Arrierías 114
Dr. Lucio David González. MD. Mr. – Psiquiatra – Psicoterapeuta
Para mis apreciados lectores. Psico entrega No. 123.
_
El 10 de agosto, mi apartamento quedó gravemente afectado por el terremoto.
Suelo ser una persona tranquila. Esa serenidad me permite, incluso en momentos difíciles, ordenar las ideas, recoger los pedazos y decidir qué hacer sin entregarme al desespero. Recogí los escombros. Estuve junto a mi esposa, atentos a las reuniones del consejo del edificio, tratando de decidir si debíamos evacuar o permanecer. Mis hijos estaban preocupados.
Pasaron el día 11, el 12, el 13.
El día 14 fui al banco. Necesitaba solicitar un préstamo para afrontar los gastos que se venían encima. Pedí hablar con una asesora. Me senté frente a ella y, con una sonrisa dulce, me preguntó:
—¿Cómo le fue el día del temblor?
No pude responder.
La garganta se me cerró, los ojos se me humedecieron y, de pronto, me quebré en llanto. Intenté contenerme, pero no pude. Ella me trajo un vaso de agua.
Después de unos minutos conseguí decir:
—Necesito un préstamo.
¿Por qué lloré?
¿Qué había detrás de aquellas lágrimas?
Aquella pregunta sencilla —«¿Cómo le fue el día del temblor?»— abrió una puerta que yo mismo había mantenido cerrada.
Quizá eso sucede con las personas después de un trauma. Algunas reprimen sus emociones; otras las expresan inmediatamente. Pero, tarde o temprano, el dolor busca una salida. El cuerpo recuerda aquello que la conciencia intenta mantener bajo control.
Y quizá yo no estaba llorando solamente por las paredes agrietadas.
Estaba llorando por mi casa.
Los psiquiatras caleños César Arango y Hernán Rincón, en un estudio reciente sobre el significado psicológico de la pérdida de la vivienda después de un terremoto, lo expresan de una manera que ilumina esta experiencia:
«El hogar puede comprenderse como la caverna simbólica del yo y de la comunidad. Sus paredes delimitan y protegen; su interior conserva nuestra memoria; sus objetos contienen fragmentos de nuestra biografía; sus habitaciones albergan vínculos y su permanencia proporciona una silenciosa sensación de continuidad: aquí pertenezco, aquí puedo descansar, aquí estoy seguro».
Y agregan:
«No debemos medir la pérdida únicamente en metros cuadrados o en dinero. Existe también una pérdida emocional, identitaria y comunitaria que necesita ser reconocida».
La casa nos contiene.
¿Quién no ha sufrido un dolor de estómago o una angustia y ha sentido el deseo de llegar rápidamente a su casa? ¿Y quién no ha experimentado que, al cruzar la puerta, algo dentro de nosotros comienza a tranquilizarse?
El poeta Maupassant comprendió que los objetos de una casa pueden convertirse en testigos silenciosos de una vida.
En sus muebles están nuestros recuerdos. En las fotografías, nuestros muertos. En la mesa, nuestras conversaciones. En la cama, nuestros amores, nuestras enfermedades, nuestros sueños. Y aquel asiento donde se sentaba la abuela, quien solía esperar a que todos llegaran a la cena y compartir, no solo alimentos sino también, la sabiduría de la vida.
Una silla vieja puede contener más historia que un mueble nuevo y costoso.
Tal vez por eso nuestra casa es la piel de nuestro cuerpo y nuestros muebles son nuestras memorias.
Por eso queremos reparar rápidamente sus grietas. Queremos que vuelva a estar hermosa, que vuelva a recibir la luz, que nuestros vecinos la miren nuevamente lozana.
«Dime dónde vives y te diré parte de tu historia».

El terremoto nos ha herido.
Pero quizá de esta herida podamos salir con algo más que una casa reparada.
Podemos salir con una comprensión más profunda del sufrimiento ajeno del que padecen: quienes pierden su vivienda por una catástrofe o una invasión.
Quienes abandonan su país por las bombas que convierten en escombros aquello que durante generaciones fue un hogar.
La locura de algunos gobernantes puede llegar a tal extremo que pretenden destruir ciudades enteras y crear resorts, sin comprender que una civilización no está hecha únicamente de edificios, sino también de historias.
La terapia psicológica puede ayudar a una persona a llorar su derrumbe, a nombrar su pérdida y a elaborar el trauma. Pero también debe ayudarla a encontrar nuevamente un camino, una senda, un horizonte. A reconstruir, dentro de lo posible, una continuidad entre lo que fue, lo que es y lo que todavía puede llegar a ser.
Por eso adquieren tanta fuerza las palabras de los psiquiatras Arango y Rincón:
«Si la tierra les arrebató casas, que la comunidad les devuelva refugio; y cuando llegue el momento de reconstruir, se comprenda que no se están levantando solamente paredes: se está reconstruyendo identidad, memoria, seguridad, pertenencia y esperanza».
Quizá por eso resulta clínicamente inadecuado decirle a quien perdió su vivienda:
«Lo importante es que está vivo. Las cosas materiales se recuperan».
Y quizá por eso lloré aquel día en el banco.
No lloraba solamente por las grietas de mi apartamento.
Lloraba porque, por primera vez, comprendí que aquellas paredes, aquellos muebles y aquellos objetos también eran parte de nosotros.
Mi casa era nuestra piel.
Y cuando nuestra casa se quebró, algo de mí también se quebró con ella.
Dr. Lucio David González. MD. Mr.
Psiquiatra – Psicoterapeuta
Tels.: 3155706594 3183244386 – Cali.

Comentarios recientes