¿POR QUÉ LA GUERRA ENTRE CASTELLANOS Y PIJAOS EN TERRITORIO ANTES DE CAICEDONIA FUE TAMBIÉN UN CONFLICTO ONTOLÓGICO?

Arrierías 114

Rafa Davidzen

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Resumen

En esta nueva entrega de mi investigación, relacionada con algunos artículos ya publicados -véase, por ejemplo, España y la fabricación de los buliras y bintima como enemigos “bárbaros”, “idólatras” y “caníbales” (Davidzen, 2026, Arrierías, ed. 101)-, retomo y profundizo algunos conceptos trabajados anteriormente, entre ellos el de ontología. Recordemos que esta palabra, de origen griego, alude al estudio de los entes, de aquello que es y de las formas en que concebimos su existencia. Este es un tema apasionante porque permite mirar la guerra de Conquista desde otra perspectiva: no solamente como una confrontación por territorios, recursos y dominio político, sino como el encuentro violento entre modos diferentes de existir, relacionarse y dar significado al mundo. La denominada “guerra de los pijaos” puede examinarse, entonces, también como una guerra por la imposición y persistencia de modos de existencia. En consecuencia, la “guerra de los pijaos”, fue un conflicto hispano-nativo, que enfrentó a un imperio conquistador y a diversos grupos emparentados de la cordillera Central y el valle alto del Magdalena, que fueron reconocidos por los castellanos bajo la denominación de “pinaos”, “pixaos” o “pijaos” (Lucena 1965), durante la segunda mitad del siglo XVI y comienzos del XVII. La guerra en mención ha sido interpretada principalmente desde categorías militares, políticas, económicas y coloniales castellanas.

Sin desconocer las dimensiones anteriores, el presente artículo propone una hipótesis alternativa: el prolongado conflicto puede ser examinado como un choque entre modos diferentes de constituir y habitar la realidad. A partir de los resultados preliminares de sendas investigaciones propuestas por el autor y publicadas la mayoría en la revista digital Arrierías, se sostiene que las prácticas pijaos documentadas por las fuentes coloniales no necesariamente expresan precariedad política, atraso tecnológico o incapacidad para organizar territorialmente una sociedad. La dispersión habitacional, movilidad, refugio, comunicación, aprovechamiento de accidentes topográficos, agricultura, cultura material y prácticas rituales pueden ser interpretadas como relaciones recurrentes mediante las cuales el territorio participaba activamente en la constitución y persistencia del nicho biocultural. Frente a esta territorialidad situada, la expansión castellana operaba mediante categorías jurídicas, administrativas, económicas y religiosas susceptibles de ser trasladadas entre territorios de la monarquía. Se plantea, por tanto, que la guerra no enfrentó solamente dos fuerzas que disputaban recursos y espacio, sino configuraciones ontológicas parcialmente incompatibles. Esta hipótesis no pretende atribuir retrospectivamente una ontología homogénea a los pijaos, sino reconstruir abductivamente campos de relaciones históricamente posibles a partir de las recurrencias presentes en el corpus documental colonial de carácter militar.

Palabras clave: pijaos, guerra de los pijaos, nicho biocultural, ontología relacional, territorialidad, colonialidad, persistencia.

Introducción

¿Por qué los pijaos combatieron de una manera que las fuentes castellanas describieron recurrentemente mediante categorías como dispersión, huida, refugio, aspereza territorial o ausencia de formas políticas reconocibles para los conquistadores? Una respuesta tradicional podría atribuir esas diferencias a desigualdades tecnológicas, formas distintas de organización militar o estrategias adaptativas frente a un adversario materialmente diferente. Sin negar estos factores, semejante explicación puede conservar inadvertidamente una premisa problemática: que castellanos y pijaos combatían dentro de una misma realidad y discrepaban solamente acerca de quién debía controlar sus territorios y recursos.

El presente artículo propone examinar otra posibilidad. ¿Qué ocurre si la diferencia no se encontraba solamente en las estrategias empleadas dentro de un mismo mundo, sino también en los modos mediante los cuales ambos colectivos constituían aquello que denominamos territorio, naturaleza, comunidad, materialidad y guerra?

