Arrierías 115

Lilia Magdalena Osorio

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El sol reverberaba en las altas dunas y Hassím se sentía desfallecer. Su cuerpo frágil, bajo aquel envoltorio de algodón se encontraba agobiado, al punto de empezar a desvariar. Su cerebro y lengua pedían agua, estaba deshidratado. Las palabras se le escapaban y los pensamientos se agazapaban en lo más recóndito de su cerebro. Cuando creyó caer, divisó un destello a lo lejos – ¡agua !¡agua! –, un pequeño oasis resplandecía con el sol. Los rayos cegadores le hacían daño a sus resecos ojos que clamaban humedad, las fuerzas lo abandonaban, pero, aun así, arrastrando su dolido cuerpo, llegó hasta donde brillaba el sol sobre el espejo multicolor; bebió despacio, y cuando sintió de nuevo la vida recorrer sus venas y el latir de su corazón renovado, se puso de pie y dio gracias a Alá. Esta vez se había salvado. Ahora tendría fuerzas para atravesar el desierto y llegar donde su amada Nassir lo esperaba.

        Las alforjas le sirvieron de almohada y descansó hasta el otro día.

        Al clarear el alba, se lavó la cara y refrescó su cuerpo, bebió de nuevo el preciado líquido y emprendió su caminar.

       La arena dorada le recordaba una y otra vez la sensual piel de su amada y, entre sueños, recorría lentamente sus caminos; unos tortuosos, otros llanos, valles fértiles, montes amigos, cavernas donde hallar humedad y sombrío, planicies donde siempre encontraba goce y placer… «Nassir, ¿habrá cambiado?» –pensaba–, «¿me recibirá con el mismo amor y la misma pasión?»

       Habían transcurrido dos años y a veces, los sentimientos no resisten el embate del tiempo. Pero en él, la pasión y el amor por Nassir no habían variado, estaba seguro, la seguía amando tanto como ayer.

      No quería sufrir, no se torturaría pensando cosas que no tendrían por qué suceder, pero en el fondo, emergía un temor, era como si un genio le estuviera avisando algo. Como un negro presagio.

      Una y otra vez desechó los pensamientos negativos, no podía desconfiar de su amada. Sacudió la cabeza como queriendo quitarse de encima aquella masa informe que no lo dejaba en paz. Descargó sus alforjas, bebió un poco de agua y recuperadas las fuerzas, emprendió su camino una vez más.

        Iba feliz; los regalos para Nassir lo hacían sentir orgulloso: el anillo de coral con filigrana de oro luciría mucho en su delgado dedo. Las finas sedas para que se hiciera hermosos vestidos también lo hacían envanecerse de su exquisitez; los perfumes y esencias no eran menos halagadores. Estaba seguro de que todos y cada uno de sus obsequios la llenarían de felicidad.

      Caminaba absorto en sus pensamientos. No se dio cuenta de que estaba a las puertas de la ciudad. ¡Ramada! Y el corazón quería salir de su sitio. Apresuró el paso y, sin saber en qué momento, se encontró a unos cuantos metros del portal de su casa; vio cómo, hombres y mujeres lo evadían, se cuchicheaban entre sí y, al recordar su presagio, vaciló un instante. No sabía si entrar o volver atrás, intentando evitar un posible dolor.

     Decidido, traspasó el portón. Los velos de color naranja y verde manzana que el viento levantaba como túnicas de vestales en un templo sagrado, lo hicieron comprender que su casa ya no era suya, y la mujer que había dejado (su amada Nassir), tampoco.

     Detrás de los alegres velos, recostados en un canapé dorado, estaban él y ella, su otrora Nassir. Los miró unos segundos y, sin pensarlo más, desenfundó su daga con empuñadura de corales, madreperlas y lapislázuli y se abalanzó sobre los amantes, quienes no tuvieron tiempo de comprender qué estaba sucediendo.

   Con la daga aún ensangrentada y horrorizado al ver los cuerpos sin vida, Hassím hundió la hoja en su pecho y fue a morir junto a su amada, cuando el sol estaba en lo alto.

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