Arrierías 114
Mario Ramírez Monard
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La caótica situación que vive nuestro país como consecuencia de los embates de la naturaleza –sismos constantes e incendios– (sin hablar de guerra, corrupción y desplazamiento campesino), empieza a generar una inestabilidad emocional en toda la población, especialmente los niños, inestabilidad por la incertidumbre de no tener un futuro asegurado, por la pérdida de empleos, la desaparición de emprendimientos y pequeñas empresas que nos hace temer por un aumento de la inseguridad y la violencia social. No es pensamiento catastrófico de nuestra parte. Como analistas y conocedores de los estudios especializados de violencia en el mundo, cuando aparecen estas crisis, la economía de un Estado se desordena y los llamados jinetes apocalípticos: la guerra, la peste, el hambre y la muerte hacen su entrada e inician su función terrorífica.
Los colombianos no hemos podido aprender de los elementos o experiencias que nos deja toda situación extrema de violencia o crisis, y la causa inmediata está en la polarización que los llamados partidos o dirigentes políticos utilizan perversamente para continuar su dominio, el desconocimiento de los demás, la persecución y el odio contra quien piensa diferente o no está de acuerdo con su idearium (si es que los tienen); en fin, originan el caos por los réditos personales o partidistas que obtienen.
Arrierías es un medio de información y educación creado para llevar conocimiento, exaltar virtudes, luchar porque en nuestra tierra se pueda vivir con dignidad. Tenemos uno de los territorios más ricos del planeta por su biodiversidad, sus excelentes campos productivos, la riqueza del subsuelo, su gente del común, en fin, podríamos vivir sin desesperos por un gran porvenir, pero vivimos o nos hemos dejado llevar por su clase dirigente a vivir en la desesperanza, el desconcierto.
En esta edición tuvimos la idea de presentar como carátula una fotografía tomada por un caicedonita en la zona rural de nuestro pueblo. Aparece en ella un niño sentado sobre un pequeño muro de los escombros que dejó el reciente sismo; su mirada perdida, triste y desconsolada es el reflejo de la tragedia que afecta a Colombia y los más heridos o tocados en la salud mental son ellos, los niños; son quienes más sufren el impacto de la guerra por la demencial y criminal política de alzados en armas que los secuestra, los viola, los pone como escudos en los enfrentamientos con las FFAA o los asesina si tratan de escapar de sus campos de concentración y preparación para la muerte. No la publicamos ante la inquietud de algunos especialistas quienes sugirieron no darla a conocer porque podría prestarse para una revictimización, observación que acatamos en todo sentido pues somos convencidos de la obligación de respetar, al máximo, los derechos de los niños.
Ese ¿por qué? en la mirada del niño campesino en referencia nos lleva a pensar en la poca preparación de las familias, los maestros y el Estado para enfrentar el problema de salud mental que los ha llevado, muchas veces, hasta el suicidio. ¿Qué hacer?
Mientras el aparato educativo siga siendo manejado por inexpertos, incapaces o dirigentes no comprometidos o que olvidaron su preparación como educadores, y los políticos sigan haciendo de sus curules unas plataformas para la polarización y la inanidad legislativa, ese futuro de una Colombia mejor, con más garantías ciudadanas y con políticas públicas que nos lleven a vivir con dignidad –según la tesis central de nuestro ordenamiento jurídico–, será letra muerta y nuestro país continuará con la incertidumbre centenaria que siempre hemos tenido.
Por favor, amigos lectores, saquen un poco de su tiempo, lean y traten de aplicar los artículos 42, 43, 44, 45 y 46 CN. Si los aplicamos, seguro tendremos hacia el futuro, la Colombia mejor que merecemos. No olviden “LOS DERECHOS DE LOS NIÑOS PREVALECEN SOBRE LOS DERECHOS DE LOS DEMÁS”, ÚLTIMO RENGLÓN DEL ARTÍCULO 44 CN

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