Esta pregunta adquiere relevancia frente a la renovación historiográfica sobre los pijaos. Montoya Guzmán (2022) afirma que la construcción castellana de categorías coloniales como dispersión, desnudez, pobreza, antropofagia o debilidad política participaron en la fabricación discursiva del enemigo pijao. Muñoz-Arbeláez (2024), por su parte, propone desplazar la imagen de los pijaos como una población prehispánica homogénea que simplemente resistió temporalmente la conquista, y examina la conformación de una coalición indígena anticolonial desarrollada en oposición a la expansión española. Estas investigaciones obligan a abandonar explicaciones esencialistas permitiendo formular una pregunta adicional: ¿qué relaciones hicieron posible la prolongada persistencia de ese espacio de oposición?

La hipótesis desarrollada aquí sostiene que una parte de la respuesta puede encontrarse en la configuración relacional del nicho biocultural. La guerra no habría enfrentado únicamente ejércitos ni proyectos políticos contrapuestos. Habría producido también una fricción entre un régimen colonial que pretendía hacer territorialmente transportables determinadas categorías jurídicas, económicas, religiosas y administrativas, en contraste con las configuraciones indígenas cuya existencia dependía de relaciones situadas entre comunidades, montañas, quebradas, caminos, viviendas, cultivos, animales, plantas, prácticas rituales, movilidad y memoria.

No se propone con ello romantizar la guerra indígena ni convertir a los pijaos en representantes de una supuesta armonía ecológica originaria. Tampoco se pretende afirmar que todos los grupos denominados “pijaos” compartieran una ontología idéntica. La hipótesis es más restringida: las recurrencias documentales permiten investigar si determinadas prácticas consideradas disfuncionales desde la perspectiva colonial adquieren coherencia cuando son reconstruidas como relaciones constitutivas de un nicho biocultural.

Del conflicto por el territorio al conflicto entre territorialidades

La historiografía de la Conquista ha demostrado ampliamente que categorías como la tierra, trabajo, tributación, rutas, alimentos, minerales y control político fueron dimensiones fundamentales de la expansión colonial. La documentación de la guerra de los pijaos confirma la importancia de los costos militares, desplazamientos, abastecimiento, campañas y control territorial. La dimensión material del conflicto resulta, por consiguiente, indiscutible. Sin embargo, reducir la territorialidad a la posesión de una superficie puede reproducir retrospectivamente una determinada ontología del espacio.

Descola (2013) ha demostrado que la separación entre naturaleza y cultura, frecuentemente utilizada por tradiciones occidentales, opera como si describiera una división universal de la realidad, corresponde a una visión de configuración histórica particular. Viveiros de Castro (2002, 2010), desde otro itinerario antropológico, ha mostrado que las ontologías amerindias obligan a cuestionar la universalidad de categorías occidentales mediante las cuales humanos, animales, cuerpos y perspectivas son clasificados. Kohn (2013) extendió esta discusión hacia procesos semióticos que desbordan lo exclusivamente humano, mientras Escobar (2018) ha defendido una concepción relacional y situada de mundos constituidos mediante interdependencias.

Estas aproximaciones elaboradas por el mundo occidental no pueden trasladarse mecánicamente a los pijaos de los siglos XVI y XVII. Hacerlo sustituiría el colonialismo documental por un nuevo apriorismo antropológico. Su importancia es metodológica: demuestran que las categorías como naturaleza, territorio, recurso y objeto no pueden asumirse como universales, sin tener en cuenta interrogantes sobre cómo las sociedades establecieron sus relaciones.

