidad de aquella mirada lo paraliza.

Un hilo de sudor desciende por su espalda. Quiere levantarse, llamar a alguien, poner fin a la visita. No puede. Las palabras se enredan en su garganta y las horas transcurren.

La luz de la tarde desaparece detrás de las ventanas.

Sin pedir permiso, el visitante se acerca al candelabro, enciende las velas y vuelve a sentarse. Luego abre la libreta y escribe durante largo rato. Lo hace con rapidez, con una concentración febril. Después examina lo escrito, arranca las hojas… y se las arroja al pecho.

-Me gustaría que terminara su relato -dice.

-Pero es mi relato…-.

-Ya no estoy tan seguro ni usted tampoco…-.

La respuesta lo llena de terror.

Siente que algo se vacía dentro de él. Sus recuerdos aparecen incompletos. Nombres familiares se vuelven difusos. Incluso le cuesta recordar la razón por la cual comenzó a escribir aquella historia.

-Usted no terminará el relato, lo haré yo -afirma el visitante-. ¿No recuerda que así lo dispuso? -.

Intenta responder, pero su lucidez fluctúa. Por momentos comprende lo que sucede; en otros, todo se vuelve confuso.

El visitante guarda silencio. Lo observa. Espera. La noche avanza.

Nadie entra en la habitación. Nadie acude en su ayuda…Nadie…

Entonces sospecha que perdió el control. Ya no domina al personaje. El personaje lo domina a él.

El visitante se pone de pie y coloca el dedo índice sobre su pecho, con tal fuerza, que lo lastima.

-Hemos llegado al final-.

La voz resuena como un eco lejano.

Quiere destruir el manuscrito. Quiere romper las páginas, borrar las palabras, impedir el desenlace.

No puede. La inmovilidad se extiende por su cuerpo mientras la niebla del olvido invade su mente.

El visitante continúa frente a él. Implacable. Triunfante.

-Soy Alois –dice-. Soy Alois, el visitante inesperado. Soy Alois, el médico alemán, que descubrió el mal, la neuropatología que vacía tu memoria poco a poco. Soy Alois. Lo último que recordarás y también lo último que olvidarás.

La habitación parece alejarse.

Las voces desaparecen. Los recuerdos se disuelven.

Con lo poco que conserva de razón comprende la verdad final: el personaje ocupa su lugar. Intenta recordar quién es. No puede. Intenta recordar quién es Alois y es inútil.

Y cuando la oscuridad termina de cerrar sus puertas, ya no recuerda quién es él ni quién fue nunca, Alois, el visitante inesperado.

Julio 21 de 2002

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