Novela surrealista

Arrierías 114

Carlos Alberto Agudelo Arcila

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CAPÍTULO 2

Jorge Luis Borges

Eco reservado al oído del árbol. La clorofila lo percibe en el instante previo al ataque contra la sombra del escritor anónimo. Una segunda bala impacta en el pecíolo; su sangre tiñe el viento de los molinos de don Quijote de la Mancha. De pronto, el eco de la munición resuena en el Amazonas y opaca el sonido de trinos, rugidos y voces típicas de la selva: un mundo dentro de un mundo perteneciente a otro, con puertas abiertas sin llevar a destino alguno; sin embargo, señalan el camino donde la resonancia ondula en la parte centrífuga del arbusto.

Junto a la hormiga en la ribera de una taza de café, un grano de azúcar refleja la vulnerabilidad de la existencia en la superficie de ese mar oscuro. A través de las capas del céfiro, el humo asciende al reino del olfato. Como una profecía, el grito se convierte en amuleto para un mudo, quien, con los dedos de los pies, vitorea la grieta por donde camellos cruzan al otro lado de la quimera para salvar a centenares de sedientos. Venid a mis dominios en este mundo: al estallido y a la luz impregnada del balín y al ritual del árbol de los sonidos y al tímpano de la selva y a la sombra de papel y al néctar del tifón en la tarde del adorno invisible. Venid a la unión de tribus junto al hormiguero y a lo civilizado de criaturas por nacer y a la cafeína en la corveta y a la embriaguez del camello al tomar de un sorbo el oasis del espejismo. Al hombre rico le urgen gotas de lluvia para enjuagar su ojo de la esquela lagrimosa y, al mismo tiempo, lavar el grano del amuleto en la predicción de la gallina con embriones revestidos de rodio. Santificada sea la página en blanco y la última alternativa de quien no logra descifrar el clavo con aroma de canela. Centellea la superficie del algodón, mientras el globo terráqueo reposa como una fiera de peluche. Nada ni nadie pierde en este mundo, porque la manifestación y la calma son hueras en el juicio final, cuando algún dios, como un león, pronuncie su ira. Los humanos, temblorosos, a través de su quinto malestar, darán su último aullido en el aire de la filosofía, elemento de desastre, resignándose a sus llagas como parte del pensamiento estrambótico. Aceptan, en el fondo del sonido, germinar un árbol bajo el cual cierto hombre guarda su quietud, antes de la llegada del día y la noche, cuando relinchan la crin tejida por una bruja en la realidad de Rocinante.  

Llueve sobre una hebra de la crin… Llueve sobre una hebra… Llueve… Mientras cada uno mira la tarde de los rebrotes se acerca la tempestad en el ojo del cíclope. Silencio… Silencio sesgado… Silencio para nunca dormir la morosidad de los injertos. Silencio en el guía de hormigas hacia su propio cadalso. Nadie mira el entorno. Nadie se atreve a decir la una del verdor en el firmamento. A través del espejo del agua cristalina se aprecia el eco encarnado de aquel mutismo impensable alrededor del carbón único en la vereda del especulador… 

CAPÍTULO 3

Franz Kafka

Los dioses miran hacia un punto fijo de la tierra, donde un pájaro turquí atraviesa el paisaje. Su plumaje alberga un sol, fuente de su primer nido. Durante una hora donde las guayabas resplandecían en el jardín del Edén, nació el vientre ideal bajo el tiempo marcado por el reloj de sol, con la amenaza del hilo donde la maldad se columpia. Diáspora a diáspora, el mundo se introduce en una camisa de fuerza. Por las mangas emergen manos capaces de triturar el poniente y dejar sin aliento al elefante blanco, cuyo lomo sostiene siglos de hombres astutos.

Una estatua mueve su cabeza de norte a sur desde las diez hasta las cinco de un día único. El yeso desciende de su pedestal y se dirige hacia la extensión onírica, donde un soñador, con un martillo en una mano, golpea la punta de aquella falacia. El grito de la mole despierta a quien, con sevicia, desintegró la ambición de cierto ser, mientras depilaba las pestañas de una bruja en el concejo municipal.

Va y viene el existir, mientras una rueda se detiene al lado del payaso, quien recrimina al lector de un libro donde se aconseja a cierto grillo apreciar el maíz con la misma fe del búho en el cafetal. Siglo a siglo, el intervalo asoma por la ventana, donde se divisa a una anciana y a un joven reciclar la aurora con sus articulaciones de ciempiés.

El pasto seco convoca al verde en el cenáculo de los sedientos. La gota de agua perdura en la memoria del caminante a través de la aridez. Un murciélago surge en la cumbre de los muertos; el acontecer se conjuga de manera tácita. Un moribundo inclina la cabeza sobre el último raudal de luminiscencia, justo antes de agonizar la larva. Se desoxidan armaduras con el ademán del adiós, al mismo tiempo doce mil cuatrocientas trece y media ánimas hacen de las suyas entre los vivos.

Reza Franz… por todos los renacuajos del arroyo; al mismo tiempo una ballena nada en su saliva. Cuarenta y ocho años después, canta por Jonás a la diestra de sus vísceras: Amén por la serpiente y la manzana. Amén por lo profético de la nube en el aguamanil. Amén por la rana y Basho. Amén por el estornudo y el tabaco. Amén por el mantra de nada al vacío y al pelo abismo abajo. Amén sí. Amén no. Amén más o menos. Se acercan bendiciones al revés, sonsacadas a la neblina moribunda…

Dichosos quienes lloran, porque de ellos es el feudo de lágrimas perfectas, capaces de remojar espinas, ahuyentar espantos y bendecir el punto alto desde el cual se lanzó el suicida, aquel existencialista efímero de una narración de Camus. La lluvia se abre en tres pedazos ante la mirada atónita del comején.  

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