La pretensión occidental de establecer categorías universales encuentra aquí uno de sus límites ontológicos. Sin necesidad de incurrir en un relativismo radical, es posible reconocer que los nichos bioculturales poseen trayectorias temporales diferenciadas, en cuyo devenir se estabilizan modos de existencia mediante relaciones históricas entre humanos, otros seres, materialidades, territorios y significados. Tales relaciones no ocurren en un espacio abstracto, sino que se acoplan bajo condiciones históricas, geográficas, ecológicas y culturales específicas. El nicho biocultural es, por tanto, situado: no constituye una estructura universal reproducible de la misma manera en cualquier lugar, sino un campo de posibilidades relacionales cuya configuración depende de la trayectoria mediante la cual sus relaciones se han constituido, estabilizado, desacoplado y eventualmente reconfigurado. Desde esta perspectiva, dos colectivos pueden combatir por una misma montaña sin que la montaña sea ontológicamente equivalente para ambos.

Para la administración colonial, un territorio podía ser medido, adjudicado, recorrido, pacificado, incorporado jurisdiccionalmente, evangelizado y sometido a formas de tributación. Esas operaciones permitían trasladar instituciones entre lugares diferentes y hacer territorios heterogéneos parcialmente comparables mediante categorías metropolitanas.

Frente a ello, los resultados preliminares del corpus pijao muestran otra posibilidad. Montañas, quebradas, caminos, refugios, viviendas dispersas, sementeras, puentes, lugares de movilidad y comunicación aparecen reiteradamente vinculados con prácticas humanas. No constituyen un escenario pasivo sobre el cual acontece la historia. Participan materialmente en las posibilidades de acción. El territorio comienza entonces a aparecer no como contenedor de relaciones sino vinculado a relaciones constitutivas.

Una inversión de la mirada: la Ontología Relacional (OR)

La Ontología Relacional (OR) propone desplazar la unidad inicial de análisis de la guerra de los pijaos desde el ente hacia el vínculo. En lugar de preguntar primero ¿quiénes eran los pijaos?, ¿dónde vivían?, ¿qué alianzas tenían?, ¿cómo combatían los pijaos?, ¿qué estrategias militares implementaron? o ¿de qué se alimentaban?, se pregunta ¿qué configuraciones relacionales hicieron posible la persistencia de los pijaos durante casi un siglo de guerra imperial?

Este desplazamiento dialoga con la fenomenología sin identificarse plenamente con ella. Husserl (1913/1982) cuestionó la aceptación ingenua del objeto o ente mediante la epojé y la reducción fenomenológica; Merleau-Ponty (1945/2012) radicalizó la inserción corporal de la percepción en el mundo. La OR prolonga entonces el desplazamiento hacia una fenomenología relacional: no se detiene únicamente en aquello que aparece, sino que interroga las relaciones dentro de las cuales ese aparecer adquiere determinación.

Este giro fenomenológico del ante a la relación exige una doble epojé. Deben suspenderse provisionalmente tanto las categorías ontológicas contemporáneas del investigador como las categorías coloniales mediante las cuales fue producido el documento. El cronista, soldado, funcionario o religioso castellano no registraba neutralmente una realidad exterior. Clasificaba desde categorías propias de su mundo histórico. En otras palabras, desde su modo de existencia, desde su ontología.

Ricoeur (1976) permite comprender que los textos militares castellanos de los siglos XVI y XVII exceden la intención inmediata de su productor, mientras el paradigma indiciario de Ginzburg (1989) permite que un grupo de elementos aparentemente secundarios puedan convertirse en huellas de configuraciones no explicitadas. La lógica abductiva de Peirce permite posteriormente formular la explicación relacional más plausible frente a esas recurrencias, sin convertirla por ello en certeza automática. Por esta razón, esta inversión de la OR no afirma previamente cuál era la ontología de los pijaos. Intenta reconstruir relaciones históricamente posibles desde las huellas producidas incluso por quienes pretendieron destruirlas.

El territorio que los castellanos encontraron y el territorio que los pijaos habitaban

Una de las tensiones más reveladoras aparece en las descripciones castellanas de la sierra. En los documentos coloniales, el territorio aparece caracterizado mediante cerros elevados, quebradas profundas, bosques, riscos, peñoles y lugares de difícil acceso (Borja 1608). La descripción resulta epistemológicamente significativa porque aquello que desde una perspectiva aparece como impedimento o dificultad constituye precisamente el espacio dentro del cual otras formas de vida podían desplegarse.

No necesitamos concluir que los pijaos “amaban” todo aquello que los castellanos rechazaban. Esa afirmación excedería la evidencia. Lo que sí podemos observar es que las relaciones documentadas con ese relieve eran diferentes.

Los resultados preliminares del análisis inverso mediante OR de 36 oraciones compuestas del corpus militar realizados al corpus militar de los siglos XVI y XVII, -escritos por Borja (1608), Bocanegra (1603), Sánchez del Castillo (1584), Herrera (1604), Ruiz Galdames (1603), Xaramillo de Andrada y Ruiz Galdames (1603), Rodríguez del Olmo (1603), Mendoza y Silva (1604), Campo Salazar (1603) y Sarmiento de Sotomayor (1611)-, efectuado por el autor, muestran recurrencias entre territorialidad, movilidad, viviendas dispersas, refugios, caminos, comunicación, infraestructura, agricultura, cultura material y prácticas rituales. Consideradas aisladamente, estas evidencias parecen heterogéneas; consideradas relacionalmente, comienzan a mostrar compatibilidades.

Así, por ejemplo, la vivienda dispersa deja de significar necesariamente incapacidad para constituir organización social. La movilidad deja de ser necesariamente fuga. La montaña deja de constituir un obstáculo. El refugio deja de ser únicamente escondite. El camino deja de ser solamente infraestructura. La quebrada, el bosque, el peñol y la pendiente dejan de ser accidentes del escenario. Cada elemento participa en configuraciones de posibilidades.

La historiografía proporciona elementos independientes que justifican tomar seriamente esta hipótesis. Paredes Cisneros (2018), al estudiar la lengua pijao como lengua franca en las gobernaciones de Popayán y Neiva durante los siglos XVI y XVII, ha cuestionado igualmente la reducción historiográfica de los pijaos a su dimensión bélica. Montoya Guzmán (2022) demuestra que la dispersión fue precisamente una de las características interpretadas negativamente por los conquistadores. Muñoz-Arbeláez (2024) muestra, además, la dimensión política y expansiva del proyecto anticolonial de los pijaos.

La pregunta, entonces, cambia de lugar. Ya no interesa saber por qué los pijaos no tenían la territorialidad que el castellano esperaba encontrar, sino qué clase de territorio podía hacer coherente aquello que al invasor le parecía anómalo, por no estar acoplado con su visión de la realidad. La nueva pregunta más allá del eurocentrismo, requería responder interrogantes como: ¿qué territorio era el que encarnaba el modo de existencia de los pijaos?

Guerra distribuida de los pijaos y persistencia relacional

Este desplazamiento permite reinterpretar uno de los problemas fundamentales de la guerra: su prolongación temporal. Un sistema territorial cuya persistencia depende exclusivamente de centros fijos puede sufrir un colapso considerable cuando esos centros son destruidos. En contraste, una configuración distribuida puede responder de manera diferente. Si vivienda, producción, movilidad, comunicación y refugio se encuentran distribuidos espacialmente en el nicho biocultural y mantienen conexiones alternativas, la pérdida de determinados nodos no implica necesariamente la desaparición de la totalidad relacional.

Esta hipótesis coincide con desarrollos contemporáneos sobre resiliencia biocultural. Palazzo y Bardsley (2022) muestran que la diversidad biocultural puede operar como mecanismo adaptativo frente a transformaciones. Douglass y Rasolondrainy (2021) relacionan memoria social y construcción de nicho con persistencias prolongadas en ambientes altamente variables. Hankins (2024) demuestra la importancia de relaciones eco-culturales en la resiliencia indígena contemporánea. Quintas-Soriano et al. (2022), desde los sistemas socio-ecológicos, muestran que tanto los  acoplamientos, como los desacoplamientos y los reacoplamientos afectan la capacidad adaptativa de los sistemas.

Estas investigaciones no prueban retrospectivamente el funcionamiento del nicho pijao, pero proporcionan mecanismos teóricos susceptibles de ser contrastados con el corpus.

En la Teoría del Retorno al Nicho (TRN) he propuesto denominar densidad relacional al grado en que múltiples relaciones mantienen posibilidades alternativas de continuidad. Una configuración densa no es necesariamente una configuración espacialmente concentrada. Puede existir dispersión geográfica acompañada de elevada conectividad relacional.

Esta distinción resulta fundamental para comprender los resultados preliminares sobre el modo de existencia de los pijaos. Por ejemplo, las señales de humo, la circulación por caminos, los puentes de bejuco, la movilidad entre vertientes, los refugios, las viviendas dispersas y el conocimiento topográfico descritos en las relaciones militares, sugieren que la distancia espacial y la desconexión social no eran necesariamente equivalentes. De esta manera se puede afirmar que la dispersión pudo constituir, bajo determinadas condiciones, una propiedad de persistencia.

Guerra, agricultura y vida cotidiana de los pijaos

La interpretación exclusivamente militar de los textos genera otro problema: convierte todo indicio encontrado durante la guerra en evidencia bélica desde una ontología castellana.

En contraste con lo anterior, el corpus también da indicios de ollas, totumas, calabazos, cabuyas, maíz, sementeras, viviendas y otras materialidades vinculadas con la reproducción cotidiana. Estos elementos resultan ontológicamente relevantes precisamente porque la ontología relacional no los considera entidades finales del análisis. Una olla, por ejemplo, dice poco si la dejamos encerrada en la palabra “cerámica”. Cobra vida cuando preguntamos qué se preparó en ella, quién la transportó o qué significó conservar un alimento. El maíz tampoco termina en su valor calórico o taxonómico: exige suelo, tiempo y conocimiento aprendido. Hasta una cabuya humilde remite a la planta de la que salió, a unas manos que supieron trabajarla y a una necesidad concreta.

De esa forma, la Teoría de Construcción de Nicho resulta especialmente productiva aquí. O’Brien y Bentley (2021) y Sterelny (2024) muestran como las poblaciones humanas transforman activamente las condiciones ambientales que heredan y como las relaciones culturales, las prácticas, el aprendizaje y la modificación ecológica participan conjuntamente en esos procesos. Brondízio et al. (2021) han demostrado asimismo la relevancia de conocimientos, valores y prácticas locales e indígenas para comprender las relaciones entre sociedades y naturaleza, mientras Díaz-Reviriego et al. (2024) muestran la diversidad de aproximaciones mediante las cuales las relaciones bioculturales son conceptualizadas.

La persistencia pijao no dependía, entonces, de combatir sin descanso. Antes que nada, había que seguir viviendo, porque ninguna guerra puede sostenerse cuando desaparece el mundo cotidiano que alimenta a quienes la enfrentan. Una sociedad puede ganar enfrentamientos militares y destruir simultáneamente las condiciones relacionales que hacen posible su propia continuidad. Inversamente, una población sometida a una enorme presión militar puede conservar posibilidades de existencia mientras mantenga o reorganice relaciones suficientes para producir alimentos, circular, comunicarse, transmitir conocimientos, establecer vínculos sociales y significar territorialmente su mundo.

Dos temporalidades en la guerra de los pijaos

La incorporación de la procesualidad permite reconocer dos temporalidades superpuestas en la guerra. Whitehead (1929/1978) cuestionó una ontología fundamentada exclusivamente en sustancias permanentes y propuso comprender la realidad desde procesos y acontecimientos. Esta orientación permite pensar el nicho no como una estructura terminada, sino como devenir relacional.

La documentación castellana inscribe la guerra en una temporalidad cronológica: entradas, ataques, campañas, fundaciones, destrucciones y pacificaciones se suceden como acontecimientos fechables. El nicho biocultural pijao permite advertir otra temporalidad: aquella producida por relaciones que persisten, se transforman y retornan sin reproducirse idénticamente.

En la procesualidad del nicho biocultural de los pijaos, el significado y la intencionalidad emergen dentro de las propias relaciones y participan inmanentemente en su trayectoria. No existe una conciencia exterior al nicho que observe un territorio-objeto para transformarlo posteriormente. La conciencia emerge dentro de la trama, le es inmanente, y con ella, determinadas relaciones adquieren significado y direccionalidad.

La guerra posee así dos tiempos analíticamente distinguibles: el tiempo cronológico de los acontecimientos registrados y el tiempo relacional de las trayectorias que los hacen posibles. Cuando una práctica se transmite, un cultivo se renueva, una ruta vuelve a utilizarse, un lugar conserva significado o una relación ritual se reafirma, la trayectoria anterior permanece operativa en el presente sin reproducir idénticamente el pasado. La memoria relacional participa del devenir. La persistencia, por tanto, no significa inmovilidad, sino capacidad para mantener, transformar o reacoplar posibilidades relacionales a través del tiempo.

El proyecto colonial como territorialidad deslocalizable

La comparación requiere evitar una simplificación inversa. Los castellanos tampoco constituían un colectivo homogéneo ni carecían de relaciones situadas con los territorios. Soldados, encomenderos, religiosos, indígenas aliados, funcionarios reales y pobladores mantenían intereses diferentes y frecuentemente conflictivos. Sin embargo, el aparato colonial incorporaba una característica decisiva: poseía categorías capaces de movilidad: Corona, jurisdicción, propiedad, encomienda, tributo, evangelización, reducción, pueblo, soberanía y guerra justa podían ser aplicados en territorios radicalmente diferentes. Su eficacia dependía precisamente de cierta capacidad para abstraer las particularidades locales y hacerlas administrativamente comparables. En este sentido específico puede hablarse de una tendencia universalizante y deslocalizadora, no porque todo castellano pensara universalmente, sino porque el dispositivo imperial necesitaba producir equivalencias entre territorios diferentes para gobernarlos.

Latour (2005) mostró cómo determinados sistemas modernos producen capacidad de acción a distancia mediante redes que estabilizan y transportan inscripciones. Escobar (2018), desde otra perspectiva, contrapone los universalismos modernos a formas relacionales y territorializadas de producción de mundos. Descola (2013) permite además reconocer que la separación moderna entre naturaleza y cultura no constituye la descripción neutral de una realidad universal. La conquista puede releerse entonces también como expansión de mecanismos destinados a hacer legible y gobernable aquello que inicialmente no lo era.

Cuando la diferencia ontológica se convierte en diferencia militar

Aquí aparece la hipótesis central que sustento en este artículo: la diferencia entre la guerra de agresión castellana y la guerra planteada por los pijaos puede comprenderse mejor si dejamos de compararlas mediante una escala evolutiva y examinamos los mundos relacionales dentro de los cuales cada forma de combatir adquiría sentido. Los castellanos que penetraron en los territorios pijaos no llegaron desprovistos de ontología. Su manera de comprender el mundo estaba profundamente atravesada por el cristianismo y por una tradición aristotélico-tomista que concebía la realidad como un orden inteligible y jerarquizado. Aristóteles había establecido diferencias entre formas de vida y facultades del alma, mientras que Tomás de Aquino reelaboró esa tradición dentro de una cosmología cristiana en la cual Dios constituía el principio último del orden de la creación y los seres ocupaban posiciones diferenciadas dentro de ella. Aunque el tomismo no establecía una separación absoluta entre cuerpo y alma, sí permitía distinguirlos y situaba al ser humano racional dentro de una jerarquía de seres ordenada hacia un principio trascendente.

Esta ontología no permanecía encerrada en los tratados teológicos. La religión atravesaba la vida castellana y proporcionaba categorías para interpretar aquello que los conquistadores encontraban: cristiano e infiel, idolatría y verdadera religión, alma y cuerpo, humanidad y animalidad, naturaleza y sociedad, orden y desorden. Por eso la guerra también podía adquirir una dimensión ontológica: someter, reducir, evangelizar, fundar pueblos, abrir caminos y establecer jurisdicciones no eran únicamente operaciones militares o administrativas; contribuían a incorporar territorios, cuerpos y poblaciones a un orden que los castellanos consideraban legítimo y verdadero.

La guerra puede entonces generar desacoplamiento ontológico. No porque destruya una esencia cultural invisible, sino porque interrumpe materialmente las relaciones mediante las cuales un mundo consigue continuar constituyéndose.

La documentación de las campañas de comienzos del siglo XVII y la historiografía contemporánea muestran que la guerra castellana terminó adquiriendo un carácter sistemático y que la representación de los pijaos como enemigos de la Corona hizo legítima dentro de la normatividad castellana, la aplicación de campañas violentas de incorporación colonial (Arango Puerta & Montoya Guzmán, 2024; Montoya Guzmán, 2022).

La política de guerra adquirió entonces una dimensión adicional: la destrucción de los vínculos constitutivos del nicho biocultural de los pijaos. Juan de Borja, un militar formado en los asuntos de guerra, se percató que perseguir a los pijaos y capturarlos se había convertido en una estrategia militar fracasada durante casi 50 años antecedentes. La nueva propuesta era atacar las relaciones vinculantes de los pijaos: destrucción de casas, sementeras, bloqueo de caminos principales mediante fuertes y captura de mujeres y de niños. (Lucena 1965)

La guerra hispano-nativa como choque ontológico

Hablar de choque ontológico no significa afirmar que los combatientes estuvieran discutiendo explícitamente teorías acerca de la realidad. Una ontología no necesita convertirse en doctrina filosófica para operar. Se manifiesta en aquello que puede contar como sujeto, territorio, propiedad, alimento, ancestro, recurso, lugar, enemigo o mundo. Por eso dos colectivos pueden actuar sobre la misma entidad material y no relacionarse con la misma realidad significativa.

El concepto de pluriverso desarrollado por Escobar (2018) resulta particularmente útil: la cuestión no consiste únicamente en reconocer diferentes perspectivas culturales acerca de un mundo único previamente dado, sino en admitir que diferentes configuraciones relacionales participan en la producción de mundos parcialmente diferentes. Viveiros de Castro (2010) radicaliza esta cuestión al mostrar las limitaciones de explicar las ontologías amerindias como simples representaciones culturales alternativas de una naturaleza universal.

La guerra de los pijaos puede investigarse desde esta perspectiva. Para el régimen colonial, hacer territorio significaba progresivamente volverlo incorporable a un orden jurisdiccional, económico, religioso y político más amplio. Para las configuraciones de la realidad de los pijaos que comenzamos a reconstruir mediante la ontología relacional, el territorio parece adquirir coherencia precisamente a través de relaciones situadas cuya separación destruiría parte de aquello que permitía la existencia del nicho.

No tenemos todavía evidencia suficiente para reconstruir una “ontología pijao” completa. Sin embargo, sí tenemos indicios suficientes para formular una hipótesis más precisa: la incompatibilidad colonial no fue solamente distributiva -quién controlaría tierra, trabajo o recursos- sino también relacional -qué relaciones podían constituir legítimamente un territorio y qué existentes podían participar en ellas-.

Persistencia y Teoría del Retorno al Nicho (TRN)

La TRN permite finalmente responder por qué semejante configuración pudo persistir durante un conflicto prolongado. El nicho no persiste porque conserve intactos sus componentes. Las personas mueren, las viviendas desaparecen, los cultivos son destruidos, las rutas se abandonan y las alianzas cambian. Si la identidad dependiera de esos componentes, cada transformación produciría necesariamente un nuevo nicho.

La persistencia radica en otra propiedad: la posibilidad de reorganizar relaciones sin que se pierda completamente la continuidad de la trayectoria. Los resultados preliminares sugieren que la territorialidad distribuida, la movilidad, la comunicación, el refugio, la producción agrícola, la cultura material, la ritualidad y la reproducción social proporcionaban diferentes vías de continuidad. Su redundancia hacía posible que la interrupción de una relación no implicara automáticamente la desaparición de todas las demás.

Los Dispositivos Ontológicos de Estabilización DOE propuestos por el autor en la interpretación inversa por ontología relacional de los archivos militares descritos atrás, intentan precisamente identificar estas recurrencias. Un DOE no es una cosa. Es una configuración mediante la cual determinadas relaciones alcanzan suficiente recurrencia para participar en la estabilización procesual del nicho. Cuando diferentes DOE muestran asociaciones recurrentes pueden inferirse, provisionalmente, Regímenes Relacionales de Estabilización Ontológica (RREO).

La guerra somete esos regímenes a perturbaciones extraordinarias.  Por ello, la pregunta históricamente más productiva quizá no sea por qué “los pijaos resistieron durante tantos años”, sino qué relaciones continuaron haciendo posible un nicho pijao mientras la guerra intentaba desarticularlo.

Conclusión

La guerra de los pijaos no necesita ser explicada mediante la oposición entre civilización y barbarie que atravesó parte de la documentación colonial y posteriormente algunas representaciones historiográficas. Tampoco basta invertir esa oposición y convertir a los pijaos en representantes idealizados de una sociedad ecológicamente armónica frente a una civilización exclusivamente destructiva.

Ambas operaciones sustituyen investigación por categorías previas. La inversión por Ontología Relacional propone otra vía.

Cuando suspendemos provisionalmente las categorías mediante las cuales los documentos clasificaron viviendas, montañas, refugios, cultivos, caminos, objetos y prácticas, aparecen recurrencias que permiten reconstruir un campo diferente de posibilidades. La dispersión puede producir conectividad. La movilidad puede producir permanencia. El refugio puede formar parte de la territorialidad. Una montaña aparentemente inhóspita puede participar en las condiciones de habitabilidad. La cultura material puede condensar diversas relaciones ecológicas, técnicas y sociales. Y la persistencia puede depender precisamente de la capacidad para transformarse.

Desde esta perspectiva, el territorio pijao no fue simplemente el espacio donde ocurrió la guerra. El territorio participaba en el modo de existencia de los pijaos, por ello, también en su forma de hacer la guerra. Esta proposición permite responder provisionalmente la pregunta que orientó este artículo. La diferencia entre las formas de guerra de los pijaos y los castellanos no demuestra que una sociedad fuese más avanzada que la otra. Sugiere que sus prácticas militares emergían de configuraciones ontológicas diferentes. El dispositivo colonial castellano tendía a convertir territorios heterogéneos en espacios administrables mediante categorías transportables de soberanía, jurisdicción, propiedad, tributación y religión. Las configuraciones de los pijaos reconstruidas preliminarmente mediante la ontología relacional muestran, por el contrario, una fuerte dependencia de relaciones situadas entre corporalidad, comunidad, movilidad, materialidad y territorio.

La oposición relevante no sería entonces una oposición binaria tipo civilización/barbarie ni tecnología/naturaleza. Sería, provisionalmente, la tensión entre una territorialidad castellana tendencialmente universalizante o globalista, expansiva y deslocalizable y otra territorialidad indígena situada, relacional e inmanente. Pero esta última afirmación debe permanecer como hipótesis contrastable y no convertirse en una nueva esencia de los pijaos.

La aportación conjunta de la OR y la TRN consiste precisamente en impedir ese cierre. Si la realidad biocultural es procesual, ninguna ontología histórica constituye un bloque inmóvil. Lo que podemos reconstruir son trayectorias, recurrencias, desacoplamientos, estabilizaciones y campos de posibilidades relacionales.

Quizá sea allí donde la prolongación de la guerra de los pijaos adquiere otro significado histórico. Los castellanos no encontraron solamente combatientes que conocían mejor una geografía difícil. Encontraron poblaciones cuyas posibilidades de movilidad, producción, comunicación, refugio y reproducción estaban imbricadas con esa geografía. Desarticular la resistencia exigía, por tanto, intervenir el conjunto de relaciones que hacía posible aquel modo de existencia. La guerra entonces no fue solo material, política y económica. La hipótesis que propongo en este artículo es que también fue ontológica.

Referencias

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