Arrierías 115
Luis Carlos Vélez
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El hombre entra a la prendería y aprovecha el apretón de manos del administrador para entregarle la cadena de oro.
El otro sonríe, frota la prenda con el paño rojo y la coloca sobre la balanza. El fiel marca once gramos, incluidos el crucifijo, la estrella de David y el dado que cuelgan como dijes.
El hombre no deja de mirar de reojo hacia la calle. Se encoge, receloso, para ocupar el menor espacio posible en el local y busca el mejor ángulo para no ser visto desde afuera. Se sube el cuello de la chaqueta hasta las orejas y se arrebuja en ella como un armadillo.
—Necesito un buen préstamo para asistir con mi familia a una fiesta.
El administrador descubre el comportamiento del cliente. Acostumbrado a tratar con necesitados y pobres vergonzantes, procura tranquilizarlo.
—No se preocupe, señor. Usted es cliente nuestro. Usted manda aquí.
El hombre pide seiscientos mil pesos.
Después de revisar nuevamente la cadena, el administrador responde:
—Por el peso de la prenda apenas puedo prestarle quinientos cincuenta mil.
—Hágame un esfuercito. Mire que paso por una urgencia…
El administrador vuelve a mirar la balanza y, tras un instante de duda, acepta.
Lejos de allí, la madre recuerda a su hija la invitación al club social que organiza para empleados y exempleados de la empresa donde trabaja el padre.
—Hija, debemos acompañarlo.
—¿Cómo voy a olvidarlo? Mi novio estará allí. Será la oportunidad para que su familia vea lo elegantes que iremos.
—Hasta anoche tu padre no tenía inconveniente. Solo falta que llegue sin dinero… como siempre.
—O borracho —remata la hija.
La conversación cambia hacia el vestido prestado.
—¿Qué cara puso tu amiga cuando se lo pediste?
—Ya está acostumbrada. Lo dejé en la bolsa, junto a la estufa.
—¿Cómo se te ocurre dejarlo ahí? Puede quemarse y no tenemos con qué responder.
—No veo por qué. Hace mucho que esa estufa no funciona.
La madre suspira.
—Estoy cansada de comer todos los días comida china.
—Y, para variar, más comida china —añade la hija.
Horas después, el hombre abre la puerta del apartamento y enciende el único bombillo. Camina de puntillas junto a las colchonetas donde duermen las dos mujeres.
El olor a grasa invade la vivienda. No hay sillas, ni televisor, ni cuadros en las paredes. Sobre la estufa solo descansa una pequeña greca con café.
—Amores, llegué. En la prendería me prestaron el dinero y traje algo para celebrar.
Las mujeres se incorporan adormiladas.
Él reparte la comida mientras la caja pasa de mano en mano. Después se pone la piyama y anuncia:
—Mañana tomaré alquilados nuestros vestidos para la fiesta.
La fiesta, organizada en una de las casetas del conjunto, está en su punto más alto.
La murga, integrada por cuatro músicos callejeros, hace tronar los instrumentos. La voz desafinada del director, que también oficia de presentador, apenas logra imponerse al bullicio.
Los meseros, alentados por los tragos que beben a escondidas, desbordan amabilidad y zalamería.
El hombre llega con su familia. Camina ceremonioso. Embutido, como un pingüino en el frac escogido a las carreras, siente que la camisa alquilada tiene las mangas cortas y que las botas del pantalón apenas le llegan a los tobillos.
La esposa, con traje rosado y peinado alto, luce sus joyas de soltera en brazos y cuello. Cruza majestuosa entre los invitados hasta la mesa destinada para ellos.
La hija, con un vestido blanco ajustado que resalta sus caderas, sonríe y se contonea como modelo de pasarela.
—Mi novio y su familia acaban de llegar —anuncia con voz temblorosa.
La madre finge indiferencia y acomoda su vestido antes de sentarse.
—¿Ya te diste cuenta, madre? A mis futuros suegros no les favorece lo que llevan puesto —murmura la hija.
A escondidas, la madre le propina un pellizco que le arranca un leve grito.
—Contrólate, hija. Disimula. No olvides dónde estamos.
—Tranquila, madre. Lo amo tanto…
El padre, ajeno al incidente, interviene:
—Tu novio es el mejor partido que pudiste soñar.
Para aliviar la tensión, la madre cambia de tema.
—Los zapatos que escogí me quedaron estrechos. No sé si resista el baile.
Desde la mesa de enfrente, la familia del novio saluda con entusiasmo.
Los novios salen a la pista y la rumba de celebración apenas dura tres horas.
Al día siguiente, cerca del mediodía, el sol cae con fuerza sobre la ciudad.
En la esquina de la prendería, el padre espera y suda a chorros.
Aprieta dentro del bolsillo la argolla matrimonial. Mira hacia ambos lados y, aprovechando que la calle está casi desierta, entra de un salto.
Pero el administrador del día anterior no está.
Otro hombre lo recibe con una sonrisa, y sus palabras lo dejan estupefacto:
—¡Qué gusto verlo! ¡Qué magnífica estuvo la fiesta de anoche! Pase, siéntese y cuénteme qué lo trae por aquí.
El hombre, discreto, retira la mano que ocultaba la argolla; respira hondo varias veces, aferra la prenda, lleva la mano hasta el fondo del bolsillo y la suelta…
—Solo pasaba a saludarlo… Quería compartir la felicidad de mi hija. Creo que pronto seremos familia.
En ese instante escucha una voz conocida a sus espaldas. Es el administrador.
—Qué gusto verlo nuevamente por acá, señor… Y ahora, ¿qué joyitas nos trae?
Marzo 23 de 2013